EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Los 70 años de María Bonita

Anituy Rebolledo Ayerdi

Diciembre 10, 2015

Luna de miel

Agustín Lara y María Félix se hospedan en el hotel Las Américas, en la península de Las Playas, para disfrutar de su luna de miel. Por tratarse de “la pareja de México”, los trabajadores de la hospedería aceptan atenderla no obstante que estaban en huelga por mejoras salariales. La administración asigna a sus únicos huéspedes un bungalow lejano, rodeado de palmeras, enredaderas y copas de oro.
–“Para que disfruten con plenitud y sin reservas de su amor” –les dice el administrador, tan cursi como atrevido, al entregar las llaves del aposento.
Al día siguiente los recién casados cumplen con un ritual chilango imprescindible: visitan Caleta y la encuentran repleta por vivirse la temporada decembrina. Y recorren la playa agarraditos de la mano, como tórtolos adolescentes. Ella viste un pantalón pescador azul y una vaporosa blusa blanca de manga larga. Él, short marinero dejando al descubierto unas extremidades como de chichalaco y una camisa floreada sin abotonar dando cuenta de unos pectorales óseos.
Los enamorados llegan acesantes al bar entre rocas del hotel Boca Chica, en Caletilla, propiedad de Oscar Muñoz Caligaris y atendido por su cuñado Vale Vidales. El músico pide una cerveza Sol y ella un refresco de limón. El anfitrión le ofrece una limonada Trébol, embotellada aquí por la familia Pintos. “Es de limón acapulqueño, a ver si le gusta”, invita. A la dama le parecerá excelente.
De regreso por la misma ruta los espera el popular Manolo Herrera. Los invita a su restaurante Paraíso (hotel La Playa), fundado por don Alejandro García Torres, de ascendencia filipina. Una larga enramada con mobiliario rústico y ornatos marinos. Bajo su sombra se reúne dominicalmente “todo Acapulco” para disfrutar de la más sabrosa comida marinera del puerto. La señora Félix se escandaliza del pantagruélico atracón de ostiones que se da su esmirriado marido.
–¡Agustín, modérate, por favor! –truena la futura Doña Diabla.
–¡No te enfades, Machángeles por favor! Tú sabes bien que no los necesito, pero me gustan mucho –explica el hombre para continuar sorbiendo el viscoso contenido de aquellas conchas depredadas en aquel mismo entorno. (Machángeles –explicaba Lara–, por “macha y angelical”).

Bailando en el Ciro’s

La presencia inquietante de María y Agustín provoca cuchicheos y no pocos aplausos en el Ciro’s del hotel Casablanca. Aquí bailan con la orquesta del estadunidense Everett Hoagland, con el lema “luces tenues y música suave” (suyas, Bailando en Ciro’s, Romance en Ciro’s, Media noche en Ciro’s), María luce como soberana con un vestido strapless color champaña y cubre con una mascada turquesa la espalda descubierta. Los zafiros de su aderezo son el más reciente obsequio de su señor esposo, famoso en otros ámbitos por obsequiar abrigos de mink en plena canícula.
Los enamorados recuerdan que la noche en que se conocieron, en el Ciro’s del hotel Reforma de la capital, tocaba la misma orquesta. Invitan a Hoagland a su mesa para agradecerle la tanda dedicada con temas larianos. El músico angelino, por su parte, le pronostica al maestro un éxito rotundo si organiza su propia banda y con su nombre. La tendrá más tarde: los Solistas de Agustín Lara.

