EL-SUR

Lunes 24 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

Los buscamos porque los amamos

Tlachinollan

Diciembre 23, 2019

 

Más allá de la algarabía de la navidad, nuestra realidad como pueblo que sufre los estragos de la violencia, en estos días de espejismo y consumo banal, en muchos hogares no habrá motivo para sentarse en la mesa y compartir una plática amena o un bocadillo entre toda la familia. La ausencia de un hijo o una hija rompe con este deseo de paz y tranquilidad. Se arranca de raíz la alegría del corazón y se pierde el sentido de lo que es la felicidad. No hay forma de llenar el vacío que deja un ser querido, no solo en la casa donde habitó sino en la mente y el corazón de quienes lo estiman y lo aman. Esta experiencia de la nada se vive como un dolor intenso que nunca se quita. Es la marca incandescente y quemante que deja la desaparición de un hijo e hija amada.
Después de dar con el paradero del defensor de derechos humanos, Arnulfo Cerón Soriano, varias familias de la región de la Montaña decidieron romper el silencio para expresar su dolor y salir de su casa en busca de sus hijos e hijas desparecidas. Todas ellas fueron llevadas con violencia, subidas a vehículos por personas armadas. En varios casos estos hechos sucedieron en el centro de la ciudad y en plena luz del día. En otros esperaron el lugar propicio para impedir que hubiera testigos del levantón. La mayoría son personas menores de treinta años, mayoritariamente hombres, aunque también mujeres jóvenes y mayores. La ciudad de Tlapa se ha transformado ahora en un lugar inseguro, donde fácilmente se pueden llevar a las personas de los estacionamientos de centros comerciales, como de algunos negocios donde venden cerveza, así como en las calles céntricas de la ciudad o en los mismos domicilios de las personas desaparecidas.
Estas acciones delincuenciales dejan en claro que las autoridades locales han renunciado a su responsabilidad de brindar seguridad y de proteger a los ciudadanos y ciudadanas. Se han desentendido de esta tragedia cotidiana. Se sienten ajenas al drama que viven las familias y regularmente justifican estas acciones delincuenciales, descargando en las víctimas la culpa de su desgracia. Es muy común que las autoridades municipales establezcan acuerdos con grupos de la delincuencia. Se ha llegado al extremo de que éstos formen parte del círculo protector de los funcionarios de primer nivel. También son utilizados para ajustar cuentas y causar terror entre la población. Esta forma perversa de ejercer el poder se ha logrado imponer en muchos municipios del país y del estado, a causa de los intereses facciosos de los políticos y de los mismos partidos, que solo tienen en la mira alcanzar la cima del poder, atropellando y pisoteando los derechos de los demás. Esta visión enfermiza de quienes ocupan cargos públicos ha atrofiado a las instituciones públicas que son controladas para proteger intereses de mafias, para inflar el ego de los políticos, con el fin de colocarse como los futuros salvadores del pueblo.
Este envilecimiento de la política ha desquiciado a nuestra sociedad, porque se ha secuestrado a las instituciones públicas para medrar en detrimento de una población ávida de justicia y de paz. A pesar del empuje que han dado los ciudadanos y ciudadanas para transformar esta realidad oprobiosa, la clase política se comporta de forma silvestre. Actúan como chapulines y camaleones. Saltan hacia el partido triunfador y se pintan del color que domina en la propaganda del partido gobernante. No hay ética política, ni principios ideológicos, mucho menos compromiso social y entrega a la causa de los pueblos, que pelean con todo para acabar con la desigualdad y la explotación.
Estas flaquezas del sistema de partidos abrieron la puerta para que los grupos de poder económico se enquistaran en las estructuras gubernamentales. La visión del “dejar hacer y dejar pasar” permitió la mezcla de intereses particulares con los públicos, así como la fusión de los negocios lícitos e ilícitos; de desaparecer la frontera entre lo legal y lo ilegal, y de establecer alianzas entre las autoridades y funcionarios públicos con los jefes de las bandas del crimen organizado. Por la vía de los hechos, el poder político se ha supeditado al poder económico y en esta mescolanza se han filtrado los intereses delincuenciales, logrando armar una telaraña de giros comerciales en la cual muchos políticos se asocian a grupos delincuenciales para afianzar sus negocios.
