Anituy Rebolledo Ayerdi
Mayo 29, 2025
Santa Anna
El dictador Antonio López de Santa Anna acostumbraba llevar ante su augusta personalidad a muchos periodistas aduladores, pero también a sus pocos críticos implacables. Un día, ante don Eufemio Romero, director de El Calavera, periódico ajeno totalmente a los favores oficiales, el sátrapa blande amenazador una hoja del tabloide como si fuera una espada.
–¡Quien haya escrito esta porquería se arrepentirá de haber nacido! ¡Dígame usted, Romero, quién fue, para arrancarle la lengua con mis propias manos! ¡Dígamelo!
El viejo periodista aparenta calma, por más que el miedo le brota por cada poro del cuerpo. Responde con parsimonia:
–La ley, señor presidente, como usted bien lo sabe, aconseja en estos casos la denuncia de los hechos ante un juez competente.
–¡No me venga con pendejas, don Eufemio –interrumpe el sátrapa, colorado por la ira. Lo he hecho venir para escuchar de sus propios labios el nombre del cobarde que me infama. ¡Hable o usted pagará las consecuencias!
–La ley, señor presidente, como usted bien lo sabe, aconseja en estos casos denunciar los hechos…
–¡Calle usted, viejo mentiroso, y desaparezca de mi vista antes que le haga sentir el acero de mi espada sobre su lomo de asno! ¡Ande, so bellaco, no me provoque y salga ahora mismo de mi vista! ¡Fuera, fuera, fuera!
Guillermo Prieto
El señor Romero lleva la fuerza de un huracán cuando abandona aquel recinto, por lo que estuvo a punto de atropellar a don Guillermo Prieto, articulista de El Monitor Republicano, quien espera en la antesala presidencial, también convocado por El Cojo.
–¿Es usted el autor de esta basura?, le pregunta Su Alteza Serenísima, mostrándole un ejemplar de El Monitor Republicano.
–¡Lo soy, señor presidente, lo soy! ¡Ese artículo lo escribí con mi seudónimo de Fidel y niego categóricamente que en él se difame a usted o a la institución presidencial!
–¡Por lo visto usted cree tener más güevos que yo!
–¡Ni pensarlo, señor presidente, usted los tiene todos –masculla Prieto, zurrándose auténticamente de terror.
–¡Gusano insolente! –grita y gesticula el bufón. ¿Acaso se burla usted de mí? ¡O se desdice ahora mismo de sus injurias y necedades o aquí mismo le doy mil patadas!
La pétrea impavidez del periodista irrita aún más al caudillo.
–¿Qué sucede?, ¡estoy esperando!
–En esas estoy yo, señor presidente, ¡esperando a ver qué sucede!
Ley de Imprenta
Cansado de estar enfrentado cotidianamente a periodistas críticos de su gobierno, el once veces presidente de la República durante seis años, decide poner cárcel de por medio promulgando su propia Ley de Imprenta:
Artículo 1.- No se podrá publicar ningún periódico sin que se presente ante el gobierno a un editor responsable.
Artículo 2.- Son artículos subversivos. a) Los impresos contrarios a la religión Católica, Apostólica y Romana o que hagan mofa de su culto y del carácter de sus ministros.
Artículo 3.- Los artículos injuriosos, calumniosos y sediciosos será castigados con multa de hasta trescientos pesos y cárcel hasta por seis meses.
Alburero
Juan Martínez Ruiz, reportero de un diario metropolitano, acompaña al presidente Lázaro Cárdenas en una gira de trabajo por el estado de Quintana Roo. Giras de muchos días y noches.
Una de tantas noches, Martínez se ve obligado a abandonar su tienda de campaña para internarse en la espesura del bosque. Va en busca de una ceiba para aligerar la vejiga. Una vez que lo ha logrado, escucha sonidos similares al fragor de una batalla procedentes de un matorral cercano. Con ambas manos amplifica este grito:
–¡Saaaaacooooo!
