EL-SUR

Lunes 24 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

Los crucificados de La Montaña

Tlachinollan

Octubre 29, 2006

Cada 23 de octubre, la mayoría de creyentes católicos de la comarca montañera somos
convocados por la imagen milagrosa del Señor del Nicho, un Cristo crucificado, que según
la leyenda fue encontrado en el túnel de la iglesia de san Agustín que comunicaba con el
cerro de san Antonio, uno de los barrios antiguos de Tlapa, habitado mayoritariamente por
Mixtecos. A lo largo de los años esta imagen del Cristo sufriente se ha transformado en un
símbolo sagrado que nos identifica orgullosamente como montañeros. Lo mismo sucede
con Santo entierro de Xalpatláhuac, que es otra imagen milagrosa que reúne, cada tercer
viernes de cuaresma a la población indígena de La Montaña Alta, Montaña baja y Costa
Chica de Guerrero; en Alcozauca la población Mixteca y Mestiza veneran al Divino redentor;
en Metlatónoc los mixtecos y tlapanecos celebran al Señor de los trabajos; en Copanatoyac
los nahuas y mixtecos se unen para realizar la fiesta al Señor de la Expiración: en
Malinaltepec y Totomixtlahuaca los tlapanecos de La Montaña alta celebran también a
Santo Entierro en el primer viernes de cuaresma y en la semana de Pascua. Se trata de
experiencias religiosas profundas de los pueblos indígenas y mestizos de La Montaña que
ven en los Cristos sufrientes los rostros del sufrimiento y de la liberación de los oprimidos.
La fiesta del Señor del Nicho reaviva las lealtades étnicas, las redes del parentesco y
convoca a los migrantes para hacerse presentes en la magna procesión del 23 de octubre,
donde peregrinan con sus estandartes que identifican los gremios, las hermandades y los
peregrinos tlapanecos radicados en Chilpancingo, Acapulco, Distrito Federal y Nueva York.
Todos vienen con gran devoción a dar culto a Tata Nicho, a darle las gracias por el “milagro
de devolverles la salud, de ayudarles a conseguir trabajo, de permitir que los hijos puedan
seguir estudiando, de poder estar vivo en medio de tantas calamidades y peligros.
No es casualidad que la mayoría de los feligreses y peregrinos sean la gente del pueblo,
los que han sido olvidados por los diferentes gobiernos que con la aplicación de la ley
mestiza, los tratos crueles e inhumanos y la discriminación secular, han querido doblegar
la rebeldía de los pueblos, ostentándose cínicamente como los “civilizadores de los
indios”. Se trata de una población cuya esperanza está puesta en el Señor del Nicho, que
escucha y protege a los pobres. Una población cansada de tanta mentira y de tanta
simulación gubernamental; desesperada por tanta miseria y por no vislumbrar una señal
que haga llevadero su pesar y el hambre que lo denigra y azota. Son hombres y mujeres
arrastrados por las políticas neoindigenistas y privatizadoras que no les queda de otra más
que asirse a su fe inquebrantable que resiste las pruebas del olvido y la inanición.
Resisten y luchan para satisfacer sus necesidades ancestrales de poder encontrar un
remedio para las enfermedades del cuerpo, esas enfermedades que en otros contextos
serían curables pero que en la Montaña son parte de los decesos cotidianos; ese remedio
que los indígenas no pueden solventar por la falta de un médico en su comunidad o la falta
de dinero para el traslado del enfermo y para la compra de medicina. Rezan para que los
hombres y mujeres que emigran hacia los Estados Unidos no regresen en bolsas de
plástico o en cenizas como ha ocurrido con otros paisanos.
Dentro del gran número de creyentes se encuentran los jornaleros agrícolas que se van a
trabajar a los campos de cultivo de Sinaloa, Baja California, Jalisco y Chihuahua, quienes
llevan en sus manos velas y flores y piden en su idioma la gracia de Tata Nicho para que
no se accidenten durante el viaje, para que no se enfermen por el contacto con el pesticida
que usan sin protección alguna, para que las 12 horas de trabajo continuo sean lo mejor
pagadas y para que haya una buena cosecha y el patrón no tenga que correrlos antes del
tiempo acordado; están también los campesinos que piden para que su magra cosecha
les dé para poder sobrevivir durante la temporada de “secas” y no tengan la necesidad de
irse de su pueblo para conseguir la tortilla del día; los estudiantes que piden que no sean
cortados sus sueños y aspiraciones de superase académicamente por la falta de recursos
monetarios y de paso, piden un poco de la inmensa sabiduría y ayuda del Señor del Nicho,
para que les vaya bien en sus calificaciones y así no pierdan, la milagrosa beca que les
proporciona el sistema educativo.
Están las madres que piden por el hijo que jamás volvió, aquel hijo que fue desaparecido
por no callarse ante tantas injusticias y simplemente un día no se le vio más, las madres
que piden la libertad de los presos políticos y que cesen las persecuciones, amenazas y
