EL-SUR

Jueves 13 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Los siglos de Acapulco (VI)

Anituy Rebolledo Ayerdi

Mayo 19, 2016

La Marcha Acapulco

–Me van a perdonar pero no nací para jilguero. Denme un tiempito y les diré, a mi manera, lo que pienso y siento de Acapulco. Por ahora solo les ofrezco mi agradecimiento por la cálida hospitalidad que me dispensan.
Tal fue la disculpa y el agradecimiento de un recién llegado en su bienvenida al puerto. Su nombre, Walter Luckhaus Escudero, hijo del alemán Arturo Luckhaus y de la mexicana Carlota Escudero, de San Luis La Loma. Primo de Juan, Felipe y Francisco Escudero Reguera, los hermanos sacrificados cinco años atrás por sus ideas. La única pretensión del visitante era conocer a la familia extendida y desde luego al puerto del que tanto le habló cuando niño el tío Francisco.
Pasada una semana dedicada a vagar por todo Acapulco, sin dejar de conocer uno solo de sus rincones, particularmente los crepúsculos de Pie de la Cuesta, Walter cumple su palabra. Entrega al presidente municipal su “legado de gratitud y admiración para esta tierra que lamenta tanto no haber conocido antes”. Se trata de una obra musical titulada Acapulco, en tiempo de marcha.

Himno escolar

Instrumentada por el chilapeño Moisés Guevara, a la sazón director de la banda de música del puerto, la marcha Acapulco será aplaudida en las serenatas dominicales en el kiosco del Zócalo. Pronto tendrá su arreglo coral a cargo del maestro Mauricio Guichito González, correspondiéndola estrenarla a los alumnos de las escuelas Altamirano y Morelos y de la secundaria Federal Uno.
El maestro Felipe Valle, por su parte, adopta la pieza como himno de su célebre Colegio Acapulco. Lo hace en oposición a la Marcha Real española, cantada en las escuelas particulares de los peninsulares del puerto, lo mismo que en sus reuniones privadas (… ¡Viva España / alzad la frente / hijos del pueblo español / que vuelve a resurgir!…). Tonada adaptada, por cierto, a un beligerante coro religioso: “somos cristianos, somos guadalupanos… guerra, guerra contra Lucifer”.
La orquesta Minerva dirigida por don Alberto Escobar, producto de la dispersión de la Banda Militar que aturdía el ego del general Silvestre Mariscal, la tendrá puesta. Y no solo eso, hará de la marcha Acapulco un himno con el que abrirá las ceremonias oficiales e incluso las corridas de toros en Caletilla. Lo hará todavía en los años 70 la Banda Municipal fundada por el alcalde Israel Hernández Ramos y dirigida por don Artemio Méndez Bravo. La letra dice así:

QUIEN TE HA VISTO…

“Allá en el lejano horizonte / donde brilla un ardiente sol / canta su eterna sinfonía / un esplendoro mar /

Gallardas las verdes palmeras / con la brisa riman su canción /, mientras viene del mar el oleaje / murmurando una oración /

Comarca de dulce fragancia / donde Dios puso un sello de amor / y donde parece que brotan/ nuevas fuentes de juventud /

Acapulco… / con tu azul y brillante mar / son tus palmas… / emblema de un divino ensueño tropical /”

Con tus playas y tu cielo / quiero soñar, / quien te ha visto / jamás te podrá olvidar /

