Alan Valdez
Marzo 21, 2026
COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
Este día los pelícanos se han reunido debajo del puente.
Pescan, es decir, compiten por el pez. Lo roban. Sus ojos en el ocurrir del río. Elegantes para discernir al bagre en la caída del agua, yo apenas sé de mi reflejo.
No soy pelícano ¿Qué se necesita para serlo?
Ha comenzado a cambiar el clima. Es la última primavera que pasaré en Iowa. El sol ahora se mantiene más tiempo sobre el medio oeste. Me he vuelto un observador, paso mis días persiguiendo luces sobre mi mano o sobre las patas de los animales. Antes miraba, es verdad, pero ahora los colores me permiten.
¿Por qué se llaman pelícanos?
Un anciano camina, las maderas del puente suenan y un gorro cubre su cabello canoso.
¿Les dirán pelícanos porque tienen el pelo blanco?
El hombre se detiene igual que yo a mirar las aves en su banquete.
Pelicanus, que a su vez viene del griego pelekanos, que a su vez se relaciona con el término pélekys que significa hacha.
¿Cómo es el pico de un pelícano?
El pico grande y fuerte del pelícano recuerda la forma o la fuerza de un hacha.
El hombre fotografía a las aves comiendo, yo hago lo mismo. Aunque a veces me distraigo y en algunas partes de la orilla de este río aún hay nieve y el sol del medio oeste también cae en el agua como una esfera vacía y, de tan vacía que cae, hueca como diente de niño, se asemeja a un ojo de pez mirando la superficie.
En las representaciones medievales el pelícano aparece abriéndose el pecho con el pico para alimentar con su sangre a sus crías.
El hombre enciende un cigarro.
Deja de indagar en la escena debajo del puente. Exhala el humo. Así como llegó a mi vida su silueta, así el día continúa. Una madre y su hijo dan un paseo.
La madre le protege los ojos del sol con la mano, pero el niño rechaza el gesto y se acerca al barandal del puente.
Estira su dedo. Señala y cuenta.
Le dice a su madre que son más de 10000.
Y los 10000 pelícanos zambullen su pico para reprimir a la trucha sin nunca despegar las alas de su costado. Antes de dirigirme hacia los árboles altos del parque, quiero tomar una última fotografía. En ella deseo que aparezca el puente y una porción de la escena de los pelícanos.
El exceso de claridad del día hace que mi foto instantánea se revele como un hueco que se ilumina desde el interior como si alguien hubiera prendido un foco adentro de un ropero.
Sin embargo, en una esquina, la última esquina de esa imagen, se puede percibir la figura, casi el relato nocturno de una madre y su hijo que caminan hacia mí.
Madisoniana
Decido acostarme un momento. Abro la llave hasta el agua caliente. Mi cuerpo comienza a relajarse entre más va subiendo el nivel en la tina. Cuando ya estoy cubierto, cuando ya solo alcanzo a ver la punta de mis rodillas como dos islas despobladas y cercanas, cierro la llave y siento que es buena idea meditar. Al inicio, no entiendo muy bien qué es lo que estoy buscando. Repaso con prisa mis nociones sobre la meditación, sin embargo, pronto me doy cuenta que lo único que sé de la meditación son unas genéricas instrucciones que escuché en algún programa de yoga un terrible domingo por la mañana.
Soy un cuerpo acostado en una ciénaga. Sin método, sin la práctica de manos adecuada. No un silencio en favor de otro, ni mucho menos cuál debe ser la geometría de mis pulmones. ¿Robustos con su sobrio volumen hecho de aire, o vacíos, prófugos?
Abandono la meditación. En realidad, lo que estoy ensayando es la idea del descanso. Me concentro y busco evadir las olas de imágenes de las últimas 48 horas que he pasado en esta ciudad rodeada por lagos. A veces creo tener el control, y mi atención se dirige a la gotera tan liviana que ha dejado la llave del lavabo. Pero unos segundos después recuerdo mi caminata de ayer alrededor del lago Mendota.
El clima había concedido un día soleado, los estudiantes salían con los suéteres amarrados a la cintura y de los árboles pendían cientos de aretes como gotas puras por donde se filtraba el sol de primavera.
Me concentro una vez más.
Escucho al huésped del cuarto contiguo toser. Su tos es agresiva. Cada vez que llega su estruendo, la oscuridad pareja de mis ojos cerrados centellea como un pequeño fuego artificial.
Por fin pausa la tos.
Esta vez creo que podré relajarme, que por fin seré yo y la palma de esta agua nada más. Adentro de mis ojos no hay nada. Entonces, primero aparecen dos manos como dos anzuelos flotando plateados sobre un mar oscurecido. Los dedos comienzan a engancharse. Comienzan a formar bucles iguales con una cuerda. Las manos trabajan en espejo, mantienen la simetría mientras preparan el nudo.
El instructor se vuelve a colocar frente a la cámara con la cuerda entre las manos.
Miren bien, no apuren el nudo… Los dos bucles tienen que quedar del mismo largo… Este es un nudo de pesca. Se llama pata de gato…
El hombre Scout con una barba prominente recuerda a la vida de cualquier pescador.
El programa de televisión de anoche ahora se comienza a combinar con partes del recorrido de ayer, la escena se despliega hasta el momento donde tomé una foto de unos caminantes sobre el muelle. En el momento previo a la imagen, yo tenía las siluetas de las sombras y las boyas bastante realizadas, pero al tomarla, en mi imagen apenas la insinuación despintada de la luz sobre la costa del lago.
