EL-SUR

Viernes 20 de Mayo de 2022

Guerrero, México

Opinión

Los herejes

Héctor Manuel Popoca Boone

Enero 13, 2007

 

El derecho a la libertad de pensamiento y expresión ha sido una lucha social que ha costado persecución, marginación, pérdida de libertad y de vida al hombre por el hombre, sobre todo desde la época de la Ilustración a nuestros días.
El coartar tales derechos es una de las manifestaciones más perniciosas de la naturaleza humana. Son facultades inherentes y fortalecidas en el tiempo, que se han venido practicando y defendiendo, una y otra vez, desde que surgen como elementos constitutivos del sistema social, la opresión, la subyugación y el avasallamiento del ser humano por su semejante.
A los detentadores del orden establecido y del poder dominante nunca les ha agradado el ejercicio de tales derechos por terceros, porque pueden atentar contra el estatus quo, del cual se privilegian; es decir, su práctica puede ir en contra de las circunstancias prevalecientes y favorables donde los que mandan o gobiernan no quieren perder ni un gramo de su capacidad real de imposición autoritaria sobre los ciudadanos en general.
El ejercitar el libre albedrío y el expresar también con libertad lo que de ello resulte, siempre concita temor y sentimiento de amenaza, porque en su contenido puede haber gérmenes corrosivos y subversivos de cualquier estructura de poder, tanto las que se encargan de los ámbitos terrenales como de los espirituales.
De las cosas terrenales, las dictaduras de todo tipo son la expresión más emblemática de esa condición humana. A los del poder, sólo les interesa la paz y el silencio de los sepulcros. La obediencia callada y sumisa. La discrepancia reprimida, desterrada y silenciada.
De los asuntos espirituales, algunos dirigentes jerárquicos de las principales religiones que han existido a lo largo de la historia universal han prohibido, perseguido y asesinado a aquellos que no creen ni siguen a la letra el dogma de fe pregonado; puesto que con ello también se atenta contra los cimientos de su predominio. No en balde aparecen, de vez en vez, las guerras santas o fundamentalistas contra los supuestos infieles.
La persecución de las ideas y su difusión llega a ser, en ciertos momentos de la historia, conscientemente brutal e impactante por su inhumanidad; persiguiendo siempre el propósito de anular, con mayor eficacia, su práctica social.
Tal es el caso, por ejemplo, del joven estudiante italiano del siglo XVI, Pomponio Algieri, que fue quemado vivo hasta su muerte, con aceite hirviente, por el instrumento torturador de la Iglesia Católica Romana de aquel entonces: “La Santa Inquisición”.
Al respecto reproduzco un breve semblante de este joven que encontré en Internet: “La breve y conmovedora historia de Pomponio Algieri, nacido cerca de Nápoles en 1531, no es muy conocida, pero ha emergido de la niebla del tiempo gracias a las diligentes investigaciones históricas de varios eruditos. Algieri se relacionó con los llamados herejes y las doctrinas de la reforma protestante por su contacto con maestros y estudiantes de diferentes partes de Europa mientras estudiaba en la Universidad de Padua. Su interés por el contenido de las Sagradas Escrituras aumentó y se aplicó al estudio profundo de las mismas.
Comenzó a creer que sólo la Biblia es el libro inspirado y, en consecuencia, rechazó varias doctrinas y prácticas del dogma católico romano, como la confesión, la confirmación, el purgatorio, la transubstanciación, la venta de indulgencias, la intercesión de los “santos” y la enseñanza de que el Papa es el vicario de Cristo.
Arrestado, procesado y condenado a muerte por la “Santa Inquisición” en Padua, poco después fue trasladado al Vaticano. Algieri contaba 25 años cuando murió. El día en que lo ejecutaron en Roma, rehusó confesarse y recibir la comunión. El instrumento de ejecución fue más cruel que lo acostumbrado. En vez de quemarlo con leña, pusieron en el cadalso, a la vista de todos los concurrentes, una gran caldera llena de materiales inflamables, a saber, aceite, brea y resina. Tras introducir en ella al joven atado, prendieron el fuego y lo quemaron vivo lentamente.
En la actualidad, no se cantan mal las rancheras, como dice el refrán popular. Toca a los musulmanes preservar tamaño salvajismo y barbarie. Pregúntesele si no al escritor inglés de origen hindú Salman Rushdie, al que le fue emitida una terrible fatwa (edicto jurídico-religioso) de muerte, donde se autoriza a cualquier musulmán asesinar a este escritor por apóstata y con ello ganarse el paraíso espiritual, además de una jugosa bolsa de 2.8 millones de dólares terrenales, ofrecidos por una fundación religiosa iraní.
Todo eso, por haber escrito el libro Los versos satánicos, el cual los ayatolas (ministros de culto de la religión islámica), encabezados por Rojulá Jomeini, dictaminaron que iba contra las enseñanzas del Corán, libro sagrado de los seguidores del Dios Alá y de Mahoma su profeta.

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