EL-SUR

Jueves 11 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Los indígenas en Zihuatanejo

Silvestre Pacheco León

Noviembre 25, 2007

 

Para los jóvenes normalistas. Con su rebeldía, otro mundo
es posible

Corría el año noventa cuando nos encontramos por primera vez. Ellos peleando su derecho al autoempleo y defendiendo a sus
paisanos para ejercer el comercio ambulante en el puerto. Nosotros construyendo la oposición política y la alternativa
democrática frente al moderno y represor gobierno ruizmassieuista. Veníamos todos de las candentes luchas municipalistas que
maduraron con el neocardenismo.
Marina hablaba con soltura la lengua materna que la hermana con los nahuas del Alto Balsas. Para la comunidad indígena era la
“maestra”, la que no se afrenta de su lengua ni olvida sus raíces. Bernardo, su compañero de hablar mesurado, cargaba la
experiencia de la lucha por la dignidad municipalista que los universitarios de Copalillo aportaron a su pueblo mediante un
triunfo electoral que el priísmo no les pudo arrebatar. Triunfantes en la primera gran confrontación política que derrotó el poder
del PRI en 1989, estaban prestos para trasmitir su experiencia a los indígenas montañeros, hechos costeños a fuerza de querer
sobrevivir.
Con ellos, nosotros, quienes formamos el primer núcleo político de izquierda en Zihuatanejo, caminamos unidos en la lucha por
reivindicar los derechos indígenas en el puerto, pues la experiencia nos indicaba lo que después la sociedad mexicana descubrió
con el levantamiento zapatista: que los indígenas con ser los pueblos originarios vivían en nuestro país sin ser vistos, siendo los
más pobres entre los pobres, resistiendo, siempre resistiendo para sobrevivir, marginados, aunque caminaran las mismas calles
de nuestras ciudades.
Todavía recuerdo que a muchos sorprendía la noticia de que en Zihuatanejo había indígenas, y más que su comunidad era de
cientos, integrada por nahuas, mixtecos, tlapanecos y amuzgos, hermanados todos por el sufrimiento que implica la separación
de sus familias, allá donde la pobreza deveras duele. En esas condiciones veíamos como un logro que su existencia fuera tomada
en cuenta por los reportes del INEGI. Nuestros censos nos reportaban más de mil habitantes de habla indígena.
La mayoría entonces vivía con vergüenza de no hablar castilla. Su lengua era como si estuviera prohibida, hablaban quedito, para
no ser víctimas de las burlas mientras se esforzaban aprendiendo nuestra lengua, y ni cómo pasar desapercibidos para los
policías y los inspectores de Reglamentos.
A fuerza de golpes, asaltos, amenazas y robos, los indígenas terminaban por creer que eran culpables de algo que
resignadamente debían de pagar.
Así fue con Aureliana, la joven –casi niña– mixteca que pagó con años de cárcel la acusación de homicidio porque su hijo,
producto de una violación, nació muerto. Nadie le dijo que tenía derecho a un traductor para su causa. El juez simplemente la
condenó.
Mauricio, indígena amuzgo, no la pasó mejor. Qué era eso de que un indio ande en carro. A los policías simplemente les pareció
sospechoso y aunque mostraba toda clase de documentos que le pedían para identificarse, terminaron llevándoselo detenido. Le
robaron sus pertenencias y lo encerraron todo el fin de semana, sin que le ofrecieran siquiera un trago de agua. Lo dejaron libre
hasta que pagó una multa sin tipificación de delito.
Para los indígenas que trabajaban en la construcción no les valía caminar en grupo de la obra a su casa. Los asaltaba la policía sin
ningún miramiento. Esos asaltos menudeaban en día de raya, pero también los patrones se ensañaban con ellos obligándolos a
trabajar largas e ilegales jornadas diarias, como sucedía en el porfiriato, y pobres de ellos si se negaban a trabajar los domingos
requeridos por las necesidades de la obra, porque corrían el riesgo de ser despedidos.
Hubo en Zihuatanejo un jefe de Reglamentos priísta que era temible e imponía el terror entre las vendedoras de collares, pulseras
y hamacas. Les robaba su mercancía, las golpeaba y cuando quería también las encerraba. Le decían Alma Grande, pero la verdad
alma no tenía. Era un desgraciado que servía bien a quienes ven a los indios como una calamidad que afea las calles e incomoda
a los turistas.
Pobre de Antonino si se atrevía a caminar por las calles del centro para ofrecer sus raspados o si algún miembro de su familia
invadía las playas con su ayate repleto de cacahuate tostado. Eran más las veces en que tenía que ir a rescatar lo que le dejaban
de mercancía en la bodega, después de pagar la multa, que los días en que terminaba su venta sin contratiempo, llegando sano y
salvo a su casa en Agua de Correa.
“Creo que la policía nos conoce pronto porque de recién llegados a la ciudad vamos por la calle como curiosos, porque nos llama
la atención cuanto edificio alto nos topamos”. Eso decía candorosamente Abad Villanueva, de San Luis Acatlán, tratando de
encontrar explicación de la habilidad mostrada por los policías para identificarlos enseguida.
Para luchar contra esa realidad indignante que vivían los indígenas en Zihuatanejo, creamos una asociación civil que registramos
