Alan Valdez
Diciembre 28, 2024
De mi trabajo en aquel restaurante en Copilco (La Bonita, si no mal recuerdo), conservo la agilidad para partir una sandía y la imagen de Ceci acomodándome el mandil antes de alistar cubiertos en las mesas. Era la primavera del 2019. Cecilia llevaba trabajando en ese lugar bastante tiempo. Se sabía las mañas de todos los clientes regulares. Me contaba de su hija pequeña, de su expareja que se había ido a Querétaro con quién sabe qué otra gente. Y más de una vez me preguntó que qué era eso de querer la escritura.
Tenía paciencia conmigo y, generosa, me dejaba atender las mesas grandes para que así juntara más propina. Casi siempre eran comensales que venían a festejar a algún hijo en toga y birrete con el logo de la UNAM dorado y visible. Al irse, y mientras limpiaba y recogía, por alguna razón acababa pensando en mis padres. Ceci, de nuevo, sospechando de mi episodio, me regresaba de quién sabe qué año al presente y me apuraba, amable pero imperativa, hacia el cumplimiento de mis quehaceres.
El lugar cerraba a las 6 de la tarde. Ceci, litúrgica y repetitiva, acaparaba la bocina que durante toda la jornada solo tenía la función de emanar ruido de fondo. Conectaba su celular y, adueñándose de la música, barría y tallaba los pisos terapéuticamente, a la vez que Gianluca Grignani cantaba Hay una cosa que no te he dicho aún. Que mis problemas, ¿sabes qué?, se llaman tú. Así, una tras otra, las canciones de desamor acompañaban la limpieza de La Bonita hasta que, por fin, todos los meseros, junto con los trabajadores de la cocina, nos poníamos ropa de calle y nos íbamos al metro, aunque no puedo decir que con una sonrisa definitiva.
Duré trabajando ahí hasta enero del año siguiente. Cuando me despedí de Cecilia, me preguntó una vez más que qué era eso de desear la escritura. Y también, por última vez, le di una respuesta vaga que, a pesar del descuido, creo que sigue teniendo algún tipo de vigencia.
Me mudé a la Guerrero. Comencé a trabajar en el mercado Martínez de la Torre. También me había enamorado, recuerdo. Llegué a ese trabajo un domingo en la noche, ya cuando estaban recogiendo los puestos. Apenas llevaba tres días en la colonia y no sabía muy bien dónde comprar qué. El puesto, ya más bien lleno de huacales vacíos con su madera clara mostrando rastros de la miel salivada por la fruta, era de los pocos aún con luces encendidas. La señora Vicky tapaba el puesto con el cuidado que exigen los recién nacidos. Intercambiamos una breve conversación donde supe que su esposo había sido atropellado en un viaje a la Central de Abastos al inicio de la semana, y así acabé terminando de tapar el resto de las cajas de fruta. Quedé de estar ahí a las 6 a.m. De regreso, y con una bolsa repleta de fruta medio golpeada, pero en su punto, vi a un hombre persignarse frente a un altar de la Santa Muerte. Nos dijimos buenas noches, aunque yo no me persigné.
En la mañana, trabajadores boleados y abotonados se detenían alrededor de un triciclo de herrería amarilla, donde iba montada una canasta protegida con un mantel a cuadros blancos y rojos. Compraban café que el vendedor servía de un termo naranja de 20 litros. Los hombres y mujeres se dirigían después por la banqueta, cargando un vaso de unicel y un pan, diestros en el equilibrio de soplarle al café con leche y morderle al bolillo sin mancharse, esquivaban cargadores del mercado que también se movían con prisa, empujando sus diablitos rebosantes de cualquier cosa vendible.
Ayudaba a atender un puesto de frutas. La señora Vicky, la dueña, me recordaba a mi abuela. Y yo, a la señora Vicky, le recordaba a su hijo. En ese pequeño pacto nos agarramos cariño. Me enseñaba el orden armonioso y geométrico de una pila de mameyes. A enganchar al cliente con la puntualidad de un cuchillo rebanando el durazno más dulce del montón, para seducir el gusto ajeno. Y, por supuesto, tuve que aprender la cadencia del infalible pregón del pásele güerita, ¿qué le damos? La señora Vicky nunca me preguntó por la escritura, pero en cambio, estaba dispuesta a ofrecerme todos los secretos de la compra/venta de frutas y verduras. Trabajé en el puesto hasta que empezó la pandemia. Le dije a la señora, nos vemos en dos semanas. Ella me echó la bendición, me cargó la morralilla con bastante fruta y me dio dos billetes acompañados de un cuídese, mijo. A su manera, esa bendición sigue procurándome cada tanto.
Pensé en ellas esta mañana, desde una latitud indiferente a esa prisa, porque me he estado preguntando bastante por lo que hago, es decir, por el querer la escritura. Y sé que lo pensé, porque esos fueron mis últimos trabajos no relacionados con el lenguaje o literatura.