No sé si lo que me hace abrir los ojos es no poder recordar donde quedó esa foto o que alguien está tocando la puerta. Vienen a limpiar la habitación.
Salgo de la tina, los espejos están completamente empañados, y grito que más tarde, que no necesito toallas, que thank you so much.
La tina, ahora hueca de mi, recupera su signo horizontal. Me alisto, no me di cuenta de la hora y tengo que salir pronto del hotel. Los edificios vecinos a mi ventana crecen sin mucho esfuerzo, pero por en medio de unos alcanzo a ver una manera del lago.
Agarro mi libreta, tomo la cámara. Al revisar que mi pasaporte siga en su sitio, la fotografía del muelle cae al suelo.
Guardo todo en mi mochila. En el pasillo encuentro a la persona que acomoda las habitaciones. Me pregunta que si ya voy a desocupar la habitación, intercambiamos varias oraciones más hasta que ella me pregunta si hablo español. Hablamos en español, me recomienda un lugar de comida mexicana, al esperar por el elevador me miro en el espejo del pasillo. Me da la sensación de entender por qué este día y no otro, pero llega el elevador y con él, un grupo de adolescentes con uniformes deportivos.
Salgo del hotel, me miro de reojo en las ventanas de un auto. De nuevo, la sensación de saber por qué este día y no otro aparece en mi mente desocupada. Cruzo la avenida, por la calle camina un hombre con una barba muy seria, sin embargo, no me hace pensar en ningún pescador. Escucho a unas mujeres hablar italiano detrás de mí y en la siguiente esquina escucho a unas mujeres hablar en una lengua eslava. Desde ahí alcanzo a escuchar mejor el rumor del lago. Los botes y lanchas están cubiertos aún con sus lonas para cuidarse de la nieve.
Vuelvo a mirarme una vez más en un ventanal. Recuerdo mi baño en la tina. Recuerdo que por un momento de mi ducha, uno de los pensamientos que tuve era querer fotografiarme desnudo. Aunque no hay nadie cerca de mí, me avergüenzo de mi idea y dejo de elaborarla. Lo que en realidad me detiene es que justo cerca de la orilla de lago, un pelícano como un barquito de papel en una palangana disfruta del agua recién descongelada.
Esta vez no tomo ninguna fotografía.
La ballena
Muchas ballenas, especialmente las que se alimentan de kril o peces pequeños, empujan a sus presas hacia la superficie formando concentraciones densas, lo que se conoce como bait ball. Aves marinas como los pelícanos aprovechan esa acumulación de peces para alimentarse con menor esfuerzo.
En 1941, Alfonso Reyes recibe un doctorado honoris causa por la Universidad de California en Berkeley. Lo relevante no es la distinción, ni el hecho de ser el primer latinoamericano en obtenerla en esa universidad, como el propio Reyes sugiere, ni el entramado de relaciones diplomáticas y académicas que atraviesan su estancia, sino el trayecto en automóvil desde la Ciudad de México hasta California, que realiza en aproximadamente cuatro días y medio de ida y otro tanto de vuelta, en su Buick, acompañado por su chofer, el vestido de pachuco, Germán, y también por su hijo reumático, condición que el texto insiste en registrar en cada párrafo.
Reyes, en algún momento, tiene que comprar un traje porque descubre que, por las prisas de la salida, no empacó sus pantalones que acompañaban su saco gris para la ceremonia en que recibiría el honoris. En Berkeley recorre varias tiendas sin mucho éxito. Dice, o más bien se describe, como de “talla extravagante”, señalando que las medidas estándar norteamericanas no están hechas para su cuerpo. Y yo imagino a Alfonso Reyes caminando por debajo del rumor californiano, resolviendo la medida de su cuerpo sin desatender su recortadísimo bigote.
La crónica continúa. Su Berkeleyana me produce una complicidad: Reyes visita este país extraño y se sorprende de los brebajes hechos de zanahoria, que le ofrecen unas muchachas vestidas como de ballet en un café al borde de la carretera. También le llama la atención que en las comidas no dan postre y que la cerveza californiana es menor en comparación con nuestra heroica cerveza nacional. Durante el viaje, Reyes cumple 52 años y en una de las últimas partes de la crónica anota esta impresión: “Por la tarde, a las 6 p. m., Morley nos lleva a la Cliff House, donde cenamos frente al mar, a la vista de pelícanos y focas, que son la atracción de la casa.”
El piloto del avión hace sonar el timbre de abrochar el cinturón y comienza a avisar que estamos a minutos del aterrizaje en el aeropuerto de Iowa. Detengo mi lectura de Reyes. Está atardeciendo y husmeo por la ventana para saber si distingo el río donde vi a los pelícanos días antes de mi viaje a la ciudad de Madison. Los ríos de Iowa son plateados sobre la llanura seca en esta hora del año.
Una madre regaña a sus dos hijos para que detengan su pelea, y ya en su acuerdo de paz comienzan a jugar con un peluche. Se termina de oscurecer el Midwest. Ahora una ballena exhibe su salto encima de la cabecera de los asientos A19 y B19.
La ballena emerge y revienta la cola contra la cabeza de uno de los hermanos.
Las palmas de uno de los niños se mueven alrededor del peluche, aletean y esperan el siguiente salto de gran cetáceo del Midwest.
Salta una vez más, la ola que suelta el animal es alta y espanta a las aves y a las manos.
El estruendo del aterrizaje es pura coincidencia.