EL-SUR

Miércoles 26 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Los suicidios políticos de Andrés Manuel

Jorge Zepeda Patterson

Noviembre 11, 2007

El viernes pasado, en Tacotalpa, Tabasco, durante la visita de una nutrida comitiva de funcionarios a las calles devastadas por las
inundaciones se suscitó una gritería entre las víctimas: “Se ve, se siente, Andrés está presente”, vitorearon los pobladores, y de
inmediato, Francisco Ramírez Acuña, secretario de Gobernación levantó la ceja. Pero luego sonrió porque los saludos no estaban
destinados a Andrés Manuel López Obrador, sino Andrés Granier, el gobernador del estado. En realidad, Andrés Manuel
prácticamente “ni se vio, ni se sintió” durante la tragedia y sus secuelas, quien en ese momento se encontraba en Hidalgo.
Me resulta un misterio las razones por las cuales López Obrador esta inmerso en un proceso de destrucción de su patrimonio
político. Resulta inexplicable que Felipe Calderón haya pasado más tiempo en Tabasco apoyando a las víctimas que el propio
tabasqueño, quien reaccionó a la tragedia apenas el lunes pasado, 10 días después de iniciado el desastre. El hecho mismo de
que “el presidente espurio” haya suspendido su gira al extranjero para la Cumbre Iberoamericana, mientras que el “presidente
legítimo” apenas distrajo dos días de su gira por Veracruz, Puebla e Hidalgo para pasar menos de 48 horas en su propio estado,
nos llevaría a preguntarnos si no estamos frente a un comportamiento suicida en términos políticos.
Tan pronto como las inundaciones en Tabasco adquirieron visos de que nos encontrábamos frente a la peor tragedia en la
historia de ese estado, los asesores del Presidente comenzaron a evaluar las consecuencias políticas. Temían que El Peje pudiera
convertir esta coyuntura en un escenario de confrontación entre los gobiernos “espurio” y “legítimo”; y demostrar que al menos
en su tierra él era el verdadero presidente. Tales temores explican en parte la vertiginosa respuesta de Calderón, la cancelación
de sus giras, y la presencia permanente de una porción del gabinete en tierras tabasqueñas en las últimas dos semanas. Pero
Andrés Manuel ni siquiera se dio por aludido.
¿Qué habría pasado si las brigadas del movimiento lopezobradorista se hubieran volcado a Tabasco? Nada impedía convocar a
tres mil o cinco mil simpatizantes en el Zócalo capitalino y comprometerlos para pasar una semana en haciendo diques,
habilitando carpas, rescatando víctimas. Era el momento idóneo para mostrar la capacidad de conducción de un verdadero líder
social e impulsar una vigorosa manifestación de sociedad civil, similar a la que México experimentó durante los temblores de
1985. En lugar de eso, López Obrador fue tarde y poco a Tabasco, y en mi opinión, con la actitud equivocada. Recorrió un
puñado de pueblos haciendo discursos sobre la corrupción en la CFE y en los gobiernos estatales, y ridiculizando los esfuerzos
de Calderón, quien para entonces ya tenía más de una semana trabajando en la zona. En vez de meter el hombro para ayudar en
la reconstrucción de vidas y patrimonios, se mostró como un político en búsqueda de ganancias
¿Dónde está aquél político carismático, imaginativo y práctico capaz de encantar a los propios y neutralizar a los adversarios?
Incluso aquéllos que lo denostaban se veían obligados a reconocer su intuición política y su enorme habilidad para lograr avances
aun en la adversidad. Ciertamente AMLO había cometido errores en sus mejores épocas (como su crítica tardía y floja a la
corrupción de Bejerano y Ponce, su guerra a los medios de comunicación o su “cállate chachalaca”, por mencionar algunos). Pero
invariablemente solía compensar tales errores con golpes de timón afortunados, anuncios de proyectos novedosos o alguna
genialidad declarativa.
Sin embargo, a partir del 2 de julio parecería que todas decisiones que ha tomado han operado en su contra. Desde los plantones
de Paseo de la Reforma y las críticas a sus representantes de casillas en las primeras semanas, hasta su auto designación como
presidente legítimo, su apoyo tácito a las provocaciones del vocero Fernández Noroña o la guerra interna en contra de los
legisladores de su partido, quienes están obligados a interactuar con el gobierno de Calderón.
AMLO ha encontrado una manera de hacerse opaco sin dejar de hacer cosas; ha sembrado el camino de piedritas para todo aquél
que quiera seguirlo. Su rechazo a participar en el proceso electoral michoacano, pretextando una “intensa agenda”, es el mejor
indicio de la marginación voluntaria en la que está empeñado. Si bien es cierto que su distanciamiento de los Cárdenas explica su
ausencia en Michoacán, Andrés Manuel renunció de antemano a cualquier esfuerzo de hacerse indispensable para el triunfo en la
entidad. Lo cierto es que la única gran noticia del PRD en los últimos 17 meses (el probable triunfo en la gubernatura michoacana
cuyos comicios hoy se celebran) habrá de conseguirse no gracias a su líder moral, sino a pesar de él.
Sería objeto de una interpretación psicológica ahondar en los motivos que impulsan un comportamiento que a mi juicio parecería
autodestructivo. Probablemente obedecen al grado en que el resentimiento y el desengaño pesan aun en su ánimo. En otra
ocasión señalé que habría que reconocer el comportamiento responsable de AMLO, quien desalentó expresiones violentas entre
sus seguidores ultras, luego de la derrota. Pero el resentimiento pasivo y marginado de López Obrador tampoco ayuda al país.
La democracia mexicana requiere de líderes sociales capaces de convertir en causas las enormes desigualdades e injusticias que
nos aquejan. Lo único que puede salvarnos de una eventual ruptura social es la canalización continua de nuestras deficiencias
para que se conviertan en presiones continuas sobre el sistema y lo obliguen a cambiar y mejorar. Para ello es fundamental que
los sectores desprotegidos cuenten con líderes capaces de provocar tales transformaciones. La automarginación de López
Obrador no es una buena noticia. El verdadero peligro para México es que los líderes sociales de oposición se autoexilien de la
política y renuncien a la posibilidad de impulsar los cambios. ¿Ha renunciado ya Andrés Manuel sin decírselo ni siquiera a sí
mismo?