EL-SUR

Martes 23 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

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Memoria y acontecimiento

Julio Moguel

Junio 06, 2025

Amalia Solórzano conoce al General

En nuestra serie quincenal hemos recorrido la etapa que cubre la incorporación del “chamaco” Cárdenas a la Revolución, su participación activa en las batallas de Aguililla y Purépero, y su primer enamoramiento, con Juana del Valle Rizo, mujer muy joven con quien procrea a su primera hija, bautizada con el nombre de Felícitas Alicia. Lázaro Cárdenas tenía entonces 23 años de edad. Y cerramos la última entrega con las siguientes líneas: “En 1928, cuando el General tenía 33 años y era candidato a la gubernatura de Michoacán, conoce a quien será en definitiva el amor de su vida. Su nombre de soltera: Amalia Alejandra Solórzano Bravo. Tacámbaro será el lugar de su primer encuentro”.
La presente entrega relata dicho primer encuentro, tal y como doña Amalia me lo contó una tarde fría de diciembre de 2001. La voz entonces, en este texto, es suya, misma que se extenderá a otros relatos en el libro que ya hemos anunciado y que a finales de este año se publicará con el título de Buenos días, General.

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Lo vi por primera vez desde el balcón de mi casa de Tacámbaro, cuando él andaba en su campaña para la gubernatura de Michoacán. Era un día luminoso del mes de junio de 1928, y algunas de mis amigas y yo estábamos un poco alborotadas por el asunto, pues nunca habíamos presenciado algo similar.
Y allí estábamos, en ese balcón que te digo, seis o siete muchachas agitando algún pañuelo, lanzando confeti para saludar, gritando vivas en un ambiente festivo, como hacía toda la gente que estaba congregada en la calle y en la plaza, emocionados todos por el paso a caballo del General y su nutrido grupo de acompañantes. Recuerdo que él y su comitiva pasaron muy cerca, a unos cuantos metros de nuestro balcón, ellos también saludando, con la mano o con el sombrero, y de pronto algunos alzaron la vista hacia nosotras, él en primer lugar. No sé si fueron mis nervios, o qué fue, pero durante algunos segundos tuve la sensación de que me miraba directamente a los ojos, lo que hizo ruborizarme un poco. Tal es la imagen que me quedó.
Posiblemente nunca lo hubiera conocido personalmente si no hubiera sido porque el General se quedó entonces dos o tres días en Tacámbaro, no para descansar sino para sus actividades de campaña, y en el segundo de esos días las religiosas del colegio le ofrecieron una comida a la que asistí. Fuimos varias muchachas las que acudimos con nuestras madres, en un encuentro que se hizo en la huerta denominada Los Pinos, propiedad de la familia Espinosa. Aunque en algún momento dado lo saludé, pues la cortesía y el respeto así obligaba, allí no cruzamos más palabra, pues él se concentró en platicar con otras personas de la comunidad sobre diversos asuntos políticos y de otros temas.
Pero seguramente algo se quedó clavado en su mente, pues al ir pasando los días y las semanas fueron llegando los recaditos: que si estaba en uno u otro lugar, en tal ciudad o en quién sabe en qué rancho, que si la gente de aquí o de allá era simpática y amable, que si las cosas marchaban y no había razón para preocuparse de nada, y, desde luego, que pronto regresaría a visitar Tacámbaro y entonces habría ocasión de conversar. Y fue así como en cortos encuