EL-SUR

Sábado 20 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Los mollos en el manglar de Playa Larga

Silvestre Pacheco León

Agosto 19, 2006

La noticia más actual que tuve de ellos la leí en una revista que llamaba la atención sobre la novedad que han causado en la cocina europea, presentados como un manjar que amenaza con desplazar a la “popular y carísima langosta” debido a su sabor y a su precio, (desde 20 libras esterlinas por platillo) dice el diario británico The Independent.
La nota hacía referencia, también, a que esa nueva incursión de la cocina europea teniendo como objetivo a un crustáceo, se está convirtiendo en la solución al problema que ha ocasionado al ecosistema costero de la ex Unión Soviética, la invasión de cangrejos llevados allá por el viejo Stalin hace ya medio siglo.
Antes la historia de los cangrejos en el Pacífico mexicano nos remitía a experiencias que nada tenían que ver con su consumo y sólo como materia de chistes y anécdotas aparecía en las pláticas de pescadores y de pobladores de la playa, vecinos a las zonas de mangles donde los mollos hacían travesuras con la ropa y los enseres a veces olvidados o mal puestos.
Fue un mollo descomunal, por cierto, el que hizo pasar un mal rato al sierreño que sólo para hacer sus necesidades fisiológicas acostumbraba desfajarse la pistola del cinto. La puso delante de él una mañana que urgido de ir al baño se acomodó en el mejor lugar que encontró en la playa, entre palmeras y mangles. Asegura que cuando caminaba para tomar su pistola de donde la había dejado, se encontró con que un mollo la sostenía con su enorme tenaza apuntándole con ella y que cuando intentó despojarlo, el artrópodo corría hacia atrás como de por sí corren los cangrejos, sin dejar ni bajar el arma. Fue un susto grande el que pasó y no tan fácil consiguió recuperar su 45.
Lejos de anécdotas como la descrita quedan las pláticas de los costeños que tampoco nadie creía, hablando de tiempos difíciles para la pesca y que, obligados por el hambre, hasta caldo de cangrejo mollo comían.
Ahora sé que en la costa los mollos están corriendo la misma suerte que la carpa, la tilapia y el “popoyote” un pez que dada su fealdad y también sus hábitos de comer desperdicio, se mantenía alejado del consumo humano, hasta que la crisis económica fue venciendo la natural repulsión para consumirlo y ahora hasta cualidades nutricionales se le encuentran a su carne blanca.
El cangrejo mollo es de los crustáceos que más abundan en las costas de Guerrero. Su consumo no es generalizado pero se va extendiendo en los pueblos cercanos a los manglares. Familias enteras salen los fines de semana con sus cubetas a cuestas para capturar las ahora tan preciadas presas. Y hasta creo que hay ahí una fuente importantísima de alimentación que debería ser aprovechada, pero de manera sustentable.
Claro, su captura no es sencilla por la dificultad que implica andar entre los mangles y el lodo, cuidándose de los cocodrilos, pero quienes han descubierto su sabor exquisito han ideado la facilidad de su captura por las noches. Uno de estos ejemplares llega a pesar hasta un kilo, suficiente para alimentar a una familia.
Para quienes conocen a los cangrejos ermitaños que andan por la arena con su casa a cuestas, les diré que los mollos son parecidos pero gigantes, sin concha que los cubra. Ellos viven en cuevas, enterrados bajo las raíces de los mangles. Salen por las noches, como la mayoría de los animales.
Apenas unos meses atrás, Maricarmen me platicaba su experiencia personal en torno a los manglares. Su casa, la Casa de la Luna, está a pocos pasos del estero de Agua de Correa, en la playa de la bahía de Potosí. Sabiendo del arte de vivir que tienen los cangrejos ermitaños que reciclan las conchas de los caracoles como sus casas, cambiándolas varias veces en su vida, por aquello de que crecen y necesitan mayor espacio, le enterneció y también preocupó, descubrir que uno de esos cangrejos, en lugar de la consabida concha de caracol, había hecho de una tapa plástica de refresco su casa. Sin saber lo ridículo que era con su tapa roja a cuestas, iba el cangrejo por la arena llamando la atención de quienes veían caminar la tapa roja dejando a su paso las diminutas huellas de sus cinco pares de patas.
Mi amiga bióloga se condolió de lo que puede considerarse –siendo positivos– como avanzado grado de adaptación de los cangrejos a la era del plástico, o también al imparable proceso de contaminación –siendo pesimistas–, consiguió tres conchas de caracol, despojó al cangrejo de su casa ridícula y lo puso a escoger entre la que mejor le conviniera: el cangrejo ermitaño –cuenta Maricarmen– estuvo largo rato probando cada una de las casas a su disposición, se metía en ellas, caminaba, salía, quizá elucubraba, hasta que al fin adoptó una de ellas para alegría de Maricarmen quien lo ve deambular por el patio de su casa y lo trata como su mascota.
Aún con la cercanía que ahora existe entre el hombre y esta clase de crustáceo, pocos conocen el secreto de su reproducción que constituye una experiencia inigualable para quienes la han presenciado. No daré más detalles sobre la fecha exacta con que realizan su ritual reproductivo, aunque como evento a ofrecer a los amantes de la naturaleza sería digno de venderse.
Lo escribo aquí como me lo platicó Maricarmen: Sucede una vez al año, en un día, o mejor, una noche en los primeros meses de lluvia.
No se sabe si en ello tiene que ver la luna o las mareas. La ceremonia comienza al oscurecer, y la inician con un sonido característico como el tañer de castañuelas, choque entre dos sólidos, que poco a poco va inundando el manglar, de menos a más hasta tornarse ensordecedor.
Al llamado acuden todos los cangrejos, machos y hembras, en una manifestación portentosa que vista en la noche con la luz de una lámpara, se devuelve en miles de pares de ojos saltones que se mueven todos en una misma dirección como un río de autos en la oscuridad.
Conducidos como un enorme ejército de seres prehistóricos que marchan sobre el desierto, van los cangrejos saliendo del manglar, siguen la ruta del estero, siempre a la orilla del cauce temporal que conecta a las marismas con el océano. Van caminando sobre la arena, subiendo y bajando dunas. Nada los detiene. Marchan para cumplir con el ritual de la reproducción, una vez al año, a la orilla del mar. Durante el camino, el ruido que los concitó no cesa. En su derredor todo parece expectante, menos las olas del mar que no son ajenas a lo que veremos.
Los cangrejos entonces se van separando, parece que por sexos. Los grandes, rojizos y azulosos con sus tenazas aceradas, son los primeros. Están atentos a las olas y esperan una en lo particular y cuando llega, todos corren a ella para depositar no se qué de sus líquidos en la espuma. Después dejan el lugar a las hembras y éstas repiten el acto en forma similar.
Los ejemplares que terminan, dejan el lugar a los que faltan en una cola interminable que avanza lo que dura la noche y aún más porque cuando la alborada llega, el ritual continúa. Ya los primeros han vuelto a lo espeso del manglar y los últimos todavía forman esperando su turno en la playa.
Ya amaneció y pronto el sol alumbrará el horizonte cuando faltan de humedecerse en las olas del mar miles de cangrejos.
Ellos están en lo suyo, por eso no reparan en el ruido que viene de un extremo de la playa y que cada vez se acerca más. No tiene nada de natural el ruido que se escucha a esa hora de la mañana. Cuando uno puede darse cuenta resulta demasiado tarde. Se trata de una camioneta que sin dificultad avanza por la playa. Está hecha para eso, para pasear en la playa y quien la conduce no parece interesarse en otra cosa más que en disfrutar la velocidad de su vehículo. Y ni siquiera repara en el hecho que nos mantiene embelesados desde la noche anterior. Las llantas que cargan el peso del vehículo dan cuenta de cientos de cangrejos empeñados en el rito de su reproducción. Mueren aplastados sin misericordia en esta playa que los ejidatarios de Agua de Correa quieren certificar como ecológica.