Sin embargo, el que esté revisitando esos episodios no quiere decir que haya llegado a conclusiones distintas a las que tenía en esos momentos. La sofisticación de mi manera de explicar mis dudas tampoco quiere decir que las dudas ya no existan. Apenas intenciones rebuscadas de presentarme ante otros personajes que se dedican a la crianza de una ambición similar a la mía. Así que regreso a ese lugar anterior a todo, cuando yo no tenía la insistencia de ningún nombre y, por lo mismo, debo explicitar que lo que esperaba de la escritura poseía una condición amorfa, pero quizá, más verdadera. Regreso ahí, no al origen, sino al no lugar, porque en su indistinción, sus motivos, de tan amplios, me permiten entenderlos como reversibles.
Y no tienen que saberlo, pero luego, en días largos en los que no sucede nada, pienso qué haría si no me dedicara a decir cosas, si no me dedicara a trazar las causas y consecuencias de vidas posibles, hasta que parezcan un esfuerzo real contra la carnicería de la memoria. Si de verdad no estuviera mi atención dispuesta a exagerar el mundo en mi asombro, al grado de conmocionarme por aventar una piedra al agua y creer que, entre el círculo del choque y el fondo marino, hay un poema. Si entre todas las cosas que digo y hago no sintiera que hay una otra vida que jamás se reconcilia con la vida que ejerzo a diario, y que eso es lo que me permite justificar mi trabajo como una búsqueda, o con alguna otra palabra, que suene sospechosamente metafísica.
Y también pasa, pues, que asevero mi agradecimiento, pero de tantas veces que he tenido que repetir en público lo agradecido que estoy, me hago la pregunta de si en verdad lo siento, o si es tan solo una forma de agregarle una demarcación a lo que hago, para asumir una confrontación moral con los otros con los que yo nunca estaría de acuerdo.
Así que la pregunta por escribir se acaba alimentando por otras pugnas que no tienen nada que ver con escribir, pero que parecen, desde lejos, ejercicios necesarios para hablar de lo buena persona que es quien escribe. Todos preocupados por el mundo. Pero el mundo, sobre todo, indiferente a lo que podamos decir de él.
Yo no recuerdo el momento preciso, ni tengo una metáfora para explicar por qué comenzó este itinerario, pero si hay algo que tengo claro son las personas que me dieron parte de su imaginación. Que es casi lo mismo que afirmar que me ofrecieron voluntaria, secreta o indirectamente una parte imperecedera de su vida, porque, así como los habita, también se ha alojado en mí hasta decirme.
Este año mi imaginación cambió y ahora reposa sobre un horizonte menos acuático. Me atravesó la idea del cambio de las estaciones y perseguí su anhelo como si fuera mío. Crucé un país varias veces que, de tantas, más bien escarbé un hueco donde no sé si crecerá algo. Me despedí de una idea, pero no abracé ninguna otra, sino más bien he visto cómo algo se atraviesa hacia un sueño vago y tierno, como si acabara de nacer y, en su llanto de criatura estrenada en el aire, también respiro.
Cecilia encontraba mis razones de haberme mudado a la Ciudad de México de ingenuas casi supersticiosas. Y ahora que las recuerdo, que repaso mis ánimos y mis deseos, hay algo que nunca realmente sospeché y que debo admitir: y es que la idea de ser escritor no necesariamente implica el ejercicio de escribir. Son dos cosas distintas, a veces hasta antagónicas. La primera vive de los otros para reafirmarse, es un afuera constante y poluto por el temperamento incontrolable del espejo. La segunda amanece y duerme si es que uno amanece y duerme, y es su razón el cometido de un frágil pulso de animal que sabe que, en cualquier momento, dejará de estar ahí.
Aceptando lo segundo, el trabajo de escribir parece más una disposición a aceptar que lo que se procura no solo tiene caducidad sino prisa, y que la inteligencia de los hallazgos es más un azar provisto por la necedad de las palabras que por la conducción clarividente de quien las dice.
Por eso, para mí, ha sido muy importante haber conocido personas durante todos estos años que tienen la gentil y amable pasión por compartir lo que imaginan sin la prisa de nombrar y legitimar su experiencia en el mundo, sino antes que eso, quieren pensarlo. Hay demasiadas cosas ya dichas, sobre todo ahora, y ante el exceso y su velocidad de enunciación, es mejor pensar.
A mí me enseñaron eso hace no tanto. Cruzaba mi vida como se cruza un país. Era amado y amaba. Veía a los pájaros y a la noche perseguirse aladamente hacia el Oeste. Llevaba una libreta, pero no apunté palabra o signo, vivía, sobre todo vivía. Entonces entendí que esto se trata de vivir y no de otra cosa. Es lo único que deseo. Aquí yo digo: vivir es mi ambición definitiva.
Hace rato fui a la orilla del agua, como tantas veces ha ocurrido. Tuve una idea fugaz sobre por qué me gusta estar tanto en la naturaleza y no en las ciudades. Saludé, más tarde, a un pescador. Contento, revertía el hilo de su caña hasta la sorpresa del ya nunca pez sobre lo brillante de su cuchillo.
Me quedé sentado en la orilla. Allá el pescador extraía las entrañas de un bagre. La sanguaza contradecía lo azul del hielo. Y creo que día pasaba sobre mí y creo también, que el año acababa.