Alan Valdez
Enero 25, 2025
COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
Deletreo mi nombre completo. Digo 19 de julio de 1992. Oh right, resuena detrás del vidrio que tiene una ficha informativa donde se enumeran los síntomas del Covid. Me preguntan que a dónde he viajado en el último mes. Contesto.
La persona que atiende me da un formulario. Tengo que dar pormenores del historial de las enfermedades familiares. Hago un recuento de pasados crónicos o degenerativos que en realidad solo sé de oídas. Genealogía ilegible de la mortandad familiar, algunos, eso sí, murieron lento y otros supieron de la venganza generosa por inmediata. Así que escribo: corazón, hígado, tiroides, plomo, navaja, cáncer y tristeza. Mi abuela paterna, lo sé, murió de tristeza.
En algún lugar de Arizona se fue muriendo, palabra por palabra, hasta que ya no se supo el nombre de nadie, ni siquiera cómo se llamaba el mar que vio por décadas desde el cerro donde estaba fincada su casa. De mi abuelo paterno no sé nada. Apenas el dolor de mi propio padre, que solo me ha contado fragmentos de una vida también incompleta. Un costurero, algún domicilio allá en la Farallón o la avenida México, o cualquier lugar erosionado por la sal de la bahía. Le gustaba pegarle a mi abuela. No sé si sigue vivo, aun así, cargo con su apellido y me veo obligado a mostrarlo cada vez que la burocracia se permite escarbarme las edades anteriores a mi voluntad. Así que solo cuando tengo que corroborar mi nombre completo se me asoma el Javier antes del Valdez, acompañado con mi firma.
Me miden y me pesan. Me toman el pulso. Me revisan una oreja. Me sacan sangre. Me vuelvo un tubo de ensayo con un código de barras. Acostado, mirando la luz blanca del consultorio, la enfermera me pregunta de dónde soy. Contesto. Después escucho la palabra Cancún. Hago un comentario lleno de un humor blando que señala, irónicamente, la poca necesidad de hablar español en un lugar así de turístico. Me indica dejar el brazo derecho flexionado por no más de 15 minutos, y espero a que entre la doctora.
La doctora se presenta. Escucho su nombre, pero no lo entiendo. Me pide corroborar mis apellidos. Deletreo: J as in Juliett, A as in Alfa, V as in Victor, I as in India, E as in Echo, R as in Romeo. Hago lo mismo con Valdez. También corroboro mi cumpleaños. Satisfecha con mi identidad, repaso mis inquietudes. Hago un apunte de mis dolencias largas y de las esporádicas por igual. Insiste en el pasado médico de mi familia. Le respondo que desconozco más allá de mis padres.
Le hablo de mis ojos. Le hablo de mi estómago. Me pregunta que si tengo todas las vacunas. Y, antes de contestar, me quedo pensando en cuáles son todas las vacunas. Anota algo, me sienta en la camilla, checa mis reflejos. Me hace respirar profundo. Una vez. Otra vez. Toca mi cuello con dos dedos. Saco la lengua.
Me dice que mis resultados estarán listos a más tardar hoy por la tarde o mañana. Me sorprende la eficacia, sobre todo porque hace mucho que no tengo ni idea de cómo están mis triglicéridos. Antes de salir de la habitación, me menciona que la enfermera regresará para tomar la muestra de orina.
Espero.
La enfermera entra, me da un recipiente transparente de tapa azul y me indica hasta dónde tengo que llenarlo. En el baño, justo en el espejo, encuentro mi silueta completa. Intuyo mi nariz como la nariz de mi abuela. Sospecho de mis ojos como los ojos de mi madre. Y me río, de eso sí estoy seguro, igual que mi padre. Me entretengo en el repaso hasta que alguien toca y me apuro con mi encargo.
Salgo del hospital universitario. Hace bastante frío, ?20 °C. Cruzo una calle cuidando no resbalarme con el hielo. De mi abuelo materno solo tengo dos imágenes, que, de tanto repetirlas, ya no sé qué tanto son una invención mía o qué tanto le pertenecen, si acaso, al ritmo intrínseco del mundo.
En la primera escena estoy en medio de Luciano y Cirila. En frente de nosotros hay una máquina de coser. Estamos en Ejido El Largo, El Maderal. Mi abuelo sostiene con la mano derecha, como si fuera su bastón, un rifle calibre .22. El arma es más alta que yo. Yo apenas tengo 5 años. Mi abuelo me carga. Siento en mi espalda su abrazo y también el arma acomodándose paralelamente en mi lomo de niño pequeño.
Mi abuela Cirila abre la ventana. Ambos señalan cómo uno de mis tíos está alimentando a uno de los caballos cerca de la galera. Volteo a ver a mi abuelo. Toco su rostro liso, recién rasurado, y alboroto su sombrero con mis dedos niños. Me acaricia la cabeza con una mano, mientras en la otra balancea mi cuerpo y su arma. Mi abuela Cirila cada vez más se va haciendo una imagen lluviosa de nada. Yo continúo jugando con el sombrero de Luciano. El caballo afuera sigue comiendo la pastura de avena. El día sigue creciendo. Las cortinas se balancean con la luz de un día de 1997. Cirila toca la máquina de coser. Abre uno de los cajones. Ya no le distingo el rostro, pero me ofrece un botón aperlado como una fruta nueva. Me acerco la gema a la boca, pero con un dedo Cirila me dice que no. Su no y su ausencia se presentan uniformes y ya no está nunca más en ese recuerdo. Luciano me regresa al suelo. Se agacha desde una altura siempre mítica para mí, 1.90. Me acomoda mi camisita y mis pantaloncitos niños. El día se cierra. El caballo deja de comer. 1997 se atraviesa a sí mismo como un rayo inaugurando la savia de una tierna madera.