La repuesta será inmediata y de una voz inconfundible:
–¡Al que voy a sacar de la comitiva es a usted, por majadero!
–¡Perdón, señor presidente, mil perdones!
García Márquez
El reportero Cotino presenta sus notas policiacas del día y el jefe de Redacción las rechaza con el argumento de que “las siento muy frías”. ¡Repítelas, por favor!
–¡Ay, sí, repítelas por favor –masculla el reportero rumbo a su escritorio. Si el cabrón las quiere calientes que la busque en la zona de tolerancia…
La historia se repite una y otra vez. Será la cuarta cundo Cotino, francamente encanijado, haga trizas su material y rumbo a la salida del periódico lance su grito de guerra:
–¡Si escribiera como García Márquez no estaría en este pinche pasquín, hojaldras!
Renato y El coronel
La relación estrecha entre el periodista de izquierdas Renato Leduc y el coronel José García Valseca, propietario del diario deportivo Esto y de la cadena de los Soles de México, fue objeto del reproche permanente por parte de la zurdería intelectual. Leduc mantuvo una lealtad inquebrantable para el empresario poblano. El mismo que, sin haber leído jamás un libro –según confesión propia y orgullosa– había creado la cadena de periódicos más grande del mundo
–¿Por qué Esto –pregunta un día Leduc al coronel? ¿Por qué un nombre tan feo para el primer periódico deportivo de América?
–Porque el nombre es lo de menos, lo importante es su contenido –responde García Valseca. A ver, tú dime, ¿qué es lo primero que le ves a una mujer hermosa?
–¡Lo primero que le miro a una mujer hermosa son sus nalgas, sus nalgas, sí señor!
–¿Te convences entonces que el nombre es lo de menos?
Enterrador
La Costa Chica de Guerrero fue azotada en la década de los setentas por un huracán de efectos devastadores. Nunca comparable, ciertamente, con los históricos Estelle y Beulah, de ese mismo periodo (igualado más tarde solo por Gilberto y Mitch. El auxilio oficial, encabezado por el Ejército, nunca se hará esperar.
El secretario de la Defensa Nacional, general Marcelino García Barragán, arriba a este puerto para dirigir el plan de emergencia, popularizado más tarde como Plan DN-III. La información del caso la recibe del también general Álvaro García Taboada, comandante de la 27 Zona Militar de Acapulco.
–Mira, Chelino –llama aparte García Taboada a su jefe, te presento a tres buenos amigos míos, los tres reporteros: Díaz Clavel, Bustos Fuentes y Rebolledo.
El rostro aquilino del legendario militar sólo masculla un sordo chogusto para continuar con un ejercicio dental consistente en apretar con fuerza sus severas mandíbulas.
–Por cierto, Chelino –prosigue García Taboada, Bustos Fuentes acaba de llegar de la zona de desastre y me dice que el alcalde de Ometepec reporta seis muertos y 12 desaparecidos.
Jefe de la revuelta cívica del henriquismo en 1952 y responsable en 1968 de la matanza de Tlatelolco, García Barragán se dirige con ojos penetrantes y voz de trueno al reportero de Trópico.
–¿Usted, amigo, vio y contó los muertos?
–¡Soy reportero, señor general, no enterrador!
–¡Ah pero que delicados y enojones son estos guerrerenses –ataja oportunamente García Taboada, alejando a Chelino de la mirada del encabronado Bustos Fuentes.
Padre Nuestro
Antes de hacer del columnismo político un coto de poder y una rentable empresa mercantil, Carlos Denegri fue un inteligente y hábil reportero al servicio de la casa Excelsior.
Enviado por su diario a cubrir la capitulación de Japón y con ella el fin de la Segunda Guerra Mundial, Denegri reseñó el estallido de la primera bomba atómica sin recurrir a ningún pasaje del Apocalipsis. Simplemente recordó la oración universal: Padre Nuestro que estás en los cielos.