Gaspard Estrada
Julio 09, 2025
Los pasados 6 y 7 de julio, se llevó a cabo una nueva cúpula de líderes del grupo BRICS, así llamado en referencia a los países fundadores de este formato de reunión de economías emergentes: Brasil, Rusia, India, China y África del Sur. Este acrónimo se ha convertido con el paso de los años en uno de los principales ejes del nuevo orden internacional, en el cual Estados Unidos y los países europeos ya no son los únicos actores en posición de poder. Paradójicamente, fue un norteamericano, el entonces economista jefe del banco de inversiones Goldman Sachs, Jim O Neill, que inventó esta sigla hace poco más de 20 años, con la intención de designar a las economías emergentes más activas en el plano internacional (en aquel momento, sin África del Sur).
En ese entonces, a finales de los años 2000, China y Estados Unidos no habían entrado en una dinámica de rivalidad sistémica. En ese sentido, la existencia de un grupo de países emergentes como los BRIC (BRICS con la adhesión de África del Sur en 2010), que ha venido defendiendo cambios en el orden multilateral e internacional, si bien podía generar críticas e interrogantes de parte de los países desarrollados –en particular, de parte de los países del G-7– no implicaba riesgos de tensiones e inclusive de amenazas de guerras comerciales.
Este tiempo ha terminado. Tras la llegada al poder, en 2013, de Xi Jinping, China ha transformado su política exterior, haciéndola mucho más asertiva, con la ambición de posicionar a su país como la principal potencia mundial en el 2049, fecha del primer centenario de la revolución China. Por su lado, Rusia ha pasado a violar sistemáticamente el derecho internacional, a partir de la invasión de Georgia, en 2008, y la posterior anexión de Crimea, en 2014. Ese mismo año, comenzó la invasión de Ucrania, que se mantendría en baño maría tras la firma de los acuerdos de Minsk, en 2015, entre Vladimir Putin y Volodymyr Zelensky, bajo los auspicios del entonces presidente francés, François Hollande, y de la entonces canciller alemana, Angela Merkel, hasta 2022. Del lado de Estados Unidos, los gobiernos demócratas y republicanos (nos referimos a los gobiernos de Donald Trump 1 y 2, así como al de Joe Biden) han decidido terminar con el apoyo que Washington dio a la Organización Mundial del Comercio (OMC), al no nombrar a los jueces del organismo de solución de controversias, que representa el corazón de esta organización. Al hacerlo, han herido (muy probablemente mortalmente) al sistema multilateral de regulación del comercio, que había constituido uno de los principales instrumentos de la regulación multilateral pensada por los Estados Unidos desde 1945. De cierta manera, los cimientos del orden internacional existente comienzan a dar muestras de fatiga, dando paso a una nueva situación, en la cual las relaciones de fuerza priman por encima de cualquier otra consideración.
Es en este contexto que la declaración de los líderes de la cumbre de Río, concluida el lunes pasado, deja constancia de la voluntad de los países de resguardar el derecho internacional, la cooperación y el multilateralismo. Sin embargo, como lo decíamos anteriormente, algunas de las principales potencias alrededor de la mesa de los BRICS han multiplicado los gestos de hostilidad hacia los principios que los propios BRICS quieren defender. Y a medida que el grupo ve su membresía expandirse (en 2023, cinco países se integraron a los BRICS como miembros plenos –Irán, Arabia Saudita, Egipto, Etiopía y Emiratos árabes–, al tiempo que fue creada una categoría de países asociados, entre los cuales encontramos a Cuba, Bolivia, Turquía, Nigeria, Indonesia, Argelia, Bielorrusia, Malasia, Uzbekistán, Kazakistan, Tailandia, Vietnam y Uganda), más esas contradicciones tenderán a profundizarse. De manera que la coherencia de los BRICS estará puesta a prueba en las próximas cumbres, comenzando por la de África del Sur el próximo año.
* Miembro de la unidad del Sur Global de la London School of Economics (LSE)
X: @Gaspard_Estrada