como Comité para la Defensa de los Derechos Indígenas en Zihuatanejo. Aparte de la denuncia puntual contra las arbitrariedades
que cometían las autoridades contra los indígenas, con el apoyo del Instituto Nacional Indigenista dimos el servicio de asesoría
legal y realizamos un amplio programa de capacitación sobre derechos humanos en las colonias periféricas de la ciudad.
Cuando llegó el 94 y se produjo el levantamiento indígena zapatista de Chiapas, en Zihuatanejo se avivó la conciencia de los
amuzgos, nahuas, tlapanecos y mixtecos. Ellos fueron quienes de manera entusiasta participaron en la primera consulta del
EZLN. En ese año coincidieron dos hechos relevantes para la vida indígena en este puerto: la irrupción armada del sureste y la
fundación de la escuela bilingüe Netzahualcóyotl.
La principal artífice del proyecto educativo indígena en estas tierras fue la maestra Marina Sánchez Hernández. Ella abrió las
puertas de la educación a los niños indígenas para que aprendieran en su lengua. Con el apoyo del Comité y de los padres de
familia en la gestión ante las autoridades, se construyó el primer edificio de la primaria, en un terreno prestado de la colonia
Primer Paso Cardenista. Los niños tenían baños, una enramada como techo y mesabancos usados. Se consiguieron libros
traducidos a las lenguas originarias y con la colecta anual del Comité se consiguieron útiles escolares para que todos los
estudiantes tuvieran modo de aprender.
La reivindicación de los derechos indígenas se acentuó en el educativo y gracias a la cooperación de muchas personas altruistas
nacionales y extranjeras se consiguió financiamiento para un comedor y con una pequeña cuota por niño en poco tiempo se
aseguró el almuerzo de todos.
Antes de la escuela bilingüe Netzahualcóyotl, los niños indígenas sufrían tratando de aprender en el sistema monolingüe.
Retrasados y de lento aprendizaje era el calificativo que por lo común usaban los maestros para referirse a la situación de los
niños indígenas quienes, además, eran vistos como culpables del bajo rendimiento escolar de los grupos monolingües.
Con el tiempo y al paso de los años, ya como directora de la escuela primaria, la maestra Marina encabezó la gestión para que la
Netzahualcóyotl tuviera un terreno propio para su edificio e instalaciones en la colonia El Manguito, desde donde se tiene una
vista increíble de la ciudad y la bahía. La escuela empezó destacando por las dimensiones del terreno y después por la
construcción de su infraestructura y el equipamiento que me atrevo a decir que es el mejor en todo el estado de Guerrero.
Creció la población escolar de 30 alumnos en el año 2000, hasta 300 en el actual. La plantilla de profesores se amplió
notablemente y en pocos años la escuela estuvo en posibilidad de funcionar como internado para los hijos de familia muy
pobres. Por temporadas no solamente se enseña en español y lengua indígena, sino también en inglés, para que los niños que
ayudan a sus papás en el comercio mejoren notablemente sus ingresos sabiendo entenderse con los turistas.
La escuela bilingüe Netzahualcóyotl cuenta con canchas deportivas, salón de usos múltiples, centro de cómputo, internado,
comedor, salones amplios y amueblados. Hoy la realidad indígena en Zihuatanejo ha cambiado notablemente. La cultura de los
pueblos originarios se ha trasladado a este lugar turístico, donde su presencia constituye todo un aporte a la diversidad.
Sin embargo, no todo está bien, porque el proyecto educativo sufre una amenaza grave de parte de algunos maestros que creen
falsamente que con la dirección de la escuela en sus manos tendrán la oportunidad de aprovechar de modo particular los
beneficios que recibe la institución de las agrupaciones altruistas que han adoptado a la escuela para ayudar a su sostenimiento.
En esta labor de división alentada por algunos maestros que fueron favorecidos con plazas que difícilmente hubieran obtenido
con su propio esfuerzo, se manifiestan intereses de grupos del magisterio que buscan posicionarse y aprovechar el prestigio
conseguido por años de lucha sostenida para mejorar las condiciones de las familias indígenas.
Ante la campaña orquestada contra la directora de la escuela y que abona al desprestigio de esta institución, que se ha erigido en
ejemplo de lo que debería ser la enseñanza de calidad para los indígenas, la maestra Marina ha hecho esfuerzos inauditos para
transparentar su gestión y el manejo de los recursos que recibe, de tal manera que no sólo la SEG ha quedado satisfecha, sino
cada uno de los miembros del comité local que administra los donativos que la escuela recibe. Ante esta respuesta contundente,
los maestros inconformes por las reconvenciones de la dirección para que realmente asuman el compromiso de enseñar, buscan
nuevos elementos acusatorios que solamente los desprestigian a ellos mismo y de paso a la escuela, como si no supieran que en
la defensa de este proyecto educativo están la mayoría de padres de familia con sus representantes, así como el Comité para la
Defensa de los Derechos Indígenas y las propias personas benefactoras de la institución.