EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Los buenos, los malos …y los indiferentes

Jesús Mendoza Zaragoza

Enero 04, 2016

Desde que las violencias más horrorosas se han adueñado del escenario nacional, se ha ido construyendo una manera de comprenderla y explicarla en el lenguaje cotidiano. Y así se ha desarrollado una visión maniquea de la sociedad en la que solo hay buenos y malos. Simplemente, hay que formarlos en dos filas. La idea de que “nosotros somos los buenos y ellos son los malos” se ha instalado en la conciencia de la sociedad, una idea simplista que distorsiona la realidad, deslinda a quienes se dicen “buenos” de toda responsabilidad social y sataniza a los “malos” para cargarles toda la responsabilidad sobre los males que vive el país.
Viendo las cosas con más responsabilidad, éstas no son tan sencillas. La bondad y la maldad no se dan en estado puro en ninguna persona ni en las creaciones humanas. ¿Quién es bueno y quién es malo? ¿Quién lo puede decir si cada quien tiene su propia perspectiva de lo bueno y lo malo? Pensar en blanco y negro y sin matices, resulta engañoso y casi siempre genera calamidades mayores. Las cosas son mucho más complejas y es bueno reconocerlo para ponderar nuestras ideas y nuestra manera de hablar de lo bueno y de lo malo.

Los malos …

Se les llama “chicos malos”, “malandrines”, o “la maña”, etcétera. En el lenguaje vulgar se refiere a quienes ejecutan acciones violentas que afectan la vida, el patrimonio o la seguridad de las personas y de la sociedad. Se suele decir que son “muy pocos”, y que esos pocos nos tienen sometidos y amedrentados. La referencia se dirige a sicarios, extorsionadores, secuestradores, narcotraficantes, sobre todo, aunque también a quienes colaboran en sus negocios ilícitos. Son malos porque, con sus crímenes, hacen daño a la sociedad, simplemente. ¿Qué hay que hacer con ellos? Mucha gente tiene la idea de que hay que eliminarlos o, al menos, meterlos a la cárcel para que ya no sigan haciendo daño. Lo razonable es que deben ser castigados y recuperados para la sociedad.
Un renglón aparte merece toda esa delincuencia que está incrustada en los gobiernos, desde policías hasta gobernadores, pasando por jueces y legisladores. “Son lo mismo”, dice la gente cuando se refiere a la complicidad de las autoridades con los delincuentes. Están las autoridades que “nadan” en medio de la corrupción como un estilo de vida, las que son parte del crimen por colusión o por omisión, las que han sido puestas por las organizaciones criminales, las que están encaramadas en las instituciones y trastornan el servicio público.

… los buenos …

Por supuesto que todos los demás somos los buenos, porque no secuestramos ni asesinamos, porque no nos organizamos para cometer delitos ni para atentar contra el patrimonio de otros y porque no nos coludimos con delincuentes. Por supuesto que somos inocentes de toda esta macroviolencia que se ha apoderado del país y nada tenemos que ver en las acciones cotidianas que generan dolor y miedo. Somos los buenos porque no participamos en los negocios ilícitos ni en la corrupción pública y porque no recibimos las ganancias que les benefician. Pero esta supuesta bondad se estrella contra la verdad, que es muy distinta. No somos tan buenos como presumimos ser. El hecho de no participar en el mal no indica que participemos del bien. Solo hay que recordar, la dura aseveración de Martin Luther King: “Lo preocupante no es la perversidad de los malvados, sino la indiferencia de los buenos”.

