EL-SUR

Martes 11 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Los siglos de Acapulco (IV)

Anituy Rebolledo Ayerdi

Mayo 05, 2016

Martí en Acapulco

Desempeñándose en Guatemala como profesor de escuela, porque los gobernantes de su país no lo quieren allá, José Martí está urgido de liquidar una deuda sentimental. Cumplir su palabra de matrimonio con la paisana Carmen Zayas Bazán. Y allá va por ella. “Carmen me es indispensable”, comenta con un amigo íntimo. “Ejerce en mi espíritu una suave influencia, al punto que creo ahora que bien pudiera ponerse por encima de la nostalgia de la patria, la nostalgia del amor”.
¿Y María?, pregunta el amigo. Y el cubano contesta con una sonrisa maliciosa. Se refiere aquel a María Granados, una bella mujercita alta, airosa y de ojos negrísimos enamorada de él como adolescente, que lo era. Se trataba, seguramente, de la confusión de sentimientos juveniles frente a una presencia galana y dueña de grandes talentos, El hombre le seguirá el juego cuando le recibe una “almohadilla de olor”, confeccionada por ella misma, respondiéndole con un sobre cerrado cuyo contenido no se conocerá nunca.
José Martí y Carmen Zayas llegan a la ciudad de México el 20 de diciembre de 1877. Un día después contraen matrimonio civil y minutos más tarde un sacerdote bendice la unión en el Sagrario Metropolitano. El brindis en la casa de Manuel Mercado, amigo y mecenas del político cubano. Extraño político este Martí, se dirá en la reunión, que es a la vez revolucionario, pensador, escritor, periodista, filósofo y poeta. ¡No, pos no!

En marcha

¡En marcha!, ordena el “hombre sincero” la madrugada del 26 para iniciar el periplo que los llevará al puerto del Pacífico. Aquí abordarán el vapor que los conduzca al país hospitalario. El hombre encuentra cada día nuevas virtudes en su mujercita y todo lo escribe. “Carmen es una mujer de temple, será una leal compañera de mis luchas futuras, de mi compromiso con la patria”.
Pronto la pareja y su comitiva dejan atrás la ciudad capital. Viajan en un carruaje jalado por mulas cuyo destino es transitar por caminos tortuosos, polvorientos, peligrosos. El jardinero que “cultiva una rosa blanca en junio como en enero”, va absorto. Apoyado en su maletín de viaje escribe y corrige borradores de un libro sobre Guatemala que le urge terminar.
La primera parada es Cuernavaca. Aquí, el político escribe: “No es rico el pueblo donde hay algunos hombres ricos, sino aquél donde cada uno tiene un poco de riqueza. En economía política y en buen gobierno, distribuir es hacer venturosos”.

Los caminos del sur

El carruaje y su escolta irrumpen el 28 por los caminos del sur. El periodista cubano festeja: ¡“estamos en tierra de valientes”! Recuerda haber escrito, a la muerte de don Juan Álvarez esta sentencia: “En las tierras de Álvarez nunca se apaga la antorcha de la libertad”. Y sigue siendo cierto, confirma.
Doña Carmen, por su parte, va conociendo el temple del marido: valiente, incansable, tenaz. Ni la fatiga ni el amor lo desvían de su deber inmediato, terminar el libro sobre Guatemala. Ella no lo confiesa pero recela de aquella gente ruda y primitiva. Pero no hay nada que temer. El amigo Mercado se ha encargado de proporcionar seguridad y protección a los arriesgados viajeros. Bien por conducto de amigos de la región o mediante el auxilio de las fuerzas del gobierno.
Un nuevo alto y el anuncio de los conductores de “hasta aquí llegamos”. “De aquí para adelante y hasta Acapulco –explican a doña Carmen–, el camino es de herradura, angosto y tortuoso, sólo transitable en bestias. A ella le parecerá emocionante hacerlo y hasta escoge el animal que montará. Los muleros le indican que deberá ir siempre pegada al cerro y que, para protegerla, ubicarán al marido bordeando el despeñadero. Y ahí van.
Los recién casados pasan la última noche de la jornada de diez días en el poblado del Ejido (hoy Ejido Nuevo o de Los Arizmendi). El poeta escribe: “Y abrazándome a mí me ciñe y me ama / Y así dormidos en la negra tierra / ¿Irá la aurora a sorprenderme al cielo?”.
Al reanudar al día siguiente el último tramo del camino, gente de Ejido se ofrece a jalar los animales de la pareja. Dará ello pie a una disquisición del político cubano: “¡Ah, los pobres indios! Se pide alma de hombres a aquellos a quienes desde el nacer se va arrancando el alma. Se quiere que sean ciudadanos los que para bestias de carga son únicamente preparados”.

Acapulco, al fin

“Acapulco no tiene más de tres mil habitantes y es, como ustedes pueden comprobar, un sitio infecto, malsano, pestilente. Aquí atracan los barcos de la línea del Pacífico para descargar el carbón de piedra que traen en barcos de vela desde Australia. Acapulco está olvidado por el gobierno del Centro desde la independencia”, les platica quien al parecer inaugura el oficio de informador turístico.
El Martí periodista recuerda haber abogado alguna vez por Acapulco. Fue cuando la prensa difundía noticias sobre la escasez de alimentos para los indígenas del puerto. Escribió en la Revista Universal:
“No sea vana la enseñanza del demócrata romano: ábranse al pueblo los graneros, cuando el pueblo no tiene granos en su hogar. Permita el gobierno que puedan los comerciantes de Acapulco introducir sin derechos la harina con que en tanto remediaría la apremiante escasez. El hogar está sin granos: ábranse al pueblo los graneros públicos”.

