Alan Valdez
Abril 25, 2026
COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
A mis hermanos
I. El almuerzo
El dinosaurio cae 4 escalones. El sonido de su plástico duro contra el azulejo de cada escalón forma una estridencia que llama a la risa antes que al apuro.
El muñeco prehistórico sigue avanzando cada peldaño. Su postura se modifica igual que un gato adentro de una caja.
Una cámara lenta permitiría, por ejemplo, entender el golpe que el Stegosaurus se acaba de dar contra las púas de su cola. Mejor aún, podríamos observar con detalle cómo el animal se desprende de varias de las placas de su lomo contra el filo del escalón y cómo, en el golpe último de las gradas, la pintura del herbívoro se transfiere a la pared, dejando un rayón visible desde varios metros atrás.
Si alguna vez, hace 150 millones de años, este cuadrúpedo caminó entre montes para alimentarse del helecho y de la planta tipo cola de caballo, hoy de él solo puede decirse que, en vez de precisar su gloria de guerrero jurásico tardío, ícono de Hollywood y mejor amigo de miles de estudiantes de primaria, aquí, en este principio de la escalera, el Stegosaurus es solo un grito.
Su botón, que activa su rugido, ON/OFF, se ha averiado. Esta criatura, con las patas hacia arriba, quebradas, como un animal que se ahoga, no deja de repetir su bufido.
La madre pregunta varias veces qué pasa, pero ninguno de los hermanos contesta.
Arriba, en el último peldaño, los niños miran en silencio los 19 escalones hasta su inicio.
Hace unas semanas, la madre decidió poner una planta que, al parecer, necesitaba sombra.
Un dinosaurio yace al inicio de una escalera y unos niños escuchan caminar a su madre.
Los hermanos se acercan más entre ellos.
Encima de la planta, una hormiga.
La madre vuelve a preguntar qué ha pasado.
Los niños han dicho que fue un accidente. La madre pide que por favor ya no jueguen en la escalera, mientras trata de entender cómo callar al dinosaurio.
La madre advierte que ya no les comprará juguetes nuevos.
Los niños solo observan a la madre abriendo a su Stegosaurus con un cuchillo, mientras dice que si quieren romper algo, que allá afuera hay muchas piedras para quebrar.
El animal calla.
Los niños ven cómo la madre deposita el juguete en el tambo de basura después de aplastar un galón de leche vacío.
La madre, ahora con dos baterías AA en una mano, desmonta el reloj de pared que adorna la entrada de la cocina.
Los niños atienden a su madre cambiando las pilas y ajustando la hora.
—Miren qué tarde es. Ya ven, por andar de traviesos. Ándeles, los dos, vamos a ver qué les hago de comer, ya es bien tarde. A ver, ¿quién va por las tortillas, pues…?
II. La casita
En el bazar, la señora que atiende habla de su hijo que acaba de irse a la universidad. Además, comenta que cada tanto le llegan cosas nuevas porque la gente se está mudando a otras ciudades.
Yo escucho el nombre de esas ciudades. Algunas, estoy seguro, deben quedar muy lejos de aquí porque sus maneras de llamarse casi nadie las usa.
La casita de plástico no la vemos de inmediato. En nuestra defensa, el biombo y las cortinas deformaban su techo, volviéndola una figura amontonada como si fuera una pila de periódicos viejos.
Mi hermano menor sigue la pista de una consola de videojuegos y su cable. Descorre la cortina. Ahí está. La vemos, dulce como plástico que no se come.
Hacemos un círculo y compartimos el secreto de nuestra reciente felicidad.
—¿Y si le decimos a mi ma que ya no queremos nada más que la casita de plástico?
Hablo yo primero porque creo que al ser el hermano mayor y saberme las capitales, tengo más responsabilidad grupal.
El más chico dice que no está seguro del cambio porque a él le gusta mucho su peluche de caballo y que además mi mamá lleva un buró.
Es cierto, nuestra madre lleva un buró y un juego de tazas.
Nuestro hermano de en medio dice, bueno, a mí la casita me gusta. Y ya no vuelve a decir nada más.
La casita es de plástico, roja, amarilla y verde. Me llega casi a la cabeza. La puerta es más baja y hay que agacharse para entrar. Las ventanas son huecos grandes por donde cabe la mano y la cara. El techo tiene forma de dos lados y hace ruido cuando lo toco. Adentro cabemos tres, pero cerca. Si empujo la pared, se mueve un poco. No tiene piso, se siente el suelo. Entro, doy la vuelta y salgo.
Mi madre sigue hablando con la señora.
—…y pues ya viste que no se puede andar sola en el carro ya después de la noche… Allá en La Garita, mana, a plena luz del día y que si los taxis esos amarillos y que si…
Mis hermanos y yo comenzamos a jugar con la casita.
Sus ventanas se abren, adentro hay hasta un teléfono de pared. Es una reproducción a escala de la vida perfecta. La deseamos, no sabemos cómo explicar nuestra insistencia que nos hace renunciar a todo lo demás. Deseamos esa casita en el patio de cemento de nuestra casa. Deseamos sus colores pasteles como de comida de graduación. Deseamos su pequeño espacio y su techo que deja entrar la luz como las sábanas con las que a veces cubren los sillones cuando pintan.
Es entonces cuando el acuerdo más formal que hacemos como hermanos ocurre.
Seguimos corriendo y entrando una y otra vez. Nuestra historia es simple. Estamos en un barco atrapados entre el cabello de un gigante desmayado en el río. Queremos continuar nuestro viaje, pero el canal está bloqueado, así que consideramos trepar por la melena.
