EL-SUR

Jueves 13 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Los presidentes y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Julio 06, 2006

Segunda y última parte

Francisco I. Madero
El presidente Francisco I. Madero visita Iguala y Chilpancingo en mayo de 1811. Las multitudes lo aclaman delirantes tocándole el cuerpo como si se tratara de un santo milagroso. Se exalta la demostración de confianza del coahuilense al internarse a Guerrero, acompañado únicamente por su esposa Sarita Pérez y sus hermanos Raúl, Mercedes y Ángela.
También viene con él, en calidad de invitado especial, el internacionalista Riccioli Garibaldi, emocionado hasta las lágrimas por vivir el triunfo de la Revolución Mexicana. Su padre, Giussepe Garibaldi, el valiente patriota italiano, había apoyado antes a la República de Juárez.
El discurso de bienvenida lo pronuncia el abogado zumpanguense Eduardo Neri, quien no se andará por las ramas lanzando una advertencia premonitoria:
“Si acaso volvierais al pueblo las espaldas, entonces sobre vuestro pecho hoy heroico volveremos nuestras armas en defensa de nuestros ideales”.
El héroe dirá que nunca jamás, por supuesto.
Ya de regreso a la ciudad de México, frente a la tardanza de los balseros del río Mezcala, Madero reta al gobernador Francisco Figueroa a cruzarlo a nado.
–¡Si usted se avienta, yo lo sigo! –responde Figueroa.
El presidente empieza a desabotonarse su cazadora beige, cuando se le acerca el licenciado Federico González Garza y algo le dice al oído. Entonces aquél se recompone inmediatamente haciendo aparecer que todo se ha tratado de una simple broma.
–¡El vencedor de Porfirio Díaz no debe enseñar las nalgas en público! –le habría reconvenido su secretario.
Victoriano Huerta
Guerrero será escenario de las primeas acciones represoras de un coronel llamado Victoriano Huerta, cumpliendo misiones especiales de su jefe Porfirio Díaz. Cuando aniquile en la entidad un brote incipiente de rebeldía contra la dictadura y asesine al médico, poeta y periodista Eusebio S. Almonte, de Cutzamala, el soldado jalisciense ganará su primera águila de brigadier.
El abogado Rafael del Castillo Calderón había ganado las elecciones para gobernador de Guerrero sobre el candidato oficial Antonio Mercenario, con tres periodos en el poder. Don Porfirio preferirá designar a un nuevo mandatario –Agustín Mora–, antes de reconocer ningún triunfo opositor. “¡Qué saben esos salvajes de democracia!”.
Será entonces cuando el movimiento cívico encabezado por Castillo y Almonte opte por la vía armada para enfrentar a la dictadura. Será por unas cuantas horas. Las que dure la matanza de campesinos en Mochitlán a manos de 450 soldados de elite, comandados por el coronel Huerta.
Mientras que el abogado Del Castillo acepta el destierro, Almonte buscará una segunda oportunidad para la democracia. Su lucha contra la dictadura era de antigua data desde las páginas del periódico El Eco del Sur.
Los perros de caza de la dictadura siguen la pista de un contrabando de armas hasta Mochitlán y allí logran la captura del médico-poeta junto con el profesor Elías Ramírez, quien le había dado refugio en su casa. El brigadier Huerta festeja ruidosamente su ascenso en Chilpancingo. Cruzado con mezcal y mariguana sólo acierta a ordenar el fusilamiento de los alzados. ¡“P’a que sepan que hay gobierno, cabrones!”.
–¡No te achiques, Elías! –estimula Almonte a su amigo frente a las bocas de fuego de los asesinos–. ¡No satisfagas el deseo morboso de estos fariseos de ver el miedo retratado en tu rostro! (poeta al fin y hasta el final).
Ambrosio Figueroa
Ya general de división, ahora usurpando el poder Ejecutivo, Victoriano Huerta sentencia a muerte a otro guerrerense, el general Ambrosio Figueroa Mata.
–A menos, condiciona, que convenza a sus hermanos Rómulo y Francisco de no combatirme.
–¡Ellos con sus ideales! –responderá don Ambrosio.
El paredón se levanta en el cuartel militar de Iguala, frente al parque Juárez, al mando del general Antonio G. Olea. El general Figueroa Mata llega caminando auxiliado por muletas pues le falta una pierna.
Frente el cuadro de ejecución, el militar pide acercarse a los soldados que van a fusilarlo para obsequiarles monedas y objetos personales.
–¡Apúntenme al mero corazón, muchachos, por favorcito! –les pide.
El sentenciado solicita llegado el momento dirigir él mismo la ejecución, voluntad postrera que le concede el general Olea.
Los minutos finales de aquél drama los narró el periodista Jesús Millán Nava, en El Universal.
“Eran las 8 de la mañana del 23 de junio de 1913. La hora del sacrifico había llegado.
“En el silencio sepulcral del cuartel, vibra la voz de manda del viejo guerrillero, ronca y autoritaria, como si estuviera dirigiendo un combate.
–¡Soldados del batallón… carguen…armas!
El mecanismo de los fusiles funcionó con metálico estrépito, en un movimiento aparatoso, uniforme.
–¡Preparen! ¡apunten! ¡fuego!
