EL-SUR

Viernes 01 de Julio de 2022

Guerrero, México

Opinión

Los gobiernos del cambio en América

Jorge Zepeda Patterson

Abril 04, 2005

 

 

Algo grueso está pasando en América Latina y apenas atinamos a saber qué es. En lo que era un entusiasta tapete uniformemente entregado a la globalización y a las políticas neoliberales, comenzaron a surgir manchas de inconformidad aquí y allá. Primero fueron Venezuela y Perú, luego fue Brasil y ahora Uruguay y Argentina. El ascenso de popularidad de López Obrador no es ajeno a este proceso.

En muy poco tiempo una porción importante del mapa del continente se ha coloreado con países que en distintos grados ofrecen resistencias a algunos postulados del llamado Consenso de Washington. Así se ha denominado a un conjunto de recomendaciones para países emergentes inspiradas en el neoliberalismo: disminución del peso del Estado, privatizaciones, apertura de mercados a los procesos globales, disciplina fiscal, control de la inflación.

Los gobiernos latinoamericanos acogieron con entusiasmo estos programas orientados a estimular la rentabilidad de la iniciativa privada y los capitales foráneos. A lo largo de los años ochentas las élites decidieron entregar el poder a los tecnócratas, cansadas de los abusos e inoperancias de los Estados encabezados por líderes populistas o militares. Entregarse al Consenso de Washington no era una opción fácil, porque suponía desatender los fuertes rezagos sociales y concentrarse en buscar primero el crecimiento, para repartirlo después. Por lo menos esa era la consigna. Los economistas tomaron el poder; directamente la presidencia (Salinas o Collor de Mello, por ejemplo) o a través de poderosos ministerios de Economía (Carvallo con Menem).

A fines de los ochentas y principios de los noventas, parecía que el modelo estaba funcionando. La apertura de los mercados ofreció un aliciente a los sectores punta y las economías latinoamericanas comenzaron a crecer luego del letargo de los años anteriores. Pero las buenas noticias duraron poco. Los sectores productivos tradicionales acusaron el golpe de la apertura, y la pérdida de poder adquisitivo del salario, típico de este modelo, impidió la expansión del mercado interno. América Latina no fue Asia. A fines de los noventa los países latinoamericanos vivían lo peor de los dos mundos: habían dejado de crecer y en cambio la brecha de la desigualdad se hacía aún más abismal. Como un individuo en ayuno, unas partes del cuerpo se estaban alimentando de las otras.

En cada país el fenómeno se ha vivido de manera diferente, pero en todos la inconformidad propició un impulso hacia el cambio. Los gobiernos neoliberales no pudieron cumplir sus objetivos económicos, pero en cambio sí lograron el “subproducto” que exigían los organismos internacionales para facilitar la globalización: la democracia formal, esto es, elecciones más o menos legítimas.

La inconformidad reinante y el respeto al voto se han traducido en una serie de giros políticos sorpresivos en el continente en lo que va del nuevo siglo, según la oferta de los partidos en cada país. El arribo al poder y                             las características personales de Chávez (1999), Fox (2000), Toledo (2001), Lula (2003), Kirchner (2003) y Tabaré (2005) tienen grandes diferencias entre sí, pero todos son el producto de un deseo de los pueblos de tener alternativas frente al fracaso del modelo anterior.

Ahora bien, en ningún caso se trata de una reacción radical. Lula en Brasil o Toledo en Perú, ponen en duda la obligación de pagar puntualmente la deuda externa de sus países; Kirchner en Argentina convoca a un boicot en contra de la Shell, Tabaré en Uruguay promete redistribuir el ingreso y Chávez en Venezuela fustiga un día sí y otro también a todo lo que huela a “imperialismo yanqui”. Pero es absurdo o ingenuo considerar que se trata de un giro del continente hacia el socialismo. La mayor parte de estos gobernantes están allí por la inconformidad de la opinión pública, pero nadie desea una dictadura del proletariado o una sociedad comunista. Lo que los sectores desprotegidos quieren es simplemente convertirse en miembros de las clases medias. El poder adquisitivo ha decrecido pero ha crecido la percepción de las carencias. El neoliberalismo no le otorgó recursos a los pobres pero sí una televisión que les muestra lo que no pueden adquirir. Nadie quiere renunciar a los beneficios de la globalización, simplemente no quieren seguir siendo sus víctimas.

Los gobernantes tienen que hacer algo, pero al mismo tiempo carecen de márgenes de maniobra significativos. Más allá de lo anecdótico de sus personalidades, están constreñidos por las fuerzas del mercado, la volatilidad de los capitales y las necesidades de la inversión. Cada uno de estos gobiernos está explorando dentro de su escaso campo de posibilidades, unos con mayor acierto que otros. En México Fox ni siquiera lo intentó, lo cual explica la poderosa emergencia de López Obrador.

Es difícil predecir los resultados que arrojará esta horneada de gobiernos del cambio. En algunos casos la resistencia externa e interna a cualquier giro en contra de los sectores privilegiados dará lugar al radicalismo, por lo menos verbal, como sucede en Venezuela. En otros casos los gobernantes simplemente doblarán las manos como sucedió en Perú y en algunos temas de la agenda de Lula en Brasil. Es demasiado pronto para saber en qué terminará todo esto. Basta decir que, considerando el conservadurismo militante de la Casa Blanca, no es el momento más oportuno para decirle a Washington que no nos gusta su receta. Y sin embargo, no hay opción. No es el mejor contexto, pero la desesperanza de los pueblos no admite plazos. Difícil reto para los gobiernos del cambio.

 

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