EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Los pobres no pueden esperar

Jesús Mendoza Zaragoza

Noviembre 13, 2017

“¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!”. Esto les confió el papa Francisco a los medios de comunicación unos días después de su elección como obispo de Roma. Heredero de una tradición eclesial latinoamericana que, desde hace décadas, ha pugnado por la centralidad de los pobres en la misión de la Iglesia católica, ha dado múltiples signos de que está decidido a dar pasos seguros para que asuma la opción por los pobres en su actividad pastoral.
Una de sus iniciativas orientadas a poner a los pobres en el centro de la Iglesia, ha sido la de establecer la Jornada Mundial de los Pobres que, en su primera edición, se celebrará el próximo domingo 19 de noviembre. En palabras de Francisco expresadas en su mensaje para esta ocasión, “esta Jornada tiene como objetivo, en primer lugar, estimular a los creyentes para que reaccionen ante la cultura del descarte y del derroche, haciendo suya la cultura del encuentro. Al mismo tiempo, la invitación está dirigida a todos, independientemente de su confesión religiosa, para que se dispongan a compartir con los pobres a través de cualquier acción de solidaridad, como signo concreto de fraternidad. Dios creó el cielo y la tierra para todos; son los hombres, por desgracia, quienes han levantado fronteras, muros y vallas, traicionando el don original destinado a la humanidad sin exclusión alguna”.
La intención de esta Jornada Mundial de los Pobres es visibilizar a los pobres, quienes han sido postergados por siglos, reconociendo que la cultura consumista actual los ha hecho desechables. Además, hay que salir a su encuentro para mirarlos cara a cara con una actitud fraterna. Francisco desafía a toda la Iglesia a abrir sus puertas para que los pobres tomen el lugar que les corresponde por derecho divino: son los preferidos de Dios y no siempre han sido los preferidos de la Iglesia. Este es uno de los pecados mayores de la Iglesia católica: alejarse del mundo de los pobres por su cercanía con el poder y el dinero. Por eso mismo, por fidelidad al Evangelio, en razón del lugar que le corresponde en la historia, la Iglesia tiene que ponerse al lado de los pobres, de sus intereses y de sus demandas.
Y, ¿quiénes son los pobres, hoy? Los rostros de la pobreza se han diversificado. Francisco hace una descripción: Hay que reconocer “sus caras marcadas por el dolor, la marginación, la opresión, la violencia, la tortura y el encarcelamiento, la guerra, la privación de la libertad y de la dignidad, por la ignorancia y el analfabetismo, por la emergencia sanitaria y la falta de trabajo, el tráfico de personas y la esclavitud, el exilio y la miseria, y por la migración forzada”.
Lo que en realidad se extiende a lo largo y ancho de la humanidad, no es una pobreza natural sino generada sistemáticamente, que “tiene el rostro de mujeres, hombres y niños explotados por viles intereses, pisoteados por la lógica perversa del poder y el dinero. Qué lista inacabable y cruel nos resulta cuando consideramos la pobreza como fruto de la injusticia social, la miseria moral, la codicia de unos pocos y la indiferencia generalizada”, asegura Francisco en su mensaje para esta jornada.
La tradición más original de la Iglesia, desde sus primeros siglos, ha considerado a los pobres como los mismos “vicarios de Cristo”, pues en sus rostros maltratados y encarnecidos se manifiesta su presencia. Francisco recuerda una expresión de san Juan Crisóstomo (s. IV): “Si quieren honrar el cuerpo de Cristo, no lo desprecien cuando está desnudo; no honren al Cristo eucarístico con ornamentos de seda, mientras que fuera del templo descuidan a ese otro Cristo que sufre por frío y desnudez”.
Recogiendo una expresión del apóstol Santiago, Francisco insiste en esta I Jornada Mundial de los Pobres en que no amemos con palabras sino con obras. Esto quiere decir que hay que ir a los hechos, que hay que ir más allá de los discursos para llegar hasta los compromisos locales y regionales de las iglesias con las causas de los pobres. Hay un abanico amplio de necesidades que los pobres manifiestan. Desde las necesidades de asistencia, como en los casos de los enfermos, los abandonados, los ancianos y todos los que no se pueden valer por sí mismos, hasta las necesidades de promoción y de desarrollo en que los pobres cuenten con las capacidades para valerse por sí mismos, sin dependencias que los encadenen. No hay que olvidar, por otra parte, que los pobres necesitan liberarse de las estructuras económicas, políticas y sociales que los mantienen en la exclusión o la marginación. Y necesitan de todo el apoyo para convertirse en sujetos en sus propias luchas y aspiraciones.
Allá por el año de 1987, en Santiago de Chile Juan Pablo II lanzaba una advertencia urgente: “Los pobres no pueden esperar. Los que nada tienen no pueden aguardar un alivio que les llegue por una especie de rebalse de la prosperidad generalizada de la sociedad”. Y hace poco, Francisco, hablando de la fallida teoría del rebalse económico decía: “La promesa era que cuando el vaso estuviera lleno se desbordaría y los pobres se beneficiarían de ello. Pero lo que ocurre es que cuando está lleno, por arte de magia, el vaso se hace más grande y así no cae casi nunca nada para los pobres… decir esto no significa ser marxista”.
Los pobres no pueden esperar. Esta es una gran verdad y hay que atenderla. La desesperación puede estar a la puerta para fomentar rebeliones, mientras que la desesperanza ya se ha apoderado de multitudes que se han refugiado en la resignación. Urge que la Iglesia se acerque a los pobres, haciéndose solidaria con sus causas. En Guerrero tenemos tantas causas que requieren ser fortalecidas, como las de los indígenas, las de las víctimas de las violencias, las de las familias de los desaparecidos, las de los pueblos amenazados por las mineras y mega-proyectos de desarrollo, y otras más. Y la sociedad civil no debiera quedarse atrás en este esfuerzo.