Las consecuencias han sido funestas porque la violencia es el camino más seguro para imponer este modelo depredador, cuyas ganancias se concentran en pocas manos. El dinero es el fetiche que se erige por encima de los derechos de las personas. Todo es sacrificable y justificable cuando los que tienen poder se ofuscan y se asumen como los únicos protagonistas de la vida pública. Los luchadores sociales y los defensores de los derechos del pueblo son considerados como un obstáculo que obstruyen el camino de quienes se han propuesto escalar cargos públicos y amasar fortunas. Para limpiar y allanar el camino utilizan a los grupos de la delincuencia que hacen el trabajo sucio. Han perfeccionado la forma de operar, infiltrando algunos de sus miembros dentro de las instituciones de seguridad, de esta manera tienen dos patrones: el gobierno y la delincuencia.
La descomposición social que se expresa en los hechos de violencia nos ha deshumanizado, normalizando la muerte y exaltando las atrocidades de quienes se han erigido en el poder real que ha capturado al mismo Estado. Vemos un escenario atroz en este año que termina y no vislumbramos un cambio de fondo para el 2020, por el contrario, tememos que profundice y expanda la violencia delincuencial. Las raíces de la corrupción son las que robustecen a estos grupos porque saben que la fuerza de las armas les permite mantener a raya a los grupos políticos que siempre requieren de personajes siniestros que les protejan sus intereses y cuiden sus espaldas.
El mundo de las víctimas de la violencia es el microcosmos del dolor y del sufrimiento, y en medio de esta penumbra persiste en las madres y padres la fuerza espiritual que son la luz para caminar en la oscuridad. Es la energía que alimenta su esperanza para nunca desfallecer y mantener viva la llama de que encontrarán a sus seres queridos. Este ejemplo de tenacidad y perseverancia es el que anima a las familias, que han permanecido en silencio para también unir sus voces y salir a las calles para exigir la presentación de sus hijos.
Es el amor el motor que impulsa a las mamás y papás para vencer todas las adversidades y enfrentar con decisión los riesgos que corren para desmontar una estructura delincuencial que se ha arraigado en las instituciones gubernamentales que perpetúan la impunidad y la protección a los perpetradores.
La tarde de este domingo en Tlapa se encontraron las familias de los 43 con varios familiares de jóvenes, niños y madres que han sido desparecidos en los últimos tres años. Con motivo de la caravana “Nos siguen faltando 43”, en el corazón de la Montaña se levantó el árbol de la esperanza, en el zócalo de la ciudad, donde el Frente Popular de la Montaña tiene tomado el Palacio Municipal desde el 12 de octubre, cuando desaparecieron al compañero Arnulfo Cerón Soriano. Con la presencia de estudiantes de la normal de Ayotzinapa, de Teteles, Puebla y de la Montaña, se hizo patente la solidaridad y el saludo combativo para mantener firme la exigencia de que no puede pasar un año más sin conocer la verdad. Ante el dolor y la indignación que sigue a flor de piel por la forma cruenta en que fue asesinado Arnulfo, se emplazó a las autoridades a que investiguen a fondo el móvil del crimen y se castigue a los responsables materiales e intelectuales.
Con un árbol de 7 metros adornado con piñas de pino, estrellas de palma, flores de noche buena elaboradas con totomoxtle, que adornaban con guirnaldas los rostros de los 43 estudiantes desaparecidos, los tres compañeros ejecutados, así como las fotografías de luchadores sociales asesinados y desparecidos en Guerrero, junto con jóvenes de la región de la Montaña que han sido desaparecidos en los últimos tres años, y cruces color de rosa que simbolizan a las mujeres que han sido víctimas de feminicidio, le dieron una fisonomía diferente a un árbol que en lugar de colgar esferas, muestra la realidad que nos desangra. Un árbol que expresa amor y esperanza y que la propaganda fútil de los medios masivos de comunicación, trivializa y mercantiliza. Un árbol que hace visible la lucha, la dignidad y la grandeza de las familias pobres, que siguen esperando en esta navidad y en todas las noches la llegada de sus hijos e hijas. En esta navidad tenemos que abrazar la causa del México adolorido, tenemos que abrir el corazón para que humanicemos este mundo cruel, que solo piensa en el consumismo y la ganancia, que construye fantasías basadas en el egoísmo y la vanidad. Hay la necesidad de salir de nuestros nichos de comodidad para hermanarnos con las familias que nos han demostrado su entrega por la causa de la justicia y la verdad. Toda su vida es himno al amor, permanecen en vela para esperar el tesoro de su corazón. El mensaje que nos dejaron este domingo poblado de nubes grises es que la búsqueda de sus hijos está movida por el gran amor que les profesan.