EL-SUR

Martes 07 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Maestros, reforma y debate

Humberto Musacchio

Mayo 17, 2018

El día del maestro sirvió para atizar el debate en torno a la malhadada reforma educativa, considerada por sus defensores como la joya de la corona de un sexenio de ineptitudes, pese a que sus resultados han sido nulos, más allá de la demagogia desplegada en forma abrumadora, de los profesores humillados y marginados y de los miles de millones de pesos gastados por la SEP en promover no tanto la reforma, sino la imagen del anterior titular de Educación, un tal Aurelio Nuño, ahora en el equipo de campaña de José Antonio Meade.
La intensidad de la polémica se explica porque, como es obvio, la educación pública –y casi toda la privada– es zona de desastre. La urgencia de una reforma es evidente para todos –o casi– y las discrepancias giran en torno a las características del proceso, sus finalidades, la capacitación y participación de los maestros y el establecimiento de condiciones propicias para el aprendizaje y, en general, de la formación que han de recibir nuestros niños y jóvenes.
Por supuesto, los funcionarios del actual gobierno federal, los charros del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación y un buen número de periodistas chayoteros defienden la “reforma” o, más bien dicho, aun sin conocerla se refieren a ella como si fuera la verdad revelada, la neta del planeta y de todo el sistema solar.
Andrés Manuel López Obrador ha venido diciendo que cancelará “la mal llamada reforma educativa”, algo que repitió con todas sus letras el pasado 15 de mayo. Como la fecha resulta simbólica, tal declaración suscitó el desgarramiento de vestiduras de los enemigos del tabasqueño, quienes, mentirosos, lo acusaron de estar en contra de reformar la educación, lo que no es cierto.
La oposición de maestros, padres de familia y diversos sectores sociales es contra la “reforma” actual, cocinada en oscuros gabinetes, trazada al capricho de politicastros semianalfabetos, al margen y en contra de los profesores, a quienes se contempla como los grandes “culpables” del desastre educativo, generado y desarrollado a lo largo de más de medio siglo ante la complacencia o la indiferencia de las autoridades de la SEP.
El punto de arranque de las políticas antimagisteriales se remonta a fines de los años cincuenta, cuando el gobierno aplastó el movimiento de la Sección IX del SNTE. El líder de aquella justísima protesta, Othón Salazar, acabó en la cárcel durante el sexenio de Adolfo López Mateos, el primer guatemalteco que fue presidente de México.
Aquel gobierno, con la complicidad militante de los charros sindicales, se negó a mejorar las condiciones laborales del magisterio y, para mejorar las percepciones de los mentores, les ofreció la posibilidad de ganar más dinero trabajando dobles y triples turnos, en el caso de los maestros de primaria, o mediante un aumento irracional de las horas de clase para quienes trabajaban en secundarias.
El resultado ha sido desastroso. Profesores que iban corriendo de una escuela a otra y que atendían a un número enorme de muchachos, más allá de que fueran buenos o malos, capaces o ineptos, sencillamente no podían ni pueden atender debidamente a los alumnos.
Bajo ese sistema antilaboral y antipedagógico, se produjo lo esperable: indisciplina generalizada de los educandos, impuntualidad y ausentismo de profesores y alumnos, abatimiento del nivel académico, burocratismo a todos los niveles y hasta deterioro de las instalaciones, por no mencionar las muchas escuelas sin agua corriente ni sanitarios, no sólo en el campo, sino incluso en zonas urbanas.
La situación fue empeorando de manera lenta pero sostenida y, contra lo que pudiera pensarse, no fue por falta de dinero. A lo largo de esas décadas de ignominia la SEP contó con el mayor presupuesto entre todas las secretarías, pues le tocaba algo así como una cuarta parte del total federal, pero la voracidad de una burocracia insaciable y el pago a la charrería convertían en humo aquellos dinerales mientras se devaluaba socialmente la figura del educador.
Hoy, fracasada la farsa del gobierno, sigue en pie la necesidad de una reforma profunda, capaz de modernizar métodos y sistemas para la trasmisión del conocimiento y para la adquisición de diversos saberes por diferentes vías. La reforma es no sólo necesaria sino indispensable, pero tendrá que pensarse y llevarse adelante con los profesores, no sin ellos y mucho menos contra ellos.