Huéspedes distinguidos

El regidor del Ayuntamiento de Acapulco, Manuel Pano, propone designar “huéspedes distinguidos” a María Félix y Agustín Lara por la enorme publicidad que han generado para al puerto. Propuesta aprobada por el alcalde Alfonso Miranda, el síndico Alejandro Hudson y los ediles Mario de la O Téllez, Jesús González Adame y Artemio Cárdenas. La pareja agradece tan señalado honor, pero se disculpa por no poder asistir a recibir el reconocimiento porque, “la mera verdad, no estamos para esos trotes”. Manolo Herrera, el intermediario, recibirá el documento.
–¡Están peor que caguamos! –los disculpa

La “Cajota”

El maestro Lara sí se da un tiempito para agradecer telefónicamente a los locutores Daniel Pérez Arcaraz y Gonzalo Castellot, de la XEKJ (más tarde conductores de la televisión), la dedicatoria de un programa con su música. La primera estación radiofónica de Acapulco había salido al aire apenas cuatro años atrás, fundada por don Ramón Ortega, dedicado originalmente a la venta de curiosidades del mar. El primer anuncio de “La Cajota”, como se conocerá durante medio siglo, le costará a don Carlos Valcárcel treinta centavos.

Ante la Guadalupana

La necesidad de coñac francés y cigarrillos Pall Mall rojos obligan a la pareja a salir de su guarida. Toman un taxi que los lleva a La Suiza, una tienda que ofrece “ultramarinos finos”, sin saberse aquí bien a bien lo que eran. Propiedad de don José Martino, el establecimiento se localiza en la calle Escudero, edificio Fernández (hoy Préstamos Dondé). Enfrente tiene al Palacio Federal, un hermoso edificio estilo californiano de una planta (Sanborns) y la gasolinera de Pepe Polin (Woolworth).
Aunque el señor Lara considera una temeridad caminar hasta la plaza Álvarez, porque la señora quiere persignarse en la catedral de La Soledad y encender una veladora en el altar de la Virgen de Guadalupe, la señora Félix lo ignora. Él la sigue a regañadientes. Si bien los acapulqueños son fríos ante los famosos, llegando a la indiferencia, no faltará el grito de algún lépero:
–¡Ya suéltalo, María, mira como lo tienes!

Lara y La Quebrada

El ingenio y la malicia de los acapulqueños se hermanarán para dar una bienvenida jocosa a tan ilustre personaje:
–¿En qué se parece Agustín Lara a Acapulco?
–¡En que tiene La Quebrada cerca de La Bocana!
(Y es que el músico-poeta presentaba una enorme cicatriz junto a la boca, producto de la agresión de una dama despechada, utilizando como arma una botella rota).

Palmeras borrachas

Cuando una esbeltísima palmera se arquee totalmente para despertar a Lara que duerme bajo su sombra:
–¡Borracha, tu chingada madre!
(Respuesta vegetal poco grata para el músico cuando canta: “y en tus ojeras se ven las palmeras borrachas de sol”. Palmeras)

La Banca del Zócalo

La Banca del Zócalo, añosa institución dedicada al chismorreo político y al “recorte” en general, sugiere la conveniencia de mantener desocupado el “resucitador con mascarilla de oxígeno inhalado”. Lo anuncia en el diario Trópico el sanatorio Sagrado Corazón de Jesús, en Caleta, como el último grito de la ciencia médica. “Lara podría necesitarlo en cualquier momento”, apuntan los “banqueros” más en serio que en broma.
Exageraban todos, por supuesto. Un hombre con los 48 años de Lara es un hombre sexualmente apto. Una María, con apenas 32 inviernos, lo confirmará cuando confiese:
“Estará todo lo flaco y feo que quieran, pero en la intimidad es un salvaje”.

El regreso

María y Agustín regresan a Acapulco dos años más tarde, en 1947, invitados por el general Juan Andrew Almazán, dueño de los bungalows Hornos, frente a la playa de ese nombre. Deferencia sugerida seguramente por Emilio Azcárraga Vidaurreta, propietario de la poderosa estación radiofónica XEW. Y es que Azcárraga, además de amigo íntimo de Almazán, era su consejero financiero. Él será, por ejemplo, quien lo interese en una empresa hotelera para dar utilidad a sus 22 hectáreas frente a Hornos, en lugar de meterle vacas. Así surgirán los bungalows Hor-nos y el hotel Anáhuac, cuyo nombre final será el de Papagayo, su-gerido igualmente por Azcárraga.

