EL-SUR

Sábado 20 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Los apodos de mis vecinos

Silvestre Pacheco León

Octubre 17, 2022

En mi pueblo los apodos menudeaban y a veces el sobrenombre resultaba tan real y descriptivo que el dueño lo aceptaba de buena gana y hasta solía dudar de su nombre verdadero, como el Loro afamado que cuando una señora llegó a su casa buscándolo por su nombre, la hermana dijo que no vivía ahí y que tampoco lo conocía, hasta que la señora convencida de que ese domicilio era el que le habían dado agregó otro dato, “el muchacho que busco tiene un apodo como de pájaro, creo que le dicen Cotorro o Loro”, y entonces el aludido respondió desde la hamaca, “ese soy yo”.
Algunas personas estaban tan acostumbradas a su sobrenombre que hasta preferían ser llamadas por el apodo en vez del nombre de pila, como Toro Palo el hijo de doña Chelina, un muchacho que creció con espíritu deportista aunque no haya destacado como tal, pero era tanto su gusto por jugar que estando en la Ciudad de México viajaba hasta el pueblo los fines de semana nada más para andar corriendo en la cancha y todo mundo le gritaba, Toro, toro. Su nombre de pila era Leodegario y su hermano mayor tenía el sobrenombre de La Gori. El To-ro Palo nunca usó zapatos para jugar futbol, lo hacía con su pie a rais como Puk y Zuk, los personajes del cuento de Chanoc.
Los sobrenombres a menudo reflejaban la agudeza de quien los ponía, sobre todo para burlarse del destinatario como el de doña Titán una señora chaparrita cuya estatura buscaba simular con su gran copete.
Quien le puso el apodo para burlarse de su estatura lo tomó de la marca de un refresco que llegaron a promocionar al pueblo con el nombre de Titán, de tamaño muy grande
Y, como en todas partes, había en mi pueblo apodos ofensivos que se decían a trasmano para que el apodado no lo supiera o se hiciera el desentendido como El Verraco, sobrenombre del hijo de Doña Amparo, una viejecita que vivía en el centro del pueblo. Su hijo ya estaba grande y era un solterón que se enojaba de veras que le dijeran Verraco. Recuerdo ese apodo porque a un tío mío le hicieron la broma pesada un día que andaba con la urgencia de conseguir un semental para su marrana que había entrado en celo.
No hallaba en ninguna parte el animal que necesitaba, hasta que alguien le dijo que doña Amparo tenía uno. Allá se dirigió con prisa mi tío y en cuanto encontró a su tía le solicitó en préstamo su verraco. La señora indignada le dijo que ella no tenía siquiera un marrano, pidiéndole a mi tío el nombre de quien lo había mandado con ella, luego le hizo la aclaración de que su hijo tenía ese sobrenombre. Apenado mi tío se disculpó y siguió su camino.
Un apodo agresivo que el destinatario aceptaba resignadamente era el de La Caca. El señor que respondía a ese sobrenombre era esposo de doña Evangelina y vivían en la última casa del pueblo. Lo peor del caso es que a sus hijitos la gente les decía Las Caquitas.
También había sobrenombres que no requerían mayor talento pero eran tan certeros que uno se reía por la obviedad al comparar el apodo con el apodado.
Eso sucedía con la hija de don Ángel a quien le decían El Toro, un hombre corpulento que sin quererlo afectó a la hija a quien le decían La Becerra.
En cambio no fue ese el caso del esposo de doña Nieves, un maestro de escuela muy blanco y ceremonioso para saludar a quien le apodaron El Chicha-rrón pero a su hija que era una de las muchachas más bonitas del pueblo nadie osó llamarla La Chicharroncita.
Así mismo, había apodos cuyo origen y significado eran ajenos para todos y a pesar de eso se mantenía vigente, como el de Nono, un muchacho discapacitado a consecuencia de la poliomelitis infantil. Tenía el carácter de pocos amigos, enojado por su discapacidad, su agresividad era la manera de sobrellevar o sobreponerse a las limitaciones e impedimentos que tenía. Era conocido y popular porque aprendió a valerse por sí mismo y caminar sin muletas. Cuando alguien se compadecía de su discapacidad y le regalaba dinero, lo tiraba al suelo mientras maltrataba al bondadoso.
Había una muchacha solterona, a la que todo mundo conocía con el sobrenombre de Mena y ella misma respondía al apodo cuyo origen nadie sabía, aunque yo supongo que era derivado del nombre de Filomena.
Otros apodos eran festivos como el de La Bola un señor gordo y chaparrito que tocaba la flauta y tenía un defecto en la cadera, de modo que caminaba con dificultad y avanzaba en trechos, como si en cualquier rato fuera a partirse por la mitad. Su figura era de risa porque se veía realmente como si fuera una bola que en vez de caminar rodaba.
El origen de algunos apodos se podía intuir, como el de La Rorra, que era un hombre blanco y sonrosado, que se alquilaba siempre de peón. Era de buen dormir y sus ronquidos dignos de atención. Dormido efectivamente parecía una muñeca o rorra como era su apodo.
Otros sobrenombres eran extraños, como el de doña Zenaida, la eterna fondera del mercado a quien todos conocíamos como La Turca, sin ningún parecido con las mujeres de aquel país.
Doña Zenaida era mamá de Chencho El Chiguán, Chente La Becerra y Chico, La Perra, éste último uno de los genios del basquetbol, quien por sus habilidades en este deporte desde joven ocupó un lugar destacado en la selección municipal.
Don Chente El Puto, era como su apellido lo dice, y además regordete, de cuerpo velludo y ojo saltones. Como panadero no resaltaba por la calidad de su pan y más bien tenía la mala fama de que lo salado de su pan blanco era por el sudor que se quitaba con la masa.
Mi madre sentía que debía mentarlo pero sin su apodo, por respeto, y cuando se refería a él le decía, don “Chente el cobarde” como si la valentía tuviera que ver con las inclinaciones sexuales.
Después eran los apodos simpáticos como el de don Calixto a quien le decían pantalón ancho por el estilo en su vestimenta.
Había un montador de toros del barrio de Manila que era moreno, chaparrito y nada esbelto. Vestía siempre de botas y sombrero estilo vaquero para verse alto, pero eso era en vano. Todos lo conocía con el apodo de El Bule.
En ese barrio de Manila, afamado por su montadores de toros vivía la familia Godínez cuyos hermanos eran casi todos deportistas. Solo el mayor al que apodaban Garralín se alejaba de esas características pero él hacía un buen papel en la danza de Los Moros en el personaje de Almirante Balam.
Sus hermanos menores eran buenos basquetbolistas y el que sobresalía en ese deporte era conocido como Ladis del que nunca supe su nombre verdadero y todos lo conocían como La Culebra, pues su movimiento de cintura le permitía driblar con elegancia a los contrarios, evitando los encontronazos en el juego sin fallar el enceste.