En la segunda idea que tengo de Luciano ya es 1998. Es un día de abril, ahora lo sé. El aire se azota contra los mosquiteros de las puertas, levantando cortinas de polvo tan altas que parece que está lloviendo arena. Estoy sentado en la sala. Mis primos también están sentados en la sala. Los tíos han acomodado las sillas, y a mis primos y a mí no nos dejan ni correr, ni hablar, ni nada.
Mi padre acomoda sus lentes mientras me repite con paciencia que me esté quieto. Yo no sé cómo estar quieto y me acerco al centro de la sala. Mi padre me reprime sentenciando que ya de una vez me aplaque. Sentado, mis pies en péndulo tratando de alcanzar el suelo sin nunca conseguirlo, le pregunto a mi padre por qué mi abuelo está dormido en una caja. Señoras lloran, tíos lloran, hasta otra prima llora, pero yo no sé si debo llorar o no. Mi padre me dice que a veces la gente se queda dormida definitivamente. En ese momento no sé qué significa eso. Ahora creo que lo entiendo un poco más. Afuera el día y el polvo. Afuera el polvo y quizás el día. Y mi madre, embarazada de mi hermano menor, desmayándose en la entrada después de soltar un grito que nunca más he escuchado. Y mi miedo y yo resguardándonos debajo del costado de mi padre. Es Semana Santa, abril, y mi abuelo está dormido a mitad del día.
Llego a la farmacia. Ahora soy un número exacto de pastillas en un bote naranja rotulado con mi nombre. En la recepción, de nuevo, el diálogo para ratificar mi identidad. Deletreo. Deletreo con una cadencia que, de tan precisa, más allá de mostrar alguna sospechosa agilidad en el uso del inglés, deja ver lo mucho que he ensayado, escolar, cada una de las letras. Salgo y me dirijo a lo que por ahora, creo, es mi casa.
La idea de la historia familiar y sus enfermedades crece, y, a la vez que pienso en quiénes son mis abuelos, trato de no resbalarme en esta banqueta repleta de hielo, amedrentado por cientos de pisadas.
Mi abuela Cirila, la madre de mi madre, para mí fue una mujer que siempre estuvo al lado de la estufa de leña. Mujer sigilosa y arrinconada, a mí de niño me daba miedo. Mi madre y mis tíos avisaban la llegada de su padecimiento, episodio casi lúgubre que denominaban El Mal. Mi abuela sufría de epilepsia y ese Mal, espasmo grave que le estiraba todos los músculos del cuerpo hasta emanarle espuma por la boca, acababa constantemente en quemaduras severas por ocurrir al lado de la estufa. Mis tíos, me explica mi madre, denominaban la enfermedad de mi abuela como El Mal porque era algo que los doctores dijeron que no tenía explicación alguna. Mi abuelo, cuando aún vivía, le llamaba a la enfermedad de Cirila La taranta. Y nosotros, los niños, los niños todos, pensábamos rápida e infantilmente que mi abuela era una clase de bruja, y que de vez en cuando era visitada por esa misma criatura que se aparece cuando uno no se tapa por completo con la cobija a la hora de dormir.
El Mal de Cirila, por inexplicable, me construyó un imaginario irreversible de lo que implica un cuerpo rebasado por sí mismo, y, de esa manera, sin saberlo, para mí la idea del mal acabaría fundándose en todo aquello que no sabe detenerse.
Pocas veces llegué a hablar con Cirila, y, a pesar de su vida prolongada hasta los 94 años, de ella tengo muy pocos recuerdos cercanos.
En el 2012, mi hermana, yo y un primo íbamos con dirección al Ejido. De noche, atravesando las curvas enormes que inauguran la Sierra de Chihuahua, a mi abuela le dio un ataque mientras íbamos en carretera. Verónica detuvo la troca y se estacionó a la orilla del camino. La noche, repleta de luz, se extendía sin que ningún objeto adornara lo nocturno, además de las estrellas. En medio de esa noche viva y repleta de signos, escuchaba los gritos de mi abuela que no alcanzaban a ser de dolor, pero tampoco llegaban a ser palabras. El Mal se aparecía ahí, justo en el km 57, carretera a Ejido El Largo. Después de que mi abuela se incorporó, continuamos nuestro viaje sin que ninguno de nosotros hiciera comentario alguno de lo que acababa de pasar. Verónica manejaba con una mano y la otra la reposaba sobre el muslo izquierdo de mi abuela con una clase de amor que yo nunca pude sentir por Cirila, pero que, sin embargo, sabía que ellas dos se profesaban.
La receta de mi medicamento indica que debo tomarlo cada mañana, en ayunas. Pongo el frasco naranja en el cajón del lavabo. Me lavo mis dientes, me enjuago la boca y me encuentro una cana. La miro alargarse como una fecha plateada de una edad venidera. No la desprendo. Qué derecho tengo sobre ella, me repito, mientras acabo de ponerme crema en la cara. Gesticulo. Me reviso los dientitos una última vez. Tengo que ir a dar clases.
Presentarme de nuevo a mis alumnos.
Decirles, Hi, welcome to the Spanish class.
Decirles, Hi, my name is Alan.
Pero así, sin apellidos.