EL-SUR

Viernes 21 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

Memecracia

Arturo Martínez Núñez

Agosto 15, 2017

El sábado pasado el PRI concluyó su XXII Asamblea Nacional sin mayor contratiempo. Todo quedó como estaba previsto desde la casa presidencial. Más allá de la apertura de los famosos candados, lo que se consolidó fue la determinación de esa formación política de seguir disciplinadamente el rumbo que marque su líder. La instrucción es muy clara: en el PRI quien dicta el rumbo y marca la estrategia es uno solo. No se hagan bolas.
Lo que algunos ven como una falla es quizás la mayor fortaleza del PRI: su capacidad de actuar coordinadamente en una estructura vertical. Los priistas se sienten en su ambiente bajo esta modalidad. Es más, la carencia de un liderazgo claro, lejos de propiciar la democracia, ha propiciado el caos. El PRI ha pasado su primera estación sin mayor sobresalto y se encamina a la unción de aquel tapado que decida el Gran Elector. Veremos si le alcanza el capital político para mantener la cohesión en un escenario que todas las encuestas marcan como adverso y donde más de uno intentará poner su capital político al servicio de otras causas.
La emisión por parte del Departamento del Tesoro de Estados Unidos de una una lista con la red de vínculos de un poderoso operador financiero del narcotráfico, Raúl Flores Hernández, desató el linchamiento mediático y social de dos figuras del deporte y el espectáculo: Rafael Márquez y Julión Álvarez. El público, presuroso, juzgó y sentenció: ambos son culpables de estar relacionados con quien no debían. Con la misma rapidez que encumbramos a los ídolos de barro, los vilipendiamos y condenamos a los infiernos. Sin embargo es justo decir que nadie les ha comprobado nada. Estamos olvidando el políticamente incorrecto principio de la presunción de inocencia. Como ya los estadunidenses, policías del mundo, los indiciaron, nos apresuramos a dar por válidas las acusaciones. Me parece que debemos de esperar a que la parte que acusa compruebe que existe el delito, antes de quemar en leña verde a estos o a cualquier personaje, famoso o anónimo.
Un caso similar está viviendo Emilio Lozoya Austin, acusado por los dichos de testigos protegidos que “dicen” que enviaron dinero a cuentas en el extranjero que el entonces enlace del candidato Enrique Peña Nieto en el extranjero les habría indicado. Otra vez el linchamiento público a partir de filtraciones y de testimonios de dudosa procedencia.
A los mexicanos pareciera que nos gustan los juicios sumarios y las ejecuciones públicas. No buscamos justicia sino venganza. No queremos que se dejen de cometer delitos sino que se castigue a aquellos que, por torpes, son atrapados con las manos en la masa. No queremos que se resarzan los posibles daños cometidos sino que se pudran en la cárcel los presuntos responsables. Esta falta de cultura jurídica y de civismo, es lo que permite que exista la impunidad y la ilegalidad. Todos nos indignamos de los excesos y las tropelías de los gobernadores que hoy enfrentan la justicia, pero pocos denunciaron a tiempo el grave daño que estaban cometiendo.
El problema fundamental es que conferimos demasiado valor a los individuos y poco a las instituciones. Seguimos esperando que un caudillo nos guíe hacia la tierra prometida. Le damos poco valor al trabajo en equipo y mucho a la proeza personal.
Creemos que en Veracruz, el daño que pudo hacer Javier Duarte es producto de la desfachatez de un solo hombre y no de un sistema sin controles que permite que se produzcan este tipo de catástrofes. ¿Dónde estaban las Contralorías Estatal y la Superior de la Federación? ¿Por qué todos nos enteramos al final y no al momento mismo?
La sociedad es corresponsable de que nos demos cuenta, cuando ya es demasiado tarde, de las transgresiones que cometen los delincuentes. El narco y la corrupción penetran a las sociedades sin que nadie alce la voz. Los nuevos ricos comienzan a transformar ostensiblemente su estilo de vida frente a todos. Surgen nuevos empresarios, florecen negocios antes deprimidos y muchos miramos hacia otro lado pretendiendo que saber o que intuir no te hace cómplice. Pero esto es falso. Los pueblos que piensan que es normal la corrupción están condenados a vivirla y a padecerla. En una sociedad avanzada, robar está mal visto sin importar el monto del hurto. En Japón es muy difícil que alguien se quede con algo que no le corresponde. En los países nórdicos cada vez hay más tiendas y supermercados donde los clientes pagan en cajas abiertas los productos que toman sin necesidad de que un empleado les cobre o los vigile.
La combinación virtuosa es un sistema de justicia eficaz y una educación con principios y valores. Nadie nace bueno o malo. La mayoría de nuestras conductas son aprendidas o copiadas. Así, cuando un sujeto ve que que otro puede realizar una acción sin tener consecuencia alguna, lo más probable es que lo imite.
Es importante que exijamos la implementación adecuada del Sistema Nacional Anticorrupción y de sus correspondientes estatales. No basta con reírnos de los memes y de los chistes que proliferan a los pocos minutos de ocurridos los sucesos. Necesitamos exigir apego a la ley, que el que acusa, pruebe y si se comprueba, se castigue con fuerza y contundencia.
Hay que pasar de los memes a las exigencias; de los linchamientos mediáticos a la persecución efectiva de los delincuentes y, de los juicios en la plaza publica a la educación cívica y social.
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