… y los indiferentes

La indiferencia ha estado estacionada en la adormecida conciencia social, desde hace muchos años. Al decir del defensor de los derechos civiles de los negros norteamericanos, es peor que la maldad. Y esta es la calamidad de las calamidades. Gran parte de esa gente de “buena conciencia” que se queja de todo, que critica todo, pero no hace nada, se ha acomodado a la fácil actitud de erigirse como juez de quienes considera malos y lavarse las manos a la hora de actuar para transformar las cosas. Está agazapada en las redes sociales desechando sus frustraciones y señalando culpables. No tiene idea de lo que es participar ni construir ni proyectar ni hacer.
Los indiferentes forman la gran mayoría, los que prefieren no estar informados de lo que sucede en el país para no dejarse afectar por el dolor de quienes sufren. Otros sí se informan pero de una manera frívola, sin dejarse tocar por las dramáticas situaciones sociales. Otros más, se afanan en responsabilizar a las víctimas de sus propias desgracias, las criminalizan y las culpabilizan pero no mueven un dedo para desinstalarse de su zona de confort.
La indiferencia ha llegado a ser un resultado del endurecimiento de la conciencia, como un mecanismo de defensa ante las amenazas de un mundo que se manifiesta como insufrible. Se piensa que lo mejor es no ver, no escuchar y no hablar, como un modo de protegerse y de sobrevivir. Lo mejor es evadir la realidad y recluirse en el círculo del propio individualismo, que es el cáncer originario de la indiferencia.
La misma indiferencia no permite reconocer sus propios efectos sociales. El indiferente no reconoce que él mismo, con su indiferencia y sus omisiones es responsable de la violencia, de la injusticia, de la corrupción y de todo lo que condena. Al condenar a los demás, se condena a sí mismo, pues no está libre de responsabilidad en torno a lo que no funciona bien en la sociedad. El indiferente dice que no hace males a nadie, pero tampoco hace cosas buenas para los demás. Es como la tierra árida en la que ni la mala hierba se da. No ayuda pero sí estorba. Y ahí está su problema. No pone sus recursos al servicio de la comunidad, sino que se convierte en una carga. No ha aceptado responsabilizarse de lo público cuando por sus omisiones, también es responsable de lo que sucede o no sucede.
Si bien la indiferencia tiene efectos nefastos en los ciudadanos, los tiene peores en quienes están en los círculos de poder. Centrados en las lides del poder, muchos de ellos están blindados contra el interés público, contra las necesidades básicas de la población y contra los derechos de los ciudadanos. La omisión viene a ser su estilo de gobierno.
El caso es que no es tan fácil hablar de buenos y de malos. Todos tenemos algo de bueno y de malo. Se requiere apelar al rescoldo de bondad que hay en las personas para despertar una actitud de solidaridad social y para vencer la indiferencia que permea a los gobiernos y a la misma sociedad. Es la maldita indiferencia la que nos tiene atascados en la guerra al narcotráfico que se inventó el gobierno federal para simular su preocupación por el bien de México y para ocultar la perversidad del sistema político y del modelo económico que sustentan la misma violencia. La indiferencia no ha permitido aún el levantamiento ciudadano pacífico que se necesita para enderezar a nuestros gobiernos y para reducir la delincuencia de manera significativa.
El gran desafío actual es salir de la zona de confort que cada quien se ha construido para defender su propio individualismo que se resiste a tocar con el corazón las heridas del país, visibles en las miles de víctimas de las violencias y de la pobreza extrema que es la madre de todas las violencias. Para eso se requiere un componente humano fundamental que se ha ninguneado con frecuencia en nuestra civilización moderna: la compasión. Por la compasión decidimos salir de nosotros mismos para ir, solidariamente, al mundo del sufrimiento, que está siempre a nuestro alcance. Se requiere abrir el corazón para ver, de una manera distinta las tragedias sociales y para acercarnos a quienes requieren de nuestra solidaridad.
Para sacar a México de esta postración dolorosa se necesitan inteligencia, manos y corazón, que juntos pueden expresar la bondad con toda su capacidad transformadora. Seguir dando rienda a la indiferencia sólo puede dar lugar a mayores crisis de violencia y a que se sigan acumulando sufrimientos sin que nadie los consuele ni los sane.