EL-SUR

Jueves 13 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Los presidentes y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Junio 29, 2006

Primera de dos partes
Mariano Arista
Todos en el gobierno practicaban las mil y una formas de corrupción. Todos menos el señor presidente Mariano Arista (1851-1853). Y ahí estará el detalle. ¿De qué sirve su honradez acrisolada si en su derredor nadie trabaja y todos roban?
El reproche lo hacía una prensa ayuna de chayotes y cuya juaneación la llevaba incluso filosofar: “La ineptitud es una forma de corrupción”.
–¡ Véngase para Acapulco, mi general, acá ningún pinche cagatintas se atreverá a insultarlo! –insistía don Juan Álvarez, enterado del mal trato de la prensa para su amigo Mariano.
Y es que si de algo sabía don Juan era de una relación confrontada con los periodistas, particularmente cuando estuvieron controlados por el pomposo Santa Anna. El viejo patriarca acapulqueño será entonces objeto de las más sangrientas burlas y dicterios:
“Pantera del sur”, “Caín de la República”, “Oprobio de la humanidad”, “Antropófago del sur”, “Ruin y palurdo”, “Vilipendio de la nación”, “Bárbaro del sur”, “Orangután peludo”, “Víbora en el seno de su Alteza Serenísima”, “Hiena sedienta de sangre”, “Buitre rapaz” y muchos más por el estilo.
¡Eso lo será tu madre! –estallará alguna vez el general Álvarez frente a un reportero.
Comonfort
El general Ignacio Comonfort, presidente de México entre 1855 y 1856, vivió en el puerto desempeñándose como administrador de la Aduana de Acapulco. El poblano no esconderá aquí su amistad y admiración por don Juan Álvarez, provocando con ello el enojo de su jefe Santa Anna. Lo llamará traidor y ordenará armarle un negro expediente con cargos de corrupción, tan graves que el propio dictador firmará su sentencia de muerte.
Así, arrojado a la disidencia, el ex alumno del Carolino de Puebla se une a quienes conspiran contra la satrapía en La Providencia. Allí participa en la redacción del Plan de Ayutla, documento que corregirá y adicionará más tarde en Acapulco. Aquí mismo lo defenderá en el Fuerte de San Diego, acosado por Santa Anna en persona.
Fracasado su intento de tomar la fortaleza acapulqueña, El Cojo jarocho huye del puerto porque, además, no soporta ni los mosquitos ni el calor. Pero cuando empiece a subir la cuesta de El Peregrino será batido por las fuerzas de Juan Álvarez y sus hijos, Diego y Encarnación. No obstante, el fantoche se hará recibir en la capital con arcos triunfales.
Durante su estancia acapulqueña, don Ignacio se hará de varias propiedades rústicas y urbanas y entre ellas figurará la península de Las Playas. Su hija, Adela Comonfort de Oliver, venderá ésta última a fraccionadores extranjeros.
Juan N. Almonte
Juan Nepomuceno Almonte encabeza el poder Ejecutivo provisional a partir de abril de 1862 –luego de que Juárez abandona la capital para emprender su heroica trashumancia republicana– y ahí esperará la llegada del emperador Maximiliano. El mismo había sido entusiasta promotor del príncipe extranjero y más tarde uno de sus favoritos.
Juan N. Almonte era primogénito del cura José María Morelos y Pavón. Lo había procreado con Brígida Almonte cuando estuvo cargo de la parroquia de Carácuaro, Michoacán, y por obvias razones no llevaba su apellido. La mujer vivirá de la caridad pública en Huitzuco, Guerrero, hasta su muerte.
La figura de un chamaco de 10 años –“sobrino del jefe”–, será familiar correteando o volando culebrinas en la explanada de El Veladero de Acapulco. Él mismo se dará la encomienda de izar y arriar la bandera de la calavera con la leyenda de “Paso a la eternidad”. Aquí don Chema Morelos toma la decisión de enviar a Juanito fuera de México. Aprovecha el viaje del doctor José Manuel Herrera a Estados Unidos, en calidad de primer plenipotenciario de la Revolución de Independencia, para matricularlo en un colegio de Nueva Orleans.
Mucho más tarde, el emperador Maximiliano confiará al hijo de Morelos la suerte de su imperio. Lo comisiona para que convenza a Napoleón III de la necesidad de mantener en México el ejército francés. El fracaso impedirá a Almonte retornar a la patria. Se quedará en París para morir dos años más tarde que su príncipe bien amado.
Joaquín de Herrera
Frente al rechazo tajante del general José Joaquín de Herrera para aceptar en plena invasión yanqui un nuevo periodo presidencial, los diputados que han viajado para entrevistarlo a Perote, Veracruz, donde atiende una botica de su propiedad, le dan en lo blandito conociendo su profundo guadalupanismo.
