EL-SUR

Martes 16 de Agosto de 2022

Guerrero, México

Opinión

Más preguntas que respuestas

Jesús Mendoza Zaragoza

Agosto 29, 2016

Pareciera un enigma indescifrable. El país se rompe a pedazos, la clase política sigue en su burbuja, la economía se endurece contra el pueblo, la violencia está imparable y las así llamadas reformas estructurales muestran su talante antisocial. La pregunta pertinente es ¿dónde está la sociedad, dónde están los ciudadanos? Y de esta pregunta se desprenden otras preguntas más. ¿Por qué somos tan aguantadores? ¿Cuál es la razón de tanta resignación? ¿Por qué no nos movemos y por qué no respondemos como lo que somos, como ciudadanos y como afectados por tanta tragedia?
Desde luego que la respuesta a estas preguntas no es sencilla. Muchos nos quedamos pasmados ante la pasividad de la gente, tanto de las víctimas de esta situación, como de esa clase media que aún existe y se comporta de manera ambigua, como del “lumpenproletariado”, esa amalgama de marginados, excluidos, enajenados y toda clase de supervivientes. Pareciera que la actitud de indiferencia es el común denominador ante la tragedia que va minando al país.
El paradójico comportamiento de la sociedad es muy complejo y necesita una explicación compleja. Hay razones, que no hemos reconocido, que están detrás de esta aparente pasividad, o en el mejor de los casos, resistencia. Quizá la memoria histórica inconsciente está ahí, recordando tantas traiciones y desencantos, tantas frustraciones y desengaños en la historia del país, que la conciencia colectiva prefiere la resignación a la lucha.
Quienes han dominado al país, las élites, todas las élites, las políticas y económicas, las religiosas y las sociales han tenido la astucia para manejar la conciencia de los pueblos a su favor. Estas élites son expertas en manipulación y en engaños, lo que les ha permitido manejar a las masas, sobre todo, al “lumpen”. Estas élites autoritarias son las que han tomado las decisiones que han ido hundiendo al país, y lo han hecho utilizando a las masas. Eso hacen los partidos políticos en tiempos electorales, eso hacen los legisladores cuando crean leyes a favor de las oligarquías, eso hacen las cámaras empresariales tan concentradas en el lucro y la acumulación de la riqueza, y eso hacen los eclesiásticos cuando buscan controlar la conciencia de sus “rebaños”. Y ahora, eso mismo hace la delincuencia organizada a lo largo y ancho del país, imponiendo el miedo y la sumisión.
Y tenemos como resultado una espantosa pasividad social generalizada. Hay organizaciones sociales que se manifiestan, pero sólo por sus agendas particulares en la medida en que se sienten afectadas. Pero más allá de estas agendas, no muestran perspectivas mayores. Lo que tenemos de sociedad civil está disperso y fragmentado. Cada quien está entretenido en su propia burbuja dándole vueltas a su interés particular y a su lucha propia.
Mientras tanto, el conjunto del pueblo, el que no está organizado, el que no cree ya en los partidos políticos ni en las instituciones públicas, el que ha perdido las esperanzas y ha decidido no participar, ese pueblo está ocupado en sobrevivir y en resistir. Sus recursos económicos, políticos, éticos y culturales no le dan para más y se abandona a la inercia que las élites promueven.
Esta tragedia social está ahí. Ni se afronta ni se resuelve. Está ahí, en el alma de los pueblos, el dolor de las tragedias individuales, familiares y comunitarias. Las hondas heridas, esas heridas que tienen décadas, como la de la pobreza extrema y la desigualdad siguen abiertas y se ahondan. Y las heridas de los últimos años, las causadas por la brutal violencia están muy vivas. Y, con el dolor amontonado en muchas partes, viene el enojo y la inconformidad que se siguen acumulando sin parar. El problema ahora está en cómo canalizar ese enojo y esa inconformidad para que se construya algo mejor. Porque, de otra manera, puede darse una revuelta violenta que puede causar más daño. Pueden venirse coyunturas que detonen este enojo social y puedan abrirse oportunidades para promover un cambio social.
Si queremos que el pueblo se levante y participe, se requiere entrar en su corazón, en su cultura. Si queremos entender la historia de sus decepciones y descubrir las esperanzas que aún están vivas para atizarlas y revivirlas, hay que conectarse con su sufrimiento. Y hay que empezar a creer en él para convencerlo de que tiene que arriesgar a creer en sí mismo. Creer en este pueblo así como es, con sus sombras y sus luces. La gente requiere creer en sí misma, en que hay futuro, en que en sus manos está la construcción de ese futuro. Otra vez, no es fácil. Se requiere de una valiente paciencia histórica.
La élites no creen en el pueblo. La verdadera tragedia está en que el pueblo no crea en sí mismo. Ahí es donde se necesita encender la chispa de la conciencia. ¿Cómo hacerlo? Hay que buscar y abrir los caminos por todas partes.