EL-SUR

Lunes 20 de Mayo de 2024

Guerrero, México

Opinión

Logos Club

Federico Vite

Junio 27, 2017

Pusilánimes y pedantes. Así retrata Laurent Binet a los intelectuales en su más reciente novela, La séptima función el lenguaje (Traducción Adolfo García Ortega. Seix Barral. España. 2016. 440 páginas). Vista como un relato policial paródico, burlón, La septième fonction du langage es una tertulia semiológica que apuesta por la renovación del vetusto molde solemne de la academia y reinterpreta jocosamente pasajes históricos de Francia.
El parisino Binet focaliza la novela en un hecho: la tarde del 25 de marzo de 1980, el crítico y teórico Roland Barthes, tras almorzar con el líder socialista François Mitterrand, es atropellado por una camioneta cuando cruzaba la rue des Écoles en dirección al Collège de France. Dicho de otra forma, caminaba pensando en el signo cuando lo arrasó la realidad. El golpe del automóvil no fue fatal, pero Barthes muere, un mes después del incidente, en el hospital de la Pitié-Salpêtrière, víctima de complicaciones pulmonares. Los servicios secretos franceses sospechan que Barthes fue asesinado y el responsable de la investigación es Bayard, detective de ultraderecha, acompañado por Simón, un profesor universitario con conocimientos en semiología. La mancuerna no tiene mucho atractivo, aunque gris, funciona. Inicia pues una serie de pesquisas con el dream team de la french theory: Jacques Lacan, Michel Foucault, Louis Althusser, Jacques Derrida, Gilles Deleuze, Tzvetan Todorov, Julia Kristeva, Philippe Sollers y, como semiólogo invitado, Umberto Eco. Toda la pléyade de estructuralistas y de postestructuralistas habita el relato, muchos de ellos como verdaderos obcecados del conocimiento.
La trama se convierte una pesquisa política llena de retórica, pero Binet deja que la elegancia del cotorreo permee la academia y las indagaciones policiales se transforman en una recurrente visita a baños sauna, puntos de encuentro gay, clubes sadomasoquistas, cantinas frecuentadas por comunistas hippies, feministas bipolares y padrotes interesados en la gramatología, la deconstrucción del lenguaje y las drogas suaves. Binet traza una historia juguetona, excesiva, porque fácilmente podemos quitarle a este libro más de 50 páginas, pero lo atractivo de la segunda novela de Binet es la inserción del discurso real en un plano ficticio; es decir, el autor crea un diálogo muy crítico con los críticos. Se engolosina mostrado la megalomanía de varios filósofos, incluso, los hace ver como títeres de un elegante truco: la justificación del poder. Y para hacer más clara esa crítica, la búsqueda del poder para justificar el poder, el autor crea el Logos Club, una asociación cuasi secreta en la que intelectuales y políticos se enfrentan en duelos retóricos, funciona como una secta que enfatiza, de acuerdo con lo expuesto por Binet en la trama, que alguien asesinó a Barthes para apropiarse de las claves que ponen en funcionamiento la séptima función del lenguaje, “una función de carácter performativo que permite, a quien la domina, convencer a cualquiera de cualquier cosa en cualquier circunstancia”. Ésta se suma a las seis funciones del lenguaje propuestas por el lingüista Roman Jakobson. En resumen: la clave del libro es la lucha por el poder. ¿Y qué haría un político con ese poder? Creo que la respuesta la sabemos todos.
El problema es que la novela abusa del cliché detectivesco, del sexo gratuito, de la referencia erudita y tiene problemas con el factor verosimilitud, pero algunos de sus pasajes son memorables; sobre todo, los relacionados con los impulsos vitales de los teóricos franceses y especialmente las escenas en las que aparece el sexi Michel Foucault y el sabio Umberto Eco.
Este libro es una coqueta comedia de enredos (la novela debería llamarse Esa loca, loca academia francesa) que no intenta, a diferencia de HHhH, la primera novela de Binet, fusionar los hechos históricos con los artilugios literarios de un ensayista. Sin duda, un ejercicio interesantísimo de alquimia novelística. HHhH (acrónimo de Himmlers Hirn heisst Heydrich, El cerebro de Himmler se llama Heydrich) fue publicada en 2010 por la editorial Seix Barral. En ella, Binet explica la gestación, en 1942, de la Operación Antropoide, cuyo objetivo es asesinar en Praga a Reynhard Heydrich, jefe de la Gestapo e impulsor de la denominada Solución final, el plan para exterminar a los judíos durante la II Guerra Mundial. El checo Jan Kubiš y el eslovaco Jozef Gab?ík fueron los seleccionados por la Dirección de Operaciones Especiales de Churchill para llevar a cabo la misión. El atentado no es exitoso, pero logra herir a Heydrich, quien fallece un mes después de lo previsto. Así que las represalias son terribles y comienzan los ataques alemanes, eso alerta al mundo sobre la barbarie nazi. A la par de ese hecho histórico, el autor crea una voz narrativa que muestra in situ formas poco convencionales de crear una novela histórica. Eso no ocurre en La séptima función del lenguaje, más bien, se trata de un divertimento, no un libro serio, no un artefacto, sino una puesta en escena repleta de citas doctas que bien sirve como texto introductorio al gran legado de la escuela parisina, la cual está llena de tragedias: Michel Foucault muere de sida en 1984; Louis Althusser fallece en 1990, en un hospital geriátrico, asesinó a su esposa. Guy Debord se suicida; también Gilles Deleuze, quien se lanza desde su departamento, en el sexto piso de su edificio. Pero lejos de las tragedias breve y oblicuamente referidas, este libro también nos recuerda que los agentes literarios hacen maravillas, pues ninguno de los mexicanos que sudan tinta escribiendo un libro de apetencias estéticas, con búsquedas literarias definidas y afortunadas, publica en Seix Barral. No sé qué piensen ustedes, finísimos lectores, pero a veces creo que las editoriales no quieren literatura, sino algo que hable de literatura, que se parezca a la literatura. Y eso, como bien dicen los franceses: “Ca m’énerve”. También pienso que verbo mata carita. Que tengan un poderoso martes.