EL-SUR

Sábado 20 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Los apodos de mis vecinos

Silvestre Pacheco León

Octubre 24, 2022

(II)

Algunos de mis paisanos de Quechultenango me han hecho aclaraciones sobre los apodos y sobre nombres contenidos en mi artículo de la semana pasada, lo cual agradezco y debo atender en aras de la precisión para que nadie se sienta por no ser mencionado.
Es el caso de Jesús Solano cuyo sobrenombre es La Moya, el más embarnecido de los hijos de doña Zenaida La Turca, ocupado ahora como chofer de combi. Su hermano Vicente no tenía el apodo de La Becerra, sino de La Meca, pero no por algún parentesco árabe, sino porque en la danza de Los Mecos él se vestía de mujer.
También hice mención del violinista don Salustio Moyao vecino del barrio del Pochote, sin referirme a su hijo el poeta José Moyao quien me recuerda siempre al enamorado de Marcela en la novela de El Quijote, aquel que pidió ser enterrado en el bosque donde conoció a la bella Marcela convertida en pastora para huir del asedio de tantos que la querían como esposa.
El hijo mayor de don Salustio se llama Juan, un muchacho espigado, jugador de basquetbol e intérprete de Sortibrán en la danza de Los Doce Pares de Francia. Le dicen El Bejuco por lo largo y escuálido de cuerpo, no por su ductibilidad como las plantas a las que alude el sobrenombre, para agacharse y saltar, sino en burla porque era tieso y le faltaba agilidad y gracia en sus movimientos.
Escribí también que Garralín era el Almirante Balam en la danza de Los Doce Pares de Francia, pero me confundí con el de Sortibrán. El Almirante Balám era interpretado por el tío Policarpo Gatica.
También es importante aclarar que no era don Calixto quien tenía el sobrenombre de Pantalón Ancho, sino don Gabriel Corona quien había traído al pueblo la moda de los cholos que se dio allá en la frontera.
A don Calixto le apodaban Viento Viejo, nunca supe por qué, y justo ahora me recuerdo que Ladis, el jugador estrella de basquetbol, era el diminutivo de su nombre de pila, Ladislao. A su hermano Esteban era a quien le apodaban La Culebra por su juego de cintura.
El profesor Jesús Ramírez tenía el apodo de La Chiva por su voz chillona parecida al balido de una cabra, y a su hermano José le apodaban La Sonri, creo que por su llamativa forma de reír. Su hermana menor era conocida como La Cucue.
Mencioné a Toño Salgado como uno de los porristas más recordados en los partidos de basquetbol, pero no dije que le apodaban La Calaca por la sobriedad en la que vivía y que se reflejaba en su cuerpo esbelto. Su hijo, Jorge, en cambio, era gordo y tenía el sobre nombre de La Cuarraca.
Al ganadero don Nicolás Gervasio todo mundo lo conocía como don Lan y Chefe su hijo mayor que llegó a ser presidente municipal todo mundo lo conocía como Viva México Tres Veces, adjudicándole el chiste que tanto se cuenta de la arenga en la celebración del Grito. Toño, su hermano menor, fue un artista en carpintería y le apodaban La Bonfi porque su mamá se llamaba Bonfilia.
A Héctor Hidalgo le apodan El Equilátero porque se le dificultaba nombrar al helicóptero que un tiempo iba a fumigar los campos de algodón en el ejido. Su hermano menor, Moisés, también un excelente carpintero tenía el apodo de El Sapo.
A don Gaudencio Jiménez el trompetista que animaba los bailes y tocaba en los entierros le apodaban La Cuca y a su hijo menor La Cuquita. A Evodio Gervasio le apodan La Cebolla y Aristarco Prudente El Leño.
Don Quintil, el dueño de los billares tiene un hijo Noel al que le dicen La Moronga y al menor, Jesús, La Trica.
Los apodos de las generaciones jóvenes dan pie para toda clase de chistes como el de La Leche. Se llama Jesús Grande y participa casi en todas las danzas populares. También es buen jugador de basquetbol. El origen de su apodo lo desconozco pero me consta que le gusta su sobrenombre porque en una ocasión que llegó a mi casa preguntando por un hermano mío, mi sobrina que no lo conocía, cuando le abrió la puerta le preguntó qué se le ofrecía y para identificarse y entrar en confianza le respondió, “busco a tu tío, dile que de parte de La Leche”.