–¿Duda, señor, que la virgencita de Guadalupe pueda ayudarlo esta vez a sortear su patriótica misión?
–¡Vive Dios que no! –responde el militar dando una manotazo sobre el mostrador del negocio. ¡Eso nunca, caballeros! La Reina del Cielo no me ha abandonado ni me abandonaría bajo ninguna circunstancia y para probárselos acepto otra vez la presidencia de la República.
Don José Joaquín ejercerá el poder Ejecutivo hasta en cuatro ocasiones y en una de ellas firmará el decreto aprobando la creación del estado libre y soberano de Guerrero. Su puritanismo exagerado no le permitirá nunca hablar de la “erección de Guerrero”. No fueran a mal interpretarse sus palabras.
Félix Zuloaga
Excomulgado junto con miles de mexicanos por jurar la Constitución de 1857, el general Félix Zuloaga será el primero en acogerse a una suerte de amnistía sacramental propuesta por la jerarquía católica. Según ésta, la comunión sería restituida a quienes abjuraran la Carta Magna, además de adherirse al Plan de Tacubaya.
Y cómo no, si el propio Zuloaga se valdrá de tal asonada para usurpar el mandato legal de don Benito Juárez (de enero a noviembre de 1858 y luego de enero a febrero de 1859).
El sonorense había combatido el Plan de Ayutla en la Costa Grande de Guerrero y será hecho prisionero en Nuxco por las fuerzas del general Álvarez.
Iluso, don Ignacio Comonfort le devolverá la libertad cuando Zuloaga jure el documento que apenas ayer combatía.
Lerdo de Tejada
Del sur surgirá una vez más la mano generosa y solidaria para los perseguidos. Diego Álvarez, gobernador de Guerrero, ofrece una vía de escape para el presidente Sebastián Lerdo de Tejada cuando su vida peligre, acosado por un Porfirio Díaz joven, demócrata y antirreleccionista.
Veracruzano de gustos y maneras refinadas, don Sebastián emprende el periplo motado trabajosamente sobre una mula arisca.
No les va mejor a sus acompañantes, el general Manuel Romero Rubio y el licenciado Juan José Baz, quienes para sostenerse han tenido que ser amarrados a la montura. No otro Romero Rubio que el futuro suegro del general Díaz.
A Lerdo de Tejada, una de las mentes más lúcidas que han ocupado la presidencia de México, lo echará a perder el poder, según opinión de sus amigos.
Estos le reprocharán siempre su vana pretensión de compararse con Benito Juárez, incluso estar por encima del oaxaqueño, pero el hombre nunca intentará bajarse de su nube. Así le irá si sigue así, sentenciaban aquellos. Y así le fue.
Para despistar a sus persecutores, el filósofo jalapeño y su breve comitiva eluden la ruta México- Acapulco. Caminarán por la Tierra Caliente hasta Zihuatanejo y de ahí alcanzarán con grandes dificultades esta ciudad y puerto. Hay o hubo en el municipio de Azueta un sitio conocido como Paraje Lerdo, por haber descansado allí el presidente en su huída.
Aquí, el gobernador Álvarez lo conduce a Puerto Marqués donde lo espera un bergantín llamado justamente El Salvador. Aunque está convencido como todos los liberales de que “entre México y Estados Unidos, el desierto”, Lerdo ha escogido Nueva York para exiliarse.
–¡Pueblo malagradecido –serán sus últimas palabras–, juro no volver a México ni vivo ni muerto!
El presidente Porfirio Díaz, conocedor de tal juramente por boca de su suegro Romero Rubio, ordenará en su momento traer de Nueva York las cenizas del ex presidente Lerdo de Tejada. Las honrará con gesto magnánimo (y sonrisa maliciosa) en el panteón de los Hombres Ilustres. Nomás por joderlo, pues.
Díaz de la Vega
El presidente Santa Anna huye de la ciudad de México al triunfo del Plan de Ayutla, pero designa antes un triunvirato para que gobierne al país. Lo integran don Ignacio Pavón y los generales Mariano Salas y Martín Carrera, llevando como suplentes a los generales Rómulo Díaz de la Vega e Ignacio Moray Villamil.
El trio se desintegra por puro miedo y entre los que quedan designan presidente de la República al general Carrera.
Éste permanecerá en el cargo escasos 23 días antes de que el populacho lo eche por santanista.
Las noticias de que Juan Álvarez se acerca a la capital con su ejército de pintos y negritillos, consiguen la evacuación de los sobrevivientes del triunvirato. Queda únicamente el suplente Rómulo Díaz de la Vega quien alardea de no temerle a la “hiena del sur”.
Se adjudica el mando supremo de la Nación para ejercerlo tres semanas. Dos días antes del arribo del presidente Álvarez le saldrá una urgencia familiar fuera de la capital.