Anituy Rebolledo Ayerdi
Noviembre 06, 2025
Los Angelitos
Así los llama la tradición católica para enfatizar la pureza de sus almas, liberados por el bautizo del pecado original y por tanto con pasaporte expedito al Paraíso.
La tradición cultural de los funerales infantiles es similar en todo el territorio nacional, salvo pequeñas particularidades determinadas por la región de que se trate. Ofrecemos una singular en la Costa Chica de Guerrero, precisamente del poblado de Cuajinicuilapa, rescatada por el notable médico y antropólogo Gonzalo Aguirre Beltrán:
“Salen de la casa cargando al niño en la misma mesa en que se hallaba expuesto, cubierto de flores, listones y papel de China. El cortejo se encamina hacia la iglesia anunciándose por medio de cohetes que un pariente va arrojando a la cabeza de la comitiva. Atrás sigue el pequeño cadáver en la mesita floreada, descubierta o bajo palio.
“Vienen luego los músicos que tocan minués o sones alegres (no falta el vals Dios nunca muere). Enseguida van los niños con banderitas rojas y verdes en las manos y, junto a ellos, hombres y mujeres cantando alabanzas y letanías. El último personaje del desfile es el que lleva la pequeña caja en la que habrá de colocarse, finalmente, el cuerpecito. Esta caja se pinta de color azul y tiene en todas las aristas vivos blancos. Enfrente y atrás dos letras mayúsculas: las iniciales del nombre y apellido paterno del niño”.
Altares de Angelitos
Las ofrendas dedicadas a los niños se montan en la mayor parte de los pueblos campesinos el 31 de octubre, víspera de su regreso anual al mundo de los vivos. Se evita en ellos las comidas picantes y las flores ornamentales deberán ser blancas, aludiendo a la pureza de los muertitos. Abundan el arroz con leche, las cocadas y en general los dulces que más le gustaron en vida. No faltan los juguetes de barro pintados con colores brillantes, pues existe la creencia de que a los angelitos les gusta jugar durante sus visitas anuales.
Alabanzas
Durante la velada de un angelito se entonan únicamente alabanzas marianas como esta que reza:
Buenos días Paloma Blanca
hoy te vengo a saludar
admirando tu belleza
en tu Reino Celestial.
Tú has de ser nuestra madrina
en el juicio universal
Óyenos, Graciosa Niña
en tu Reino Celestial.
Epitafios
Los griegos, con la esperanza de que los dioses fueran compla-cientes con ellos, escribían sobre sus tumbas apologías personales llamadas desde entonces epitafios.
Compuestos por lo general en forma de epigramas, los epitafios griegos contenían el nombre, la edad y profesión del difunto, así como el creador de la urna. La tradición se continuará en las civilizaciones posteriores, de ahí que exista belleza y elegancia en las inscripciones funerarias en todos los países del mundo.
Algunos epitafios son poéticos, otros biográficos, humorísticos, simbólicos, filosóficos y sintéticos.
Convengamos que el epitafio es un subgénero literario que, por su condensación y hondura, es cosa de poetas. Muchos de ellos tuvieron la precaución de escribir los propios
* Parece que se ha ido pero no se ha ido: Cantinflas
* Sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo: Miguel de Unamuno.
* Aquí yace el poeta Vicente Huidobro; abrid esta tumba, al fondo se ve el mar.
* Es más digno que los hombres aprendan a morir que a matar: Séneca.
* Nunca envidiéis la paz de los sepulcros: Nostradamus.
* Y no tengan miedo: Jorge Luis Borges.
* The End: Buster Keaton.
Epitafios en el panteón de San Francisco :
* Fuiste en la Tierra nuestro guía y ejemplo. Ahora te adelantas para seguir siéndolo en el camino hacia la eternidad.
* Dios sabe cuánta falta nos haces. Cuídalo, Dios.
* Aquí yace la tía Margarita, quien vivió y murió señorita.
Las Cruces
* Déjame reclinar la frente herida en este blanco mármol y llorarte y soñar otro mundo y otra vida, donde pueda soñarte, hija querida.
* La muerte es el despertar del sueño de la vida
* Del cielo viniste a alegrar nuestra existencia, al cielo volviste para alegrar a Dios.
Ultimas palabras
* Que pena morir cuando me falta tanto por leer: Menéndez Pelayo.
* ¡Ya déjenme ir a la casa del Padre!: Juan Pablo II.
* ¡Más totopos, por favor!: general Álvaro Obregón, al morir asesinado durante un banquete en su honor.
* Ya decía yo que ese médico era un pendejo: Miguel Mihura.
* Perdonnez-moi, monsieur: la reina María Antonieta de Francia a su llegada al cadalso y chocar su zapato con el de su verdugo.
* ¡Vieja, pásame la charola del pan, por favor!: Manlio Fabio Altamirano, gobernador de Veracruz, al ser ametrallado mientras cenaba con su esposa en el Café Tacuba de la Ciudad de México. (Lo sustituirá Miguel Alemán Valdés).
* ¡Cómo cree que voy a hablar con usted, si me está esperado su jefe!: Marlene Dietrich, a su confesor.
Calaveras
El siglo XIX aportó un matiz crítico y humorístico a las tradiciones gracias a José Guadalupe Posada, creador de la emblemática figura de La Catrina, satirizando a quienes renegaban de sus raíces indígenas y con apariencias europeas. Desde entonces, tal dibujo se consolidó como símbolo nacional que encarna la ironía y el ingenio del mexicano ante la muerte. Dos muestras del pasado pero presente:
Los Pinos
Vuela, vuela zopilote,
y llévate a los intestinos
al que sea menos pendejote
en la casa de Los Pinos.
El premio
El premio a la pendejez,
¿a Fox, Felipe o Peña?,
para mayor santo y seña
¡que se lo den a los tres!
Jaime Sabines
Para el enorme poeta chiapaneco Jaime Sabines (1926-1999) es una salvajada enterrar a los muertos y así inicia su estrujante cuanto imposible propuesta:
“¡Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos! De aniquilarlos, de borrarlos de la faz de la Tierra. Es tratarlos alevosamente, el negarles la posibilidad de revivir.
“Yo siempre estoy esperando que los muertos se levanten, que rompan el ataúd y que digan alegremente ¿por qué llorar?
“Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la caja, la introducen, le ponen fajas encima y luego tierra, tras, tras, tras, paletada tras paletada, terrones, polvo, piedra, apisonado, amacizado, ahí te quedas, de ahí no sales.
“Me dan risa luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados. Es una burla. ¿Para qué lo enterraron?, ¿Por qué no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de su muerte?, ¿por qué no quemarlo o darlo a los animales, o tirarlo al río?
“Habría que tener una casa de descanso para los muertos, ventilada , limpia, con música y agua corriente. Lo menos dos o tres cada día se levantarían a vivir”.
Jaime Sabines, Yuria, 1967.