Julio Moguel
Mayo 09, 2025
LASCAS
García Aragón y la vena zapatista del joven Cárdenas
La incorporación de Lázaro Cárdenas del Río a la Revolución, lo hemos sabido, se dio a sus 18 años de edad, en 1913, a partir de una entrevista con el general Guillermo García Aragón en el pueblo de Buenavista Tomatlán, en Michoacán. Y hemos relatado en las tres entregas de esta columna que, ya formando parte de la Segunda División del Sur, tuvo un papel destacado en las batallas de Aguililla y de Purépero.
No ahorraremos decir que en estas dos batallas Cárdenas aún no dejaba de ser el joven recluta a quien de entrada los experimentados guerreros de la División lo empezaron a estimar y nombrar como El Chamaco, con la distinción que tuvo de inicio al ser incorporado desde aquel día luminoso al Estado Mayor del mencionado agrupamiento militar, con la tarea primaria, pero no menor, de hacerse cargo de la correspondencia del general García Aragón.
Pero el jefe mayor de aquella tropa había visto de hecho “algo más” en el joven jiquilpense. ¿Su mirada, su serenidad, su inteligencia evidente o su historial recabado? Nunca lo sabremos. Pero sin mayores trámites García Aragón lo nombró Capitán Segundo y le entregó, por medio del general Jaimes, un caballo alazán y las armas mínimas para el estar y la guerra.
La sorpresa que hubo entre la tropa desde el día siguiente de su incorporación fue que El Chamaco montaba caballo al igual o mejor que algunos de sus iguales, que sabía usar sin dificultad la pistola o el fusil, y que no tenía la menor dificultad para comunicarse con naturalidad con cualquiera de los soldados de la Segunda División sobre prácticamente cualquiera de los temas que vinieran al caso.
Y no era para menos. Prosapia es destino. Su abuelo paterno había servido a la causa republicana en el Regimiento Lanceros de Jalisco, siendo un connotado combatiente en la importante batalla de La Traquila sostenida contra los franceses en noviembre de 1864. Para Lázaro su abuelo siempre había sido un ejemplo a seguir.
Por otro lado, desde niño, dirigido por el siempre memorable maestro de Jiquilpan, Hilario de Jesús Fajardo, jugaba “a la pelota” y jineteaba becerros. Y nunca fue un venadillo tímido perdido en la serranía: sus amigos le reconocían su carácter justiciero, con capacidades de combate directo para hacer justicia y hacerse respetar. Cuando un amigo suyo fue agredido “fuerte” por un coterráneo de nombre Alberto, el joven Cárdenas intervino para exigir que se acabara el pleito, pero a aquél no se le ocurrió otra cosa que, frente al reclamo justiciero del chamaco, lanzarle con fuerza y con buen tino una piedra que dio de seco en el cuerpo del muchacho reclamante. La respuesta inmediata de Lázaro fue revirar el tiro con un pesado ladrillo que pegó directo en la cabeza del mencionado agresor.
Alberto se quejó con su familia y autoridades civiles del “agravio”, pero Lázaro decidió que aquel acto cobarde tenía que responderse de su parte con silencio. Ello implicó que el atacante justiciero recibiera un castigo “ejemplar”, con un confinamiento por dos semanas en lo que entonces se llamaba La Casa de los Ejercicios. El castigo: trabajos forzados para hacer que se reeducara y que pagara “su culpa”.
¿Algo más que decir sobre los antecedentes significativos en la capacidad de combate que el chamaco pudo mostrar a plenitud en las batallas de Aguililla y de Purépero? Acaso un detalle que en mi opinión no es de poca relevancia: su proclividad e interés para vincularse en lo posible y aceptable personalmente con personas de mayor edad. Dejemos con él, en sus Apuntes, las líneas que dibujan esta faceta de su personalidad: “Mi padre comentaba con sus amigos mi preferencia por reunirme con personas de mayor edad, a oír sus experiencias, en vez de dedicarme al recreo como amigos de mi edad”.
Cabe decir aquí algo más sobre la vida juvenil del joven jiquilpense. Encargado muy tempranamente de una imprenta en compañía de varios amigos suyos que, en cooperativa, se encargaban de la administración, no dejaban que el día terminara sin reunirse, ya ajenos al trabajo, para informarse de los acontecimientos en curso y de hablar en torno a la que “pronto” sería su “entrada a la Revolución”.