La Reina de Acapulco

En su novela La Reina de Acapulco (1935), el autor español Julio Sesto ubica en la playita de La Langosta a un ramillete de mujeres hermosas. Se refrescan de la temperatura inclemente y descansan del ajetreo de la filmación de una película.
“La playa de La Langosta –reseña el autor–, tiene una arena finísima cuya tersura es una tentación al ser barrida por la ola. Invita a echarse en ella y hacer algo allí. Y la mujer y el hombre, que junto al mar son niños, pintan allí caricaturas, trazan signos, algunos enigmáticos, escriben palabras de amor… hacen filosofía… Y el mar borra.
“Sucedió que un día, al reunirse tantas mujeres blancas y bonitas en La Langosta y desnudarse para tirarse al mar casi en taparrabos, alguien corrió la voz y en menos de media hora fueron llegando al terraplén de la playa, sigilosamente, doce o quince nativos jóvenes y adultos, terrosos y feos, que, con disimulo, se iban agazapando en cuclillas para contemplar a sus anchas a las tentadoras sirenas de tierra…
“El acompañante de una de aquellas –la más bonita, por cierto–, repara en la presencia perturbadora y se dirige a los agazapados:
–“¡Ea!… ¡ustedes!… ¡que esto no es cine! ¡Vinimos a bañarnos con nuestras mujeres y nadie tiene derecho a mirarlas más que nosotros. Hagan el favor de retirarse inmediatamente!
“Los espectadores no se retiraron. Siguieron allí agazapados, hieráticos.
Entonces el marido celoso monta en cólera, saca la pistola de la funda tirada en la arena y, apuntando al grupo, amenazó:
–¡Retírense o disparo!
–¡Si no estamos haciendo nada!–, dijo uno de aquellos poniéndose en pie.
–¡Están ustedes viendo a nuestras mujeres y no lo permitimos!
–¡Estamos viendo el mar!
–¡Vayan a verlo a otra parte!
–¡Lo vemos donde nos da la gana; no es de ustedes!..
Ante lógica tan aplastante, el celoso bajó la pistola y ordenó a su mujer:
–¡Vístete, no vinimos a Acapulco para que seas diversión de unos “negritillos pelados”!
¡Gulp! (éste es del firmante)

Las dos piezas de Lola

Las bañistas de La Langosta usaban taparrabos y no trajes de baño de dos piezas. Y es que entonces nos los había. Los posteriores trajes Catalina y Janzen resultarán viles camisas de fuerza. Las dos tiras de tela cubriendo lo estrictamente necesario, prohibidas para las adipositas, serán mostradas por primera vez en la pantalla por la actriz Dolores del Río (1934). La mexicana que fue reina de Jólibut lucirá más tarde su creación en Caleta y en Hornos.
Así, luego de dejar en el camino a tres o cuatro maridos relacionados o no con el cine, entre ellos el portentoso Orson Welles, la duranguense que ha hurtado a su primer esposo el apellido Del Río, contrae matrimonio con un acapulqueño. Así se identificaba el residente estadunidense Low Lewis Riley, entusiasta promotor de los deportes de vela en el puerto.
La residencia Riley–Del Río será punto de encuentro con grandes personalidades del mundo. A ella recalarán, entre muchos, Nelson Rockefeller; Soraya, la esposa del Sha de Irán, repudiada por infértil; Diego Rivera, John Wayne, Begum Om Habibeh Aga Khan, Frida Kahlo, Merle Oberon, el duque de Windsor y Wallis Simpson.
Lolita apoyará los proyectos de su esposo y entre ellos la creación del Club de Yates de Acapulco. Lo construye en 1955 el arquitecto Mario Pani Darqui, autor también del edificio Los Cocos, recibiendo al año siguiente la famosa Regata de San Diego. Las mismas instalaciones serán sede en 1968 de los deportes acuáticos de la Olimpiada en México. En los últimos años de su vida, Lola del Río disfrutará de una residencia “miliunochesca” con 14 recámaras frente a la bahía, construida sobre mil 300 metros cuadrados por el arquitecto Diego Mathai.