La Niña de Guatemala

Cuatro días permanecen los recién casados en Acapulco. Tienen tiempo de descansar y refrescarse a la sombra de los laureles de la plaza de Armas. Visitan el fuerte de San Diego donde él rememora el brindis de Morelos con los vencidos: ¡“Viva España, pero España hermana y no dominadora de América”. Lo mismo que busca de Estados Unidos para su bella Cuba.
El 15 de enero de 1878 los Martí-Zayas abordan el vapor que deberá conducirlos a San José, para de ahí tomar la diligencia a Guatemala. Apenas llegan a casa, el profesor se entera de la gravedad de María Granados, la muchacha prendada de él. Víctima de un padecimiento desconocido por los doctores, pero diagnosticado por la gente como “mal de amor”. La dama muere y el poeta cubano asume con versos su papel protagónico en el drama: La Niña de Guatemala (dos cuartetas)
Ella dio al desmemoriado
una almohadilla de olor:
él volvió, volvió casado,
ella se murió de amor

Ella por volverlo a ver,
salió a verlo al mirador;
él volvió con su mujer
ella se murió de amor.

Dr. Alfonso Herrera Fran-yutti (1930-2016). Acucioso investigador de la vida de José Martí, el médico veracruzano recibió en enero de este año el Premio Internacional UNESCO- José Martí (2016), por su contribución a la promoción de la paz, la solidaridad y los derechos humanos en América Latina y el Caribe. Autor de Martí en México, Vigencia de Martí y Martí en tierras del Mayab. Murió el pasado mes de marzo. (Texto extraído del ensayo Tras la huella de Martí en México. Aproximación a un viaje hacia Acapulco).

Ibargüengoitia en Acapulco

Acapulco, Paraíso Perdido, 9 de abril de 1974. La Casa de Ustedes y otros Viajes:
Yo conocí Acapulco en 1939, lo he visitado unas veinte veces bien distribuidas entre esa fecha y ahora, y creo que siempre ha sido engañoso, ni fue paraíso ni es ahora infierno. Más exacto será decir: dentro de lo horrible siempre ha sido maravilloso.
En la tarde pasaban los pelícanos en formación, a lo lejos se veían las colinas, en la noche, en la bocana, se encendían las lucecitas de los pescadores. Pero cuando decía uno esto es el paraíso, se le metía a uno una piedra en el zapato, del caño salían cucarachas enormes, empezaba uno a sofocarse. Iba uno al cine y un bromista gritaba ¡fuego!, se comía uno un tamal y encontraba un pelo adentro. Un día, mi tía Lola Baldwin consiguió un lenguado y nos invitó a comer filet sole au citrón. No pudo encontrar limones en todo el puerto. En otra ocasión hubo un banquete. Cuando nos sentamos a la mesa, se apagaron las luces. No había velas.
Durante días el agua sabía a rayos. Con muchos trabajos mi madre logró convencer al mozo de meterse en el pozo a investigar. Regresó a la superficie con el cadáver de un sapo.
Acapulco, Puerto Inseguro, 14 de abril de 1970. Olvida Ud. su equipaje: Ya había turistas en aquella época. No muchos, pero de vez en cuando llegaban familias cargando toallas y con ganas de comer pescado fresco. Se hospedaban en un hotel, iban por la mañana a Caleta, por la tarde a Hornos y en la noche a La Quebrada, en donde a nadie se le había ocurrido echarse de clavados. Las sillas y enramadas eran algo desconocido y uno podía pasarse el día en la playa sin que nadie viniera a ofrecerle un coco con ginebra.
Había una cantina, Los Siete Mares, en donde podíamos entrar los menores de edad a comer callos de hacha y percebes, y a grabar, con una navaja, nuestro nombre en las mesas de madera oscura. Había un cine, El Salón Rojo, cuyas funciones empezaban al anochecer, porque no tenía techo.
Desde donde yo vivía, que era la playa de Hornos, se veían las luces del puerto. Recuerdo que yo, al ver aquellas luces, imaginaba salones inmaculados llenos de gente elegantísima, tomando bebidas heladas. Tardé años en darme cuenta que las luces que veía eran las del alumbrado público y lo que en realidad iluminaban eras callejones precipitosos, por donde transitaban más que las cucarachas.
En los cinco meses que pasé en Acapulco en 1939 entraron al puerto cuatro barcos sin contar al G-26 que entraba y salía a cada rato. Dos de esos barcos eran peruanos y de guerra. Dispararon veintiún cañonazos y el Fuerte les contestó con catorce “porque se acabaron las salvas”.
Jorge Ibargüengoitia (1928-1983). Escritor y periodista mexicano considerado uno de los más agudos e irónicos de la literatura hispanoamericana y un crítico mordaz de la realidad social y política de México. Su obra abarca novelas, cuentos, piezas teatrales, artículos periodísticos y relatos infantiles. Murió trágicamente en un accidente aéreo. Algunas de sus obras: Los relámpagos de agosto, Las Muertas, Los pasos de López, Susana y los jóvenes, Maten al león, Estas ruinas que ves, Dos crímenes y La ley de Herodes. Las cuatro últimas llevadas al cine.

Saravia

No he visto lugar con más nombres, sobrenombres, apodos. Acapulco es La Reina del Océano, La Perla del Pacífico, La Reina de la Riviera Mexicana, entre otros más. ¿Por qué no simplemente Acapulco? Precisamente una ciudad que podría dar apodo a otros lugares. Pero también tiene otros nombres menos brillantes. The National Geographic, en un artículo de los años 70, la llamó “una ciudad de dos mundos”, resaltando el contraste entre los glamorosos hoteles y las barriadas de los alrededores. (Cuando se construyó la Costera de Acapulco, internet).