EL-SUR

Miércoles 28 de Septiembre de 2022

Guerrero, México

Opinión

Libertad de decisión

Héctor Manuel Popoca Boone

Febrero 17, 2005

 

El motivo del porqué no soy militante de ningún partido político de mucho tiempo atrás, ha sido el deseo de preservar mi sacrosanta libertad personal de expresión y decisión; para que mi conducta y actitud siempre estén acorde con todo aquello que guarde congruencia con mis valores y principios.

No es que carezca de ideología, ni de una visión de lo que es el mundo y de lo que puede llegar a ser. No es que sea devoto del pragmatismo, adicto al nihilismo o fervoroso de la conveniencia. Muchas de mis decisiones políticas las he tomado no desde la comodidad de la apuesta ganada de antemano; sino desde el borde de la incertidumbre y al filo de la navaja que conlleva el peligro de no acertar, de incomodar, de estar en el sendero incorrecto o el de rebelarme ante el orden establecido. Buena parte de mis resoluciones, a lo largo de mi vida pública, han sido más de resistencia y dignidad que de complacencia o aquiescencia incondicional a una situación imperante.

La militancia partidaria implica sigilo, intereses grupales y disciplina, las más de las veces mal concebidos y peor utilizados. Tales medidas coaccionan, en diverso grado, la libertad de pensamiento y acción. De allí la aceptación acrítica de muchas monstruosidades que se han realizado en nombre de la “política real”. ¡Cuantos errores políticos se han cometido a lo largo de los siglos por no permitir que florecieran las ideas plurales y la crítica constructiva!

A lo más, los poseedores del poder y de la verdad absoluta dictaminan: “¡Cállese, la ropa sucia se lava en casa!”. Y cuando intentas limpiarla en recinto cerrado, los sumos pontífices y sus corifeos anulan cualquier intención de análisis y discusión acudiendo al fácil, descalificatorio y lapidario expediente de espetar al unísono: “¡Está loco! ¡Fuera! ¡Sáquenlo de aquí!”.

La libertad de decisión, por tanto, es un acto irrevocable e instantáneo a un mismo tiempo. Consiste en elegir una posibilidad entre otras, con todos los riesgos y costos que ello implica. En mi caso, bien sé que mi decisión política de renunciar a un puesto gubernamental, de repudiar una estrategia perversa y apoyar al hombre de la Z, fue más trascendente en lo simbólico que la fugaz importancia de mi persona.

Ciertamente, la mayoría de las veces el acto individual en un contexto histórico resulta baladí e insignificante; pero cuando éste se incorpora al sentir mayoritario de un pueblo, se vuelve totalmente trascendental y de la mayor importancia. Con todo, a Zeferino Torreblanca Galindo lo único que pude garantizarle fue mi voto personal y una convocatoria pública proselitista a su favor. No más.

La libertad de expresión y de acción, sin un marco de valores, principios y convicciones que la encauce, deviene en anarquía, dispersión y disipación. O por el contrario, en despotismo, si constreñimos la libertad a la libertad de uno y no de todos. La tiranía empieza cuando queremos imponer nuestra libertad y verdad a los demás. Entonces comienza la cosificación, la petrificación, de un centralismo y verticalismo inhibidor y castrador.

En palabras de Octavio Paz: “La libertad que comienza por ser la afirmación de mi singularidad, se resuelve en el reconocimiento del otro y de los otros: su libertad es la condición de la mía. Para realizarse, la libertad debe encarar y encarnar, afrontar y enfrentarse a otra conciencia y a otra voluntad; el otro es, simultáneamente, el límite y la fuente de mi libertad. Por todo esto, aunque libertad y democracia no son términos equivalentes, son complementarios: sin libertad, la democracia es despotismo; sin democracia, la libertad es quimera. …lo valioso de la libertad estriba en que es la afirmación de aquello que en cada uno de nosotros es singular y particular, y por lo mismo, irreductible a cualquier sectarismo, generalización, normalización o dogmatismo”.

Por eso el ejercicio de la libertad personal les es reluctante y causa escozor a los dogmáticos y teólogos del poder, de la ideología o de la incondicionalidad; a los guardianes del monólogo y del discurso concebido solo como soliloquio.

De esta manera, somos poco confiables los que actuamos bajo nuestro libre albedrío y nuestra estricta conciencia, ajenos a lo oscurito, a lo vergonzoso o inconfensable.

Para muchos guerrerenses, ante el supuesto destino manifiesto, ante los intereses contrarios a un pueblo, no nos quedaba más que rebelarnos. De nuevo en palabras de Paz: “El reverso del destino trazado se llama conciencia: libertad”.

 

P.D.: Así son las cosas, zanca: en tiempos político-electorales todos tenemos que convenir que si en la derrota debemos actuar como hombres dignos, en la victoria debemos hacerlo como caballeros generosos.