hostigamiento a los luchadores sociales. Las mujeres que piden la intervención de la
justicia divina para que su familiar salga de la prisión por no tener dinero para pagar la
justicia que sólo se quita la venda de los ojos ante el resplandor de las treinta monedas;
los hombres y mujeres que han sufrido el agravio de ser violentados en sus derechos
humanos y piden que el gran tribunal celestial les dé la justicia que los hombres les han
negado; las mujeres que piden la intervención divina de la Virgen de la Concepción para
que les mande el ansiado hijo que la ciencia no le ha podido engendrar; los jóvenes
devotos de la Virgen de Guadalupe que le piden fuerza y voluntad par cumplir con su
promesa de traer la “luz del fuego” desde la Basílica de Guadalupe; los hombres que
vienen a prometer a Nichito que no tomarán una sola gota de alcohol y los que vienen a
agradecer por su ayuda para salir del infierno del alcoholismo. No faltan por supuesto los
políticos que vienen a rezar para que el pueblo los vea con buenos ojos y alcancen la
bendición de llegar al ansiado lugar de una silla o una curul, para poder calmar sus ansias
de poder y dinero.
Están todos: los ancianos, los adultos, los jóvenes, los niños y las niñas, estos últimos que
aún no entienden por qué una imagen que refleja sufrimiento en su máximo esplendor
hace que sus padres bajen la cabeza ante su paso, que caminen descalzos o de rodillas
en la peregrinación, que se postren de hinojos y que se tiendan en el suelo al paso de la
imagen con el riesgo de ser aplastados por la gran masa humana que acompaña el
recorrido por las principales calles de Tlapa. Esta devoción por los Cristos sufrientes, es la
devoción de los pueblos que se resisten a vivir en la ignominia, que asumen el sufrimiento
no como un destino sino como una oportunidad para vencer el mal impuesto por
estructuras políticas que subyugan a los antiguos pobladores, desde el sufrimiento y la
estigmatización de lo indígena construyen caminos de liberación inspirados en sus propios
códigos culturales y desde su cosmovisión religiosa que se nutre de la dimensión
comunitaria, solidaria y fraterna que ha hecho posible su vigencia como pueblos indígenas.
Los olvidados han tenido que cargar también esa pesada cruz, han tenido que sufrir los
estigmas y las llagas sólo por ser considerados hombres y mujeres de culturas diferentes
catalogadas como inferiores y el único consuelo que les queda es saber que Tata Nicho
fue uno como ellos, que luchó contra la adversidad, contra el imperio Romano y que fue
crucificado por la causa de la justicia.
A pesar de todo, los crucificados de La Montaña, siguen con la esperanza de que algún día
podrán superar tantas dificultades, que su fe es inquebrantable y que saben que cuentan
con el Hijo del hombre que les ha enseñado a vivir resistiendo, que algún día terminará su
ancestral ayuno de justicia social. Han aprendido también que no basta rezar, que hay que
saber organizarse en colectivo o en comunidad así como los 12 apóstoles que se
organizaron para expandir el Evangelio; a trabajar para el bien común a servir con
responsabilidad los cargos comunitarios, a ser solidarios con el prójimo, a ser sencillos de
corazón y respetuosos y cuidadores de su identidad cultural que es la base para sobrevivir
como pueblo.
Su devoción tiene muchas recompensas, pues los familiares han conseguido trabajo en
Estados Unidos y otros han regresados sanos y salvos; los enfermos han sanado al igual
que Lázaro; el hijo pródigo se ha recibido de licenciado; la mujer se embarazó al igual que
Sara, la mujer de Abraham; las lluvias han sido generosas como el vino en Caná… todo
gracias al santo Señor del Nicho, a su poder de obrar milagros, a su mano generosa que
acaricia las almas de los más desvalidos de estas agrestes montañas, a su palabra
buena que conforta las penurias terrenales, esperando que los hombres retomen el
Evangelio de los pobres para hacer de este mundo un lugar donde quepan todos los
mundos.
Esta es la expresión máxima de un pueblo creyente que no olvida que gran parte de sus
problemas son originados por las malas políticas de desarrollo implementadas desde el
poder, ese poder que no tiene iniciativas para desarrollar las capacidades, ese poder que
no quiere asumir el compromiso para combatir la marginación, analfabetismo, la
inseguridad, el racismo, la insalubridad, la violencia, la contaminación y que sólo trae más
atraso y pobreza negándole a millones la oportunidad de vivir como seres humanos libres y
dignos.
La procesión del Señor del Nicho por las calles de Tlapa es la manifestación pacifica del
pueblo que sabe organizarse de manera independiente y que no pide permiso a la
autoridad para expresar lo que siente y cree y que condensa su sabiduría y su cosmovisión
que conforman el telar indígena de su esperanza.