EL-SUR

Viernes 21 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Los hombres blancos no bailan

Jorge Zepeda Patterson

Abril 08, 2007

 

Es un taxista como cualquier otro de toda urbe norteamericana: de piel morena, pésimo
inglés, conduciendo entre las calles que conoce como la palma de su mano pero cuyos
nombres apenas puede pronunciar. Nuestro conductor es etiope, pero de inmediato
identifica en sus pasajeros mexicanos a compatriotas cercanos por el simple hecho de
que ambos somos ajenos al primer mundo.
Es un taxista filósofo. Para confirmar nuestra pertenencia a la ciudadanía universal de los
desposeídos suelta una pregunta inicial ¿Qué encuentran distinto entre México y Estados
Unidos? Lo primero que se nos ocurre contestar es que en nuestro país la gente todavía no
corre enajenada de un sitio a otro, atiborrándose en el camino de comida rápida,
angustiada por la búsqueda de algo que nunca parece encontrar. Por la sonrisa amplia
que cruza el rostro del chofer, nos damos cuenta que nuestra respuesta pasa la prueba.
“Exacto”, dijo. “No entiendo a los ricos. Poseen cosas y placeres que en Etiopía nunca
soñaríamos tener, pero no parecen ser felices”, afirmó. “En mi familia muchas veces sólo
podíamos comer una sola vez al día, pero recuerdo que siempre estábamos riéndonos y
que bailábamos mucho”. Luego de una pausa, añadió caviloso “Aquí no bailan”. Como si
fuese una revelación científica, un criterio categórico del estado de infelicidad del ser
humano. Descendimos del auto fascinados por nuestro sagaz conductor, aunque también
divertidos por lo que interpretamos como una muestra folclórica de la mejor jungla
neoyorkina.
En los siguientes días aprendí que las reflexiones del taxista etiope eran mucho más
consistentes y “científicas” de lo que podría juzgarse a primera vista. Una semana antes
había hojeado un ejemplar de la revista Mother Jones del mes de abril con un artículo de
Bill McKibben, luego me encontré su libro: Deep Economy. The wealth of communities and
the durable future (todavía no publicado al español, la traducción literal del título sería:
Economía profunda. La riqueza de las comunidades y el futuro duradero. El artículo puede
consultarse en http://www.motherjones.com/toc/2007/03/index.html)
Las revelaciones de McKibben constituyen una demostración notable de la tesis de nuestro
taxista. El autor analiza diversas investigaciones que revelan el estado de infelicidad
creciente del habitante del primer mundo, tanto en términos individuales como colectivos.
Desde luego que los seres humanos son desgraciados si no pueden satisfacer sus
necesidades básicas. Pero una vez cubiertos los requerimientos de alimentación, cobijo,
vestido y educación, todos los indicadores muestran que la felicidad tiene que ver con
factores distintos al ingreso de un país o de una familia. En otras palabras, los miembros
de una familia de clase media tienen igual o más posibilidades de ser felices que los de
un hogar adinerado.
A partir de 1972 el Centro de Investigación de Opinión de Estados Unidos ha preguntado a
los ciudadanos sobre sus niveles de satisfacción y felicidad en la vida. Las respuestas
optimistas han decrecido sustancialmente, a pesar de que el ingreso per cápita y el
consumo se han multiplicado varias veces. Y no se trata de una medida del todo subjetiva.
La respuesta es cruzada con indicadores tales como niveles de estrés, conflictos en los
que se ven envueltos en el trabajo o en la familia, disposición para ayudar o ser ayudado
por otros, temores vigentes, etc. La declinación de la felicidad en el terreno individual,
coincide con otros indicadores relativos a la sociedad en su conjunto: niveles de
endeudamiento de las familias, suicidios, violencia, dependencia de drogas y otros
sustitutos. Un reporte en el 2000 mostró que el nivel de ansiedad de un niño promedio era
más alto que el de los niños que se encontraban en terapia siquiátrica en los años
cincuenta en Estados Unidos. Con similares indicadores, el autor muestra que lo mismo
está pasando en Japón, Inglaterra y países similares.
Estudio tras estudio muestra que la felicidad está mucho más relacionada con la posición
de cada persona en relación a sus redes sociales, que al número de satisfactores de los
que se rodea. Pero el hombre moderno camina justamente en la dirección opuesta.
Estamos dejando atrás miles de años de “comunidad humana” para profundizar nuestro
individualismo. Año con año los ciudadanos modernos pasan cada vez menos tiempo con
sus amigos y familiares, y cada vez más con sus trabajos y sus aficiones individuales. La
comunicación inmediata ha aumentado (con celulares y correo electrónicos), pero la
calidad de la conversación ha disminuido. Una investigación de psicología social mostró,
por ejemplo, una elevada correlación entre el grado de felicidad declarado por las personas
y el número de confidentes íntimos con los que acostumbraban conversar sus problemas.
Las casas norteamericanas son crecientemente amplias y dotadas de facilidades para
“miembros de una familia que quiere saber lo menos posible uno del otro”).
Otro autor, Benjamín R. Barber, ha identificado las tendencias de la sociedad moderna
como una especie de regresión infantil a la inmadurez (en su libro Consumed. How
markets corrupt children, infantilize adults, and swallow citizens whole). Priorizamos, dice
Barber, las imágenes en detrimento de las ideas, el placer y no la felicidad, lo privado y no
lo público, el egoísmo contra el altruismo, la gratificación instantánea en lugar de la
satisfacción duradera, el placer sexual y no el amor erótico, el dogmatismo contra la duda.
Por donde se le mire, afirma McKibben, toda investigación confirma que la gente que tiene
amigos, se relaciona de manera íntima con su familia y participa en grupos sociales es
más feliz. Lo cual no deja de sorprender, porque las ataduras sociales disminuyen la
libertad individual que se supone es el “bien máximo”. Después de todo ser un buen amigo
impone algunos sacrificios.
Nunca pregunté el nombre de nuestro taxista etiope. Pero estoy seguro que es más feliz
que la mayoría de los adinerados pasajeros que conduce en Manhattan. La mayoría de
ellos no bailan.

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