EL-SUR

Jueves 18 de Julio de 2024

Guerrero, México

Opinión

Lo que falta

Arturo Martínez Núñez

Junio 24, 2005

 

En este seco año, la lluvia llegó hasta el mes sexto. Justo cuando las fuerzas democráticas del estado se encontraban inmersas en el trascendentalísimo dilema de la democracia. Justo cuando intentábamos dilucidar si “democracia” era una encuesta “indicativa” o si “democracia” era el acarreo indiscriminado, la guerra de gacetillas o acaso una competencia intestina por ver quién es capaz de gastar más dinero en menos tiempo y poner afiches más feos y contaminantes en los lugares menos apropiados. Algunos llegamos incluso a pensar que “democracia” significaba pintar el mayor número posible de piedras, repartir el mayor número de calcomanías, contratar el mayor ejército de acólitos o inventar la frase más vacía, el slogan más hueco, la frase más vana.

En esas honduras nos encontrábamos, cuando el artículo del subcomandante Marcos cae como lluvia fresca que anuncia el fin de la sequía. A veces nos olvidamos con facilidad de lo más importante. Y lo más importante se encuentra normalmente frente a nuestras narices. Marcos y los zapatistas han ejercido con notable eficiencia su papel de conciencia crítica de la nación. En 1994, cuando la mayoría se probaba el traje para la fiesta de ingreso al primer mundo, la voz de los sin voz nos recordó lo que pretendíamos olvidar. En 2005, nos vuelven a recordar que más allá de desafueros, tucomes y celebraciones presidenciales fuera de lugar, el “problema” de los olvidados, de los marginados, de los excluidos, permanece igual que siempre.

En un texto impecable, La (imposible) ¿geometría? del poder en México, Marcos desnuda a los partidos y denuncia la manía electorera por arrimarse al inexistente “centro”.

La política se ha convertido en una extraña danza de estrategias, donde todo se vale siempre y cuando se alcance el cargo anhelado. El único valor que vale es aquel de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. La única ideología verdadera es la que reditúa en votos y amistad que no se ve reflejada en la nómina, no es amistad.

Marcos nos recuerda que “el centro no es más que una derecha moderada, una puerta a la clínica de cirugía plástica que transforma a los luchadores sociales en déspotas y cínicos, una macroeconomía estabilizada con segundos pisos y conferencias de prensa mañaneras”.

El texto es especialmente duro contra el PRD y AMLO. Advierte sobre los rasgos autoritarios de Andrés Manuel que esta semana pudieron verse con claridad en la inauguración apresurada y terca de un sistema de transporte urbano sin terminar.

Marcos logra sintetizar la esencia del proyecto de “izquierda” de AMLO que no difiere en nada de aquel de los que gobernaron 75 años ni del de los que pretenden la reelección: llenar desde arriba y por arriba el vacío provocado por la hecatombe neoliberal. Y es aquí donde reside el meollo del asunto llamado país. Ahí está el detalle diría aquel.

El mexicano es un sistema centralista y caciquil. Es un modelo de círculos concéntricos, de matrioshkas rusas, de cajitas de Olinalá, donde cada parte se contiene dentro de una caja, un círculo o una muñeca más grande. Afuera, el presidente de la República, luego el gobernador, los congresos, los jueces, los presidentes municipales, el partido, el sindicato, la asociación, etcétera, y al final, sólo al final, minúsculo y frágil, subyace el ciudadano.

La diferencia fundamental de la visión “occidental” ahora llamada de “centro democrático” con la organización indígena y comunitaria, es que en ésta lo más importante es el bien común, la democracia participativa. Lo más importante es lo de abajo, y no lo de arriba. El de arriba no es el que manda sino el que obedece. El de arriba, no es el Mesías que dicta el rumbo, es el representante que hace lo que le fue indicado en la votación, le guste o no le guste.

Sólo aquellos que han trabajado a nivel comunitario, a nivel cooperativo, entienden que la única manera de que un pueblo salga adelante es a través de las decisiones colectivas, de la rendición de cuentas diaria y de la transparencia cotidiana. El único modelo que sacará al país de la postración es aquel que entienda que primero va el 1 y luego va el 2. Que los edificios se construyen de abajo hacia arriba y que para que un árbol sea sólido tiene que tener sus raíces bien profundas en el suelo.

México no necesita un cacique más, llámese éste Andrés Manuel, Santiago, Roberto o Marcos. Por eso los zapatistas hacen la guerra para conseguir la paz. Por eso rechazan ser parte de un programa más del gobierno federal o estatal en turno. Por eso creen en el autogobierno a través de sus juntas y caracoles. Ellos no aspiran a ser presidentes municipales ni diputados locales o gobernadores. No aspiran a recibir una pensión mensual, una dádiva institucionalizada.

Los zapatistas y con ellos muchos mexicanos, aspiramos a un modelo nuevo de gobierno distinto al que ofrece el orden mundial actual. Son realistas, por eso piden lo imposible. Creen en valores que los poderosos de todos los colores desconocen: solidaridad, igualdad, fraternidad, democracia, paz, justicia, libertad.

Falta lo que falta. La pelota está en juego y este encuentro se reanudará en cadena nacional, sin necesidad de pago por evento. Incluso aquellos que quisieran voltear para otro lado e ignorar el juego, lo van a tener que presenciar.

La carta de Marcos a Massimo Moratti, presidente del FC Internazionale de Milán termina así: “Posdata: con tono y volumen de cronista deportivo. El sup, usando la técnica del uruguayo Obdulio Varela en la final contra Brasil (Mundial de futbol, estadio Maracaná, Río de Janeiro, 16 de julio 1950), con el balón en la mano ha caminado como en cámara lenta (a partir de mayo de 2001) desde la portería zapatista. Luego de reclamar al árbitro la ilegitimidad del gol recibido, pone el esférico en el centro de la cancha. Voltea a ver a sus compañeros e intercambian miradas y silencios. Con el marcador, las apuestas y el sistema entero en contra, nadie tiene esperanzas en los zapatistas. Empieza a llover. En un reloj son casi las seis. Todo parece estar listo para que se reanude el encuentro…”

A Marcos se le “olvidó” narrar el final del partido, en particular el último gol: “Sólo faltaban once minutos para finalizar el cotejo, Alcides Edgardo Ghiggia convirtió el segundo gol para Uruguay luego de ganarle una carrera al defensor carioca Bigode, y en lugar de tirar el centro optó por patear al primer palo y en ese preciso momento el inmenso y majestuoso monumento al futbol que es el Maracaná, se colmó de silencios, incluso silencios tan fuertes que se alcanzaban a oír”.

 

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