EL-SUR

Lunes 17 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

Los relatos puros y duros de Emiliano Monge

Adán Ramírez Serret

Octubre 13, 2017

Durante los años posteriores al Mayo Francés del 68, los escritores se enfrentaban a un dilema que podríamos llamar poético: o se escribía literatura comprometida, en la sintonía de Jean-Paul Sartre y compañía; o se escribía literatura pura, como lo hacía el grupo Oulipo (del francés Ouvrir de littèrature Potentielle que más o menos podría traducirse como taller de literatura potencial). Es decir, ¿se debía escribir literatura sin importar la realidad centrándose en los puntos formales; o se debía responder a la realidad mediante la literatura?
Con el paso del tiempo, esta disyuntiva entre la elección de un camino u otro, ha sido emprendida por los escritores desde todas sus variantes, la realidad y el estilo han convergido o divergido o se han desarrollado en vías paralelas. De alguna forma, el problema no ha sido resuelto del todo, pero, por fortuna, los escritores ya no son juzgados por el camino que tomen, sino por la calidad de su obra.
Emiliano Monge (México, 1978), resuelve el dilema de manera inteligente, pues su narrativa se preocupa tanto por la realidad en México como por el asunto formal, poético. Sirvan los títulos de sus libros para comenzar a pensar en esto: Arrastrar esa sombra (2008), Morirse de memoria (2010), El cielo árido (2012), Las tierras arrasadas (2015) y este año La superficie más honda. En todos, como decía antes, convergen la realidad y la poesía.
Emiliano Monge en estos relatos, desde mi punto de vista, retoma una escuela en verdad brillante que ha habido de narradores mexicanos. Los cuales, a su vez, incorporan la tradición mexicana del cuento. Un género que toma en autores como Juan Rulfo, Emilio Carballido o Amparo Dávila, la riqueza de la identidad popular con las estrategias narrativas modernas. Monge retoma la exploración del lenguaje, la oralidad sin duda, y así hace uso de palabras empleadas tan sólo en provincia, que parecen un tanto arcaicas, de otro tiempo y de otros lares. Descentraliza así, desde el fondo, y da vida a lugares no tan sólo perdidos en nuestro país sino olvidados. Nos recuerda que la escritura es siempre un acto de memoria y a veces de justicia.
También retoma la sordidez y profundidad de escritoras como Amparo Dávila o Inés Arredondo; explora las atmósferas que crean la superficie de las palabras. Lo innombrable que se interpone entre los miembros de una familia. Pienso en esta relación en particular con el relato Testigos de su fracaso, en donde una enigmática y sórdida llamada impide a una familia, inestable, festejar la Navidad. En este cuento descubrimos que en las historias personales, en la vida privada, está la huella del fracaso de una sociedad.
Otros cuentos son Alguien que estaba ahí sobrando, un relato en donde un joven capitalino es sorprendido por la tradición de una provincia que considera a las mujeres como una parte intocable de su propiedad.
Lo que no puede decirnos trata sobre la condición dolorosamente usual en la cual dos jóvenes son perseguidos. No se especifica si por el crimen organizado o por la justicia. Lo que sí queda claro es que ambos tienen un mismo objetivo: asesinarlos.
Mejor hablemos de mí se enfoca en la posición usual del escritor que tan sólo quiere hablar de sí mismo, hasta que la realidad, a punta de plomo, le arranca la venda de los ojos.
Finalmente, en el último relato, La tortura de la esperanza pone los puntos sobre la íes en unos de los problemas más fuertes de México: la violencia entre los jóvenes. Pues en los juegos de los adolescentes aparece la violencia feliz y campante. Dice: “Si Jorge robaba algún estéreo o algún bolso olvidado en un auto, aseverábamos: ¡ese cabrón tiene huevos!, y Jaimito iba corriendo y daba un cristalazo. Si conseguía burlarle a mi padre su pistola, los amigos me aplaudían y Jaimito aparecía al día siguiente cargando la pistola de su padre”.
Si en Juan Rulfo, en Emilio Carballido o en Amparo Dávila la pobreza y la barbarie son el telón de fondo, en estos relatos de Emiliano Monge, la realidad, la violencia cruda y sangrienta, son no sólo el telón de fondo sino el público, los actores, el director y el dramaturgo.
(Emiliano Monge, La superficie más honda, Ciudad de México, Random House, 2017. 146 páginas).