Pero, sin saberlo, más temprano que tarde la Revolución llegó a su nido. Revolucionarios que peleaban contra una banda de huertistas que se habían apoderado de la hacienda Guaracha, limítrofe con Jiquilpan, le pidieron a los cooperativistas de la imprenta que les publicaran un manifiesto. Pedro Lemus, de las fuerzas de Rentería Luviano, le dijo a Lázaro que lo requerían “con urgencia”. Y no fue un ferrocarril sino un rayo lo que se movió en ese taller de esos jóvenes rebeldes: el manifiesto en cuestión fue publicado en número de 5 mil antes que cantara el gallo, mismo que fue entregado muy temprano por el propio Lázaro a las fuerzas revolucionarias de que echaban tiros contra los huertistas en Guaracha.
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Pero no hay poco que contar en torno a esos pequeños o grandes “detalles” que hicieron que la entrada de Lázaro a la Revolución fuera venturosa. Regresando un poco la bobina, preguntamos ¿Fue una casualidad que el joven Cárdenas decidiera hacer el largo camino del rancho de su tío en el que se alojaba para encontrarse y entrevistarse con García Aragón? Ciertamente Buenavista Tomatlán era uno de los lugares “cercanos” al lugar en el que residía temporalmente El Chamaco, pero no me parece descabellado pensar que fue el propio Lázaro quien decidió el tiempo y el lugar de la entrevista.
Porque Lázaro sabía ya desde tiempo atrás con relativa precisión quién era quién en la guerra contra Huerta. Pudo integrarse de inicio con el propio general Rentería Luviano cuando este atacó la hacienda Guaracha. Pero aceptemos que ello quizás era muy apresurado y que el joven que ya quería abrirse al enrolamiento prefirió esperar un tiempo, pues, además, era responsable de cuidar y sostener ya para entonces a su familia.
Pero algo que sí sabía Lázaro era que el general García Aragón era cabeza de un movimiento de varias ramificaciones que, extendidas sobre amplios territorios que iban más allá de las fronteras michoacanas, tenía como principal divisa la lucha y la restitución de sus tierras, con la distinción de provenir directamente de la lucha zapatista; García Aragón no sólo había hecho sus primeras andanzas armadas junto al general Zapata, sino que incluso había sido su compadre.
Lázaro tenía noticias, además –nos dice en sus Apuntes– que el general García Aragón era un “hombre culto, de mentalidad ágil, con disposiciones para el mando, comedido en el trato, exigente en la disciplina.” Y que había penetrado a Michoacán procedente de Morelos, justo desde el seno de las filas del General Zapata.
García Aragón llevaba consigo entonces la fama de ser un zapatista real, de carne y hueso, cuestión que no era menor en las inclinaciones del propio Cárdenas durante sus años juveniles. Que ello era expresamente pensado por el joven revolucionario de Jiquilpan quedó plasmado por propia mano en los Apuntes de los que ya hemos hablado: “(…) fue en esta columna (la de García Aragón) donde más palpable se hizo el sentido agrarista de la lucha armada. Ello, sin duda, se debió al origen zapatista del general García Aragón y a los contingentes de Trinidad Regalado y Ernesto Prado, que luchaban por la tierra”.
¿Quedó el vínculo entre el general García Aragón y el joven Cárdenas en una empatía “ideológica y política” para entender el círculo de hierro que selló de por vida la aventura guerrera de ambos personajes? “Algo” más entrañable quedó grabado en sus vidas. Una nota simple lo denota.
Al acercarse a Aguililla, plaza que, como hemos visto, se había decidido tomar cuando fue el primer lance guerrero del Chamaco, el médico mayor Navarro fue herido “por una bala que le penetró un poco en el carrillo derecho” y que él mismo se sacó. Al mostrársela al García Aragón, éste le dijo dirigiendo su mirada a Cárdenas: ‘Regálesela a este joven (…) para que tenga su primer recuerdo de esta acción.”
El fusilamiento del general García Aragón por parte de Zapata –por “viejas rencillas personales”– dolió a Cárdenas en lo más profundo de su ser. Pero esto sucedió algún tiempo después, en 1914, cuando Lázaro ya contaba con 19 años de vida.