Mi sobrina que no entendió bien la respuesta volvió con el recado diciendo “es un muchacho que viene a entregar la leche” cosa que nos sorprendió porque en el pueblo nunca hubo repartidores de leche. Al final todos nos reímos cuando caímos en la cuenta de que Jesús se autonombraba con su apodo de La Leche.
Che Loco era el apodo del eterno cargador de bultos pesados que se alquilaba en la terminal de camiones por cualquier propina. Nunca se cambiaba de ropa y tampoco sabía de peine porque siempre usaba sombrero. No estaba loco aunque siempre se encontraba alcoholizado pero era inofensivo, sin embargo los niños le temían porque sus papás les inculcaban que Che Loco era un roba chicos, por eso no debían andar solos en la calle.
Un apodo que siempre se me hizo curioso era el diminutivo de Rengo que se aplicó toda la vida a Manuel Ramírez un muchacho también enfermo de poliomelitis infantil cuya secuela lo dejó cojo, pero se sobrepuso y aprendió a caminar pero rengueando.
Manuel no mostraba preocupación alguna por ese impedimento que lo hacía muy notorio al caminar. Durante toda su vida quienes lo conocían agregaban a su nombre el apodo de El Renguito como si referirse a su condición física en diminutivo le redujera la discapacidad. Cargaba tan sin pena su secuela de la polio que irradiaba simpatía.
Cuando Manuel se fue a la Ciudad de México iba a reunirse con sus paisanos los días domingos y un día todos lo vieron desde que se apareció en la esquina extrañamente con un sombrero puesto y cuando llegó a saludar preguntó salamero, “¿bueno y cómo fue que me conocieron si yo venía disfrazado”? Y todos nos echamos a reír porque él mismo sabía que su modo de andar lo delataba a cualquier distancia.
Don José Ramírez, un hombre robusto comprador de ganado, era más conocido por el sobrenombre de Guacho, muy popular por sus aficiones para divertir a la gente. En la fiesta patronal organizaba peleas de box y en las corridas de toros era animador de los montadores.
Entre sus múltiples sobrinos había uno al que le apodaban El Hueco, creo que era por el tono de su voz, parecía que hablaba desde el estómago, o desde un hueco. Otro sobrino era La Rabadilla un excelente jinete. Fue el primero que vi darse la vuelta en el lomo del toro que montaba entre reparo y reparo.
Un día de fiesta, después de aguantar todos los reparos de un cebú, se mantuvo montado agradeciendo los aplausos del público, cuando de pronto el toro emprendío tan veloz carrera en dirección a la puerta del rodeo que todos enmudecimos al ver que al chocar con sus cuernos contra la sólida tranca de madera rebotaba hacia atrás sobre sus patas traseras mientras La Rabadilla salía disparado por los aires impulsado por la fuerza de la inercia del toro en estampida.
Por fortuna el jinete no encontró en su vuelo ningún obstáculo que le golpeara la cabeza, pero el choque con el suelo fue tan violento que quedó desmayado y muchos lo creímos muerto y mientras algunos gritaban que fueran a traer al médico, en su lugar llegó hasta él abriéndose paso entre la gente su tío El Guacho quien luego de mirarlo dijo convencido, “qué muerto va a estar, ahorita se levanta”, y como fue, lo bañó de mezcal y La Rabadilla se levantó y “andó” como dice el chiste que cuenta la historia bíblica de Lázaro.
Entre quienes se sentían agraciados con su sobrenombre está El Águila Negra cuyo nombre verdadero es Dagoberto Segura. Vivía en el barrio de El Ciruelar en la orilla oriente del pueblo, por el rumbo de La Grupera, y se hizo memorable porque todas las noches después de pasear por el pueblo caminaba cantando rumbo a su casa a todo pulmón, de manera que en el silencio de la noche su voz se oía en buena parte del pueblo. El sobrenombre le cayó tan bien que pronto se aprendió los corridos que se oían en las afamadas películas de El Águila Negra y asimiló tan de buen grado el papel del Charro Negro que después de ir a trabajar al puerto de Acapulco, regresó convertido en su personaje. Salía de su casa vestido impecablemente con su traje negro incluido su sombrero y unas botas, aunque de plástico, brillantes como las del galán de las películas. Después de aprender a cantar se hizo compositor y luego conquistador y galante, capaz de componerle canciones a las muchachas que quería enamorar.