“Tronó la descarga y aquél ilustre mutilado por la gloria abrió los brazos, soltó las muletas y se fue de bruces sin vida sobre el empedrado mojado del cuartel”.
Emilio Portes Gil
En su carácter de presidente provisional de la República (1928-1939), el tamaulipeco Emilio Portes Gil capoteará con suerte la tormenta desatada por el asesinato del presidente reelecto, Alvaro Obregón, y pondrá fin al conflicto religioso instigado en los oscuros sótanos de El Vaticano.
El Manchao, como le decían sus malquerientes por su rostro pañoso, fue mecenas del famoso Cuarteto Tamaulipeco, del que formó parte nuestro querido José Agustín Ramírez. Aquí, en tiempos del presidente Manuel Ávila Camacho, Portes Gil presidió la primera Junta Federal de Mejoras Materiales de Acapulco. Trajo agua al puerto desde el río Tixtlancingo de Coyuca de Benítrez, a través de un acueducto de 50 kilómetros, entonces el más largo de México, y mil 200 metros de altura. El sistema sigue hoy en operación.
Ruiz Cortines
“No siembro para mí, siembro para México”, fue una de las muchas frases y lemas del presidente Adolfo Ruiz Cortínes. Revela Miguel Alemán Velasco, en el libro No siembro para mí, que la agrícola divisa habría tenido su génesis en Iguala, Guerrero.
Un cuarentón Adolfo Ruiz Cortínes se refresca tomando nieve de limón bajo la fronda de los tamarindos del Zócalo de Iguala.
Es atendido por dos funcionarios municipales de quienes obtiene toda la información sobre los árboles característico de la ciudad. El veracruzano es funcionario medio de alguna dependencia agrícola federal y cumple una comisión oficial en la entidad.
Cuando conoce que el usufructo de cada árbol reporta a las arcas municipales 300 pesos anuales, el hábil tenedor de libros reprocha un mejor aprovechamiento del recurso. Sugiere la siembra de tamarindos en las áreas públicas pero particularmente en los baldíos de la ciudad.
La objeción de sus interlocutores sobre los seis u ocho años que le lleva al tamarindo dar sus primeros frutos, ofrece al jarocho la oportunidad para reflexionar sobre las flaquezas nacionales. La incapacidad del mexicano para trabajar por las generaciones venideras y su obsesión de hacerlo todo para hoy y para sí.
Sugerirá al Cabildo igualteco la creación de comités o patronatos para impulsar el cultivo del árbol africano y se irá con la seguridad de haber sembrado en tierra fértil.
Ruiz Cortínes volverá a Iguala 20 años más tarde como candidato a la Presidencia de la República y contará el mismo número de tamarindos sembrados en 1832 por don Luis Gonzaga Vieyra. Estará allí de nuevo estrenando la banda presidencial y tampoco verá ningún nuevo tamarindo. Guardará su reacción incómoda para el primer informe de gobierno:
“Es preciso persuadirnos de que no hay que esperar provecho alguno inmediato de los árboles y adoptar al plantarlos este lema: No siembro para mí, siembro para México”.
Jolopo
Nadie sabe cómo y por qué, pero Melquiades Ibares se ostenta como propietario de una extensa superficie que abarca de la Costera a la playa (actuales instalaciones del CICI).
Melco, como le llama todo mundo, es un campesino muy popular en el puerto porque su hijo Juan es una joya del boxeo en la división de los gallos.
Un día llega hasta la enramada, donde Ibares vende cocos un joven chilango. Mientras se despoja del saco se presenta: “Soy el abogado José López Portillo y mis clientes son los únicos propietarios de este predio”.
Le endilga luego un farragoso y amenazante discurso que el rústico procesa muy bien: “O te sales o te lleva la chingada”.
La respuesta no se hace esperar: “El que se va a chingar a su madre en este momento eres tú, catrincito de mierda”.
Y diciendo y haciendo. Melquiades empuña su filoso machete y la emprende contra el prepotente fuereño.
El abogado López Portillo, con el rostro descompuesto por el pánico, apenas si tiene tiempo de tomar su portafolios para correr como alma que lleva el diablo.
¡Párate, pinche tinterillo!, es el último grito de Ibares mientras su machete suelta chispas al rozar contra el pavimento. Los trofeos de la jornada será un mocasín marca Domit del número ocho y varios documentos.
Melquiades Ibares, a propósito de calzado, nunca había usado zapatos cerrados en su vida. Los soportará, “caminando como gallo sobre comal”, según su propio símil, cuando reciba en su casa al licenciado José López Portillo. El mismo tinterillo correlón de antaño convertido por obra y gracia del PRI en candidato a la Presidencia de la República.
Durante la visita a la residencia de los Ibares, en Pie de la Cuesta y Revolución (hoy Diario 17), el futuro presidente de la República recordará jocoso la corretiza de Melco.
Aceptará que a partir de ese suceso tomará la decisión de abandonar la defensa de los poderosos para dedicarse al servicio público. Una lección de vida, pues.
Melquiades era para entonces un hombre millonario, vía las generosas indemnizaciones de aquel viejo litigio. Sin embargo, el asesinato de su hijo Juan Ibares, manejando uno de los muchos taxis de la familia, lo aniquilará física y económicamente.