Las cortinas parecen resistir muy bien, se tensionan los aros y la varilla mantiene el acuerdo de los pesos y el niño agarrándose como una garrapata.
Entra un cliente nuevo.
Uno de los aros del cortinero sale volando. La cortina se desgarra por la mitad.
Nadie llora, nadie dice nada.
Escondemos el pedazo de cortina detrás de las otras telas. Nuestra madre pregunta si ya estamos listos. El éxito no nos abandona. Combinado con nuestra gesticulación de cachorros bostezando, la vendedora llega a un trato con mi madre.
Se despiden. La vendedora anota algo en una libreta después de que mi madre le da unos billetes y quedan de verse la próxima semana. Desfalcadora, pero no podemos decirle nada. Nosotros a nuestra manera, hicimos lo mismo con nuestra madre.
El verano es fascinante. Todos los días jugamos en la casita.
La expedición por el mar prosigue, es maravilloso, por ejemplo, el océano cuando llueve y escuchamos a las gallinas saltar a esconderse en las hojas del almendro del vecino. Nosotros, por supuesto, en la casita.
A veces los perros de la colonia ladran por la noche. A veces mi abuela pone a secar las jergas en el techo de la casita.
Entre muchas de las compras que hizo mi madre en el bazar La Pulga, una de ellas es un libro sobre Dios. Es un libro grande como un libro de mapas. El libro tiene imágenes del cielo y también de gente desnuda levantando los pies del agua roja.
Gente que no quiere quemarse en el lago, supongo.
Le pregunto a mi madre por qué compramos cosas usadas.
El libro tiene imágenes de gente mirando una cruz.
En el catecismo me enseñan que Dios mira todo lo que hago, que incluso puede ver a través del techo de mi casa.
Nuestros perros se acostumbran a dormir adentro de la casita de plástico.
Le digo a mi madre que la idea de Dios mirándome todo el tiempo no me gusta.
Aprendo el Credo y me preparo para entrar a la secundaria.
Alguien en la colonia envenena a nuestros perros Bagheera y Pingo. Los perros se van a la casita de plástico a morir escondidos.
Le vuelvo a decir a mi madre que la idea de Dios mirándome todo el tiempo no me gusta, pero esta vez ella, agotada del tema, me dice que Dios tiene ojos distintos a nuestros ojos.
Lloro y nunca vuelvo a jugar en la casita.
Me tallo los ojos. Mis hermanos entran en la secundaria. Yo entro a la universidad.
Le cuento a mi madre que compré mi nuevo escritorio en muy buena oferta en un bazar. No se llama La Pulga.
Acabo la universidad.
Mis hermanos cumplen mi edad y yo la suya.
Ahora ellos viven en otras casas.
El fin de semana pasado, mientras iba a la lavandería, unos niños jugaban en su patio de primavera, adentro de una casa igual a esa casita de plástico. Le quise tomar una foto, le quise mandar un mensaje a mis hermanos, le quise preguntar a mi madre qué pasó con ese libro de Dios y las imágenes del cielo y de la gente que no nada.
Crucé la calle.
Entré a mi casa. Doblé mi ropa. Mi casita y luego no.
III. El puente
Mi hermano ama a su oveja. Entre semana se viste de Vicente Guerrero para el festival de la primaria, pero los sábados en cuanto amanece, sale, observa el humor vertical de las montañas y bebe su jugo y come su fruta y sale a buscar a su oveja por los cerros de Acapulco.
Recuerdo como Isidra y mi abuela le decían mi niño, Yohel y tú dormido abrazabas a tu animal de peluche lleno de arroz.
Después fuimos esa Semana Santa a juntar conchas a la playa y saltábamos con mucho prestigio el borde de un tronco seco.
¿Por qué será, Yohel, que las edades de los árboles se miden en anillos? Te pregunto a ti, tú el arquitecto, el hombre árbol, hermano, ¿qué hace que las casas aparezcan?
Entonces abrazabas tu oveja, te digo, íbamos rumbo a Marquelia con mi madre, Isidra y mi otro hermano hacia la Costa Chica. Tú y Carlos jugaban cerca del agua e Isidra los cuidaba como un árbol cuida el reflejo donde se asoman los peces.
Vendedores ofrecían pencas de plátanos y hombres con camisas sudadas apuraban sus machetes contra la cáscara de los cocos. Nosotros pasábamos en el auto. Sacábamos a veces la mano y saludábamos a esos vendedores. También mi madre frenaba el coche para dejar pasar trabajadores arreando a sus cerdos o a sus chivos.
El calor le hacía cosquillas al lejos de la carretera y mi madre decía que era vapor de agua. Mujeres con niños en sus espaldas se dirigían con dirección a las huertas. Las vacas masticaban la pastura y nosotros pensábamos que nos decían algo porque movían su hocico.
Había hartos animales, Yohel, lo recuerdo. Estabas feliz de saludar a cada uno. Sacábamos los brazos, nuestra madre decía mijos, chingado, si siguen sacando las manos me doy la vuelta y nos regresamos a la casa.
Y pasó lo más oportuna posible.
Un puente.
Era necesario.
Sacaste el brazo.
A la oveja le daba el aire.
Mi madre llevaba unos lentes de sol puestos y te vio.
Las orejas de la oveja ondulaban como las alas de un pájaro que no está volando, sino que está cayendo.
En los márgenes del río Papagayo se siembra, se pesca, se lava sobre las piedras.
¿Te imaginas Yohel, un peluche cayendo por el puente del río Papagayo?
Lo mismo pensé; por lo demás, feliz Día del Niño.