EL-SUR

Jueves 20 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Los desafíos de la izquierda, según Dilma Rouseff

Saúl Escobar Toledo

Agosto 02, 2017

La presidenta de Brasil, Dilma Rouseff, destituida ilegalmente hace unos meses, dio una entrevista exclusiva a la revista Esquerda Petista que fue publicada en el número correspondiente al 7 de julio de 2017 (disponible en www.pagina13.org.br). Se trata de una extensa plática que ha tenido poca difusión dentro y fuera de Brasil pero que adquiere una importancia especial pues Dilma ofrece un panorama muy amplio de la situación del mundo y a partir de ahí explica las dificultades de su gobierno para transformar a su país. Hace incluso una autocrítica de su administración y plantea cuáles deberían ser las metas de un futuro gobierno progresista. En momentos tan difíciles para la izquierda latinoamericana y después de un periodo tan exitoso que duró más de quince años, tratar de entender las razones de esas victorias y derrotas resulta muy importante. La exposición de la presidenta ayuda a esta reflexión.
Dilma comienza la entrevista explicando que la etapa del capitalismo que vive hoy el mundo se caracteriza en primer lugar por el enorme poder que ha concentrado el capital financiero y que ha dado lugar al llamado proceso de financiarización (una traducción de un neologismo en inglés, financialization) de la economía mundial. En la academia existe una literatura más o menos amplia sobre este término y el fenómeno que pretende describir, sobre todo en el caso de la economía de Estados Unidos, pero en esta ocasión resumiré solo cómo Dilma, con sus palabras, explica este fenómeno y sobre todo las conclusiones políticas a las que llega.
Para ella, la financiarización de la economía se expresa fundamentalmente en el hecho de que el valor de las ganancias y de las acciones de las empresas responden cada vez más a sus actividades financieras que a sus procesos productivos. No importa si se trata de empresas dedicadas a la industria, la tecnología digital, o los servicios, las grandes compañías mundiales utilizan una parte cada vez mayor de su capital a comprar y recomprar acciones y otros instrumentos financieros, la mayor parte de ellos especulativos, para aumentar sus ganancias y repartir en plazos muy cortos esos beneficios entre sus socios y sus directivos.
Según Dilma el proceso de financiarización explica el estallido de la crisis mundial de 2007-2008 y las dificultades que ha tenido la economía global para recuperar el crecimiento. El G-20, el grupo en el que se reúnen las mayores economías del mundo no ha podido poner en práctica las medidas regulatorias necesarias. Y ello se debe, según Dilma, “a la captura de funcionarios públicos, gobiernos y agencias reguladoras por parte de las empresas financieras”. Ello explica, por ejemplo, porqué no se han podido erradicar los paraísos fiscales que han servido principalmente para eludir el pago de impuestos. El resultado de este proceso de financiarización de la economía mundial ha sido un aumento extraordinario de la desigualdad en el mundo, incluyendo los países desarrollados: Estados Unidos y la Unión Europea.
A pesar de este entorno desfavorable, y “a contracorriente”, en América Latina, los gobiernos de izquierda “desde el de Chávez en Venezuela hasta los gobiernos de la Concertación de Chile”, lograron, unos más otros menos, poner en práctica una política de redistribución del ingreso. También avanzaron en su integración regional, lo que dio como resultado Unasur y luego la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños). En el caso de Brasil se fue más lejos con la formación de los BRICS (en el que participan Brasil, India, China, Rusia y Sudáfrica), sobre todo cuando se creó el Banco de Desarrollo de este grupo de países.
A pesar de los beneficios que estas políticas aportaron a los ciudadanos hay que reconocer, dice Dilma, que se trató de una redistribución del ingreso, no de la riqueza. En Brasil se trató de avanzar en este último aspecto mediante un programa masivo de vivienda que se puso en práctica bajo su administración. Además, a pesar de las dificultades, con Petrobras, Electrobras y los tres bancos estatales que son los más grandes en su ramo: el inmobiliario, el comercial y el de financiamiento al desarrollo, el Estado brasileño tiene una fortaleza financiera y una influencia muy grande en la vida económica del país que ha permitido sostener esas políticas redistributivas.
Dilma, sin embargo, también afirma en la entrevista, que “no entendimos a tiempo este proceso de financiarización sino hasta después de la crisis de 2008…”. Un ejemplo claro se presentó cuando el gobierno brasileño bajó las tasas de interés que, en Brasil, siempre han sido muy altas. Pensamos, dice la presidenta, que los empresarios en su conjunto incluyendo a los más poderosos nos iban a apoyar, pero eso no sucedió. Ello, debido precisamente a este proceso de financiarización de la economía. Todas las grandes empresas brasileñas tienen una filial bancaria que poco a poco se ha convertido en una actividad más importante que la productiva. A través de ellas se hacen de ganancias extraordinarias.
Pero de ello, asegura Dilma, “no me di cuenta sino posteriormente, hasta después de la reacción de las clases más ricas con el asunto de las tasas de interés. No percibí su aversión a pagar cualquier costo de la crisis y su decisión de apoyar un golpe de Estado. Un golpe que va en contra de un proyecto de desarrollo nacional que se propuso recuperar las cadenas productivas por medio del petróleo y el gas, y crear una industria nacional farmacéutica y del automóvil. Pensé que estarían interesadas en eso… Y ahora veo que no, que les importa más la especulación financiera”.
Otro asunto en el que Dilma acepta la crítica tiene que ver con un tema muy complejo para la izquierda. Los medios de comunicación de masas, dice la presidenta, son un negocio y en cuanto tales deben ser tratados; por tanto, agrega, es inadmisible que haya monopolios u oligopolios. Eso va contra la democracia. “Debimos haber impulsado una democratización de los medios y haber impulsado una Ley de Medios”. Y agrega: defendemos la libertad de expresión y no queremos controlar el contenido informativo de ninguna empresa, de ningún medio de comunicación. Pero, reconoce, fuimos ingenuos. Ellos no tienen principios democráticos ni republicanos. “Ahora no tengo duda de que esta es una cuestión vital para Brasil”. La otra tarea pendiente es democratizar el sistema político, que se ha corrompido mucho. A pregunta expresa, Dilma acepta también que otro asunto importante será llevar a cabo una reforma agraria. En resumen, dice la presidenta, “ahora tenemos que continuar con políticas distintas, rehacer nuestras propuestas”.
¿Cómo conseguir esas metas, aún más ambiciosas, cuando hay una ola derechista y varios gobiernos de izquierda en América Latina y sobre todo en Sudamérica que han perdido o están perdiendo la batalla del poder? Dilma responde de manera optimista: “en 2018 podemos volver a ganar… mi destitución no fue una derrota, no la veo como tal… La democracia juega a nuestro favor. No hay condiciones objetivas para destruir el proceso democrático en Brasil”.
La visión de Dilma Rouseff puede ayudarnos a entender las dificultades y retos de un gobierno progresista y ofrece una interesante autocrítica que plantea que la izquierda tiene que ir más allá de las políticas de distribución del ingreso para pasar a otras que se propongan una distribución de la riqueza.
La cuestión reside entonces en cambiar la correlación de fuerzas para hacer todo esto posible con métodos democráticos y no violentos. Y ello requiere, dice Dilma, persistir en la construcción de un gran movimiento popular que sea capaz de apoyar estas transformaciones y disputarle el poder a la derecha.
Si interpretamos bien las palabras de la presidenta en esta entrevista, la izquierda puede perder muchas batallas y hasta el poder político, pero no renunciar a la construcción de ese movimiento “popular, democrático y nacional”, a pesar de todas las dificultades internas y externas.

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