EL-SUR

Jueves 18 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Mala resina

Silvestre Pacheco León

Junio 09, 2025

Hace pocos días el escritor Paul Medrano presentó en Zihuatanejo su libro Mala resina, con el que ganó el concurso nacional de cuento José Alvarado, convocado por la Universidad Autónoma de Nuevo León en el presente año.
Al modo y con la misma paciencia del tejedor de atarrayas, Paul Medrano construyó sus textos poniendo cada palabra, cada frase, en el lugar adecuado para hacer fluir sus ideas sobre el suave lecho arenoso del mundo costeño.
Se trata de un reconocimiento merecido por su trabajo con el que ha dado vida a un diccionario de términos costeños bajo la técnica de escuchar y preguntar por su significado.
Con la ventaja de observador que tiene quien llega de fuera, Paul descubrió, por ejemplo, que la expresión muy española de joder aquí se dice joldel, o jondiao pero en Tecpan, de plano los costeños dicen simplemente Odé, maca en vez de hamaca, maquearse por hamacarse. Todo para reducir el habla a su mínima expresión porque los costeños saben que cualquier movimiento acalora y es pérdida de energía.
En su cuento que da título al libro, Mala resina, dice el yerno criticando el estridente y chocante modo de hablar de su suegra, es como de “temolchi” que “amellaba hasta los sueños más espichados”. Como se sabe, Temolchi viene del náhuatl, y es el nombre que recibe la piedra con la que se muele en el molcajete.
El nombre de “Mala resina” es la manera indirecta de los costeños para referirse al esperma de los hombres para procrear, y el cuento relata el tratamiento de caballo que la suegra le da al yerno nacido con el defecto de chiclán, lo cual hace el milagro de curarle el defecto al grado de que pudo embarazar a su hija.
En el segundo cuento, El bajacocos (aunque el nombre común es el de tumbador), el personaje central, conocido en “Teipan” con el apodo del Chancaique, (término también proveniente del náhuatl que se refiere a las sobras del café), retrata muy bien el ingenioso deporte de los costeños para poner apodos, porque el Chan, bajacocos es un costeño que relumbra de moreno, precisamente como las sobras del café, un personaje al que nunca se le vio con una camisa o playera puestas. Siempre vestido de short, con el torso desnudo y requemado, con un garabato terciado y sandalias de pie de gallo, seguramente sin sombrero, y famoso por su habilidad para subirse a las palmas sin más ayuda que la de sus extremidades, el machete mocho y la cuerda para amarrar los racimos para bajarlos sin golpearse.
La historia del cuento es cruenta porque el Chancaique padeció la crisis que hizo desaparecer de la costa el oficio de los tumbadores de cocos a raíz de que el gobierno permitió la entrada al país de la copra, el cebo y los aceites proveniente de Filipinas y de Sierra Leona donde los cocoteros nacen y producen sin ayuda.
Los vanidosos copreros de la costa abandonaron sus huertas a la caída del precio del producto nacional, obligando a los tumbadores a emigrar a otros oficios.
Claro que después de 20 años, cuando la situación se revirtió gracias a que el coco comenzó a ganar mercado cuando en la época de la epidemia del coronavirus se descubrió que entre las bondades del coco había una que permitía fortalecer la inmunidad del cuerpo humano, hasta llegar a la situación nunca imaginada de que pudiera venderse más cara que la gasolina, el agua envasada y los refrescos, pero ahora que los copreros los ocupan, no encuentran tumbadores porque con la crisis se rompió esa tradición de heredar el oficio, y los hijos en cuanto crecen, los que no se van al Norte ya no saben subirse a las palmas ni les gusta andar bajo el sol y prefieren, como el hijo de Chan, el Chancaiquito, dedicarse a pintar uñas.
El libro de Paul Medrano consta de diez cuentos breves, ambientados en la costa y escritos con su particular estilo y lenguaje costeño, que resulta atractivo para los lectores jóvenes que celebran con una sonrisa el drama y las ocurrencias de los personajes que pasean por sus páginas.
A cual más de los cuentos tienen nombre sugestivo y casi todos ambientados en la costa y Acapulco, como Sangre de Narciso, Toque de silencio. En El desquite Paul cuenta la historia del trailero solidario y buena persona que muere desencantado de sus hijos porque son unos atenidos. Para definirlo, dice uno de sus amigos en el velorio, voy a decir lo “verifico” de Millo en pocas palabras, “siempre era derecho”, “no se andaba con rayas pandas”
Los cuentos, Chacuacos, Adentro tuyo, Panza de nube, describen un puerto muy distinto al actual, como “apenas una cría de ciudad” y cuando “con solo mentarlo uno decía desmadre que pa’ qué te cuento”. Y es que, en efecto, hubo un tiempo en que Acapulco era “un puño de antros, muelle de madera, un kiosco apolillado y un templo a medio terminar”. Lo demás, como nos recuerda José Agustín, eran casuchas diseminadas por los cerros, ocultas entre la selva, y de pueblo “mequenque” “pasó a ser una ciudad verraca y mal planeada”, dice el autor.
Con el cuento de La maldición del cometa Halley el autor nos pasea en Atoyac y su río El Cuetero que cruza la cabecera con todos los desperdicios y fetidez de la suciedad.
Chacuacos cuenta la historia del chaval que empieza a dudar de la existencia de Dios cuando el cura le dice que en la biblia ningún pasaje habla de los dinosaurios y que por eso no existen, que son un invento.
El equivocado en el único cuento que va más allá de Acapulco, hasta Plan de Liebres en la Costa Chica, la tierra de las muchachas pochuncas que a veces resultan muchachos como lo descubre Cosme al regresar del norte.
Se trata de un libro con alto contenido sexual. En Toque de silencio el muchacho de secundaria recuerda a su compañera de asiento muerta en un accidente de carretera a la que no tuvo tiempo de cortejar y sólo al paso del tiempo después concluyó que entonces “no sabía que estaba siendo emboscado por la primera arrechera”.
A las historias, a cual más violenta, Paul les quita filo, de manera que la normaliza porque, como sabemos, la pobreza es también una forma de violencia a la que mucha gente se resigna calladamente, pensando que así ha sido y así será toda la vida.
Paul retrata muy bien la picardía de los personajes y la poca moralidad de los costeños. Su desarrollada costumbre de “jalar vidrio” y “rajar agua” que convoca a la “pelicanada” a reunirse para la borrachera, son parte del habla y del modo de vida costeño, tan arraigada y extendida como la homosexualidad, quizá por la influencia también del calor, recurriendo a los mismos razonamientos de la presidenta municipal de Acapulco.
Buena suerte le deseamos a Paul Medrano.

PD. Les recuerdo que pueden seguirme en Youtube y Tiktok @bahíalapolitica