Errol Flynn

Errol Flynn, el actor de cine estadunidense nacido en Tasmania, (isla australiana) visita Acapulco por primera vez en 1943. Tripula su propio yate bautizado como Siroco (nombre del “viento muy cálido y seco que sopla desde el norte de África hacia el Mediterráneo”). Al poco tiempo, la Secretaría de Hacienda incauta la nave dizque por evasión fiscal, quedando bajo resguardo de la Base Naval de Icacos. ¡Son chingaderas de estos cabrones mañosos! –estalla Apolonio Castillo disculpando a los cuates de no poder ayudar al rubicundo actor–.
Flynn, sin duda el más grande aventurero cinematográfico –Lord Jim, Kim de la India, Capitán Sangre, La isla de los corsarios–, regresa al puerto cuatro años más tarde. Tripula su nueva goleta Zacha y lo acompaña su padre Theodore T. Flynn, oceanógrafo, biólogo y botánico australiano investigador de la Universidad de California. Planean salir de aquí para un viaje de estudios por aguas del Caribe. Como único invitado, el director de orquesta suizo Teddy Stauffer, a quien Flynn ha topado vagabundeando en Los Ángeles.

Nueva tripulación

Los marineros locales se hacen cruces por la clase de patrones que serían los Flynn. Ello a causa de la deserción de sus tripulantes apenas pisan tierra. “Si no están en la “zona roja” no están en ninguna parte”, pontifica un viejo “lobo de mar.” Y no estuvieron y ya nadie los buscó.
El actor recurre entonces a sus amigos quienes, sin dudarlo, aceptan acompañarle en el viaje como sus tripulantes. Ahí están: Héctor Morlet, Pedro Hernández, José de la Vega, Wolf Schoemborn, y el doctor Otto Roer. Apolonio Castillo está en Barranquilla, Colombia, participando en los Juegos Centroamericanos y del Caribe. Allá pasarán por él.
(Por cierto, la dupla acapulqueña formada por Apolonio Castillo y Clemente Mejía participando en aquellos juegos, se traerán sendas medallas de oro. Polo en 200 metros pecho y el Tritón en 100 dorso).

La dama de Shanghai

La goleta Zaca de Flynn le vendrá de perlas al actor y director Orson Welles urgido entonces de una embarcación. El nombre de esta daría título a la película cuyo rodaje ha iniciado aquí: La Dama de Shanghai. El australiano acepta alquilarle su goleta por tres meses, condicionándolo a que nadie que no sea él toque el timón de la nave. El la conducirá en los recorridos por la bahía, Puerto Marqués, Caleta, La Quebrada, etcétera.
Las “patischapoyes” gringas, presumiendo de corresponsales bajo las sábanas de los famosos, murmuraban desde Jólibut una intención íntima de Welles para filmar en Acapulco. Reconciliarse con su esposa Rita Hayworth, por la que había dejado a Dolores del Río luego de una relación de tres años. Quizás no exageraba la columnista Louella Parsons, con 20 millones de lectores en 400 periódicos de todo el mundo, cuando afirmaba que la pareja llevaba más de un año sin dirigirse la palabra incluso en la intimidad. (¿Unjuju?… ¡Unku!)

La rubia platino

Hablando de Rita, su descomunal marido la utilizará para promover anticipadamente la cinta que él escribe, produce, actúa y dirige. Transforma su imagen de lujuriosa leona pelirroja en la de una gatita güera y ronroneante. Irá más lejos al convocar a la prensa a presenciar el corte de la mítica cabellera pelirroja, dejándola prácticamente pelona. No menos hermosa, neta.
Presupuestada en 700 mil dólares, La Dama de Shanghai terminará costando 2 millones 300 mil dólares y será un fiasco de taquilla. Durante su rodaje en México morirá accidentado un técnico y la mayoría de los trabajadores enfermarán por el calor y el agua de Acapulco.

El divorcio

Al divorciarse de Wells en 1947, Rita anuncia un “retiro en Europa para olvidar”. En Acapulco, Stuffer, quien se ha colocado como gerente del Beachcomber del Casablanca, pide permiso para retirarse durante tres meses.
Rita Hayworth y Teddy Stauffer se reúnen en Beaulieu-sur Mer, un pueblito de la Costa Azul, entre Niza y Mónaco. Ella, ya se sabe, para olvidar. Él sin su violín. Volverán tres meses más tarde.