Los gandallas

Veintidós hectáreas en la bahía de Acapulco que el militar de Olinalá se había agandallado años atrás. Era entonces secretario de Comunicaciones y Obras Públicas del presidente de la República Pascual Ortiz Rubio (1930-1932), apodado El Nopalito no por no poder sino por baboso, decían. Ello no obstante ser topógrafo e historiador.
El primer magistrado es traído al puerto por Almazán para oficializar el robo de los palmares cubriendo la faja costera del puerto. Esto es, a partir del fuerte de San Diego y hasta la Diana actual. Miles y miles de palmeras sembradas en una superficie que partía de la actual avenida Cuauhtémoc y llegaba a la playa. Para justificar tan descarado despojo, Ortiz Rubio ordena formalizar una expropiación pagando a los propietarios a razón de menos de un peso la hectárea, “Y háganle como quieran”. Al construir años más tarde la Costera, el presidente Alemán respetará las propiedades de amigos y correligionarios.

Solo para fuereños

Cerrado el hotel Papagayo en 1972, los herederos de Almazán lo venden a la empresa Blanco Sucesores en 40 millones de pesos. El gobierno del estado va al rescate del predio e indemniza a los propietarios pagando mil pesos por metro cuadrado. Los hispanos responden con coños y redieces. El litigio se va hasta 1979, año en el que el gobierno de Rubén Figueroa Figueroa consuma finalmente la expropiación. La superficie se destina a parque público para disfrute de los acapulqueños. Se le denomina Ignacio M. Altamirano, pero la fuerza de la costumbre lo seguirá llamando Papagayo.

Enamorada

María Félix llega a Acapulco con el único propósito de dormir. Su trabajo en la película Enamorada la ha dejado exhausta. La pareja está a punto de la quiebra sentimental. Ella ya no está enamorada del músico poeta (¿lo estuvo alguna vez?), y él no se resigna a perderla (quizás ahora sí esté enamorado). Ambos esperan encontrar frente al mar alguna razón para continuar juntos y desmentir que la suya sólo fue una unión interesada, mediática. Ella la más urgida.
Salvador Chava Añorve, cantinero del Papagayo, el primero en Acapulco con el rango de barman, aficionará al falso veracruzano al coctel bautizado como Arde París (coñac francés servido generosamente en copa coñaquera, terminándose de llenar con champaña). A la tercera el músico ya no sabía lo que era una fusa difusa y quizás tampoco en sus cinco sentidos.

Mirna Loy

Poseedor de una servilleta impresa con un beso de la actriz jolibudense Mirna Loy, en fulgurante rojo carmesí, el cantinero originario de Ometepec no tendrá valor para pedirle uno igual a María. “Seguro que me lo niega, anticipa, es una señora muy cabrona”. Mirna Loy habría estado en Acapulco en 1946 al terminar su película Los mejores años de nuestra vida. Morena clara, hermosa y muy francota: “Me he casado cuatro veces, me he divorciado cuatro veces, no tengo hijos y no se cocer un huevo”).

Giro inesperado

Esta vez María y Agustín ya no se toman de la mano cuando caminan por la playa de Hornos. Atrás había quedado Caleta como testimonio de una pasión ardiente. Ella duerme. El pasa más tiempo con Chava Añorve y su colorida coctelería. Será entonces cuando las cosas toman un giro inesperado, quizás a favor del flaquérrimo genial. El general Andrew Almazán demanda la presencia de la pareja para conducirlos a un salón privado del propio hotel. En el centro del mismo, como único mobiliario, un hermoso y reluciente piano de cola. Lo ofrece
–Lo hice traer de la ciudad de México especialmente para usted, maestro, por si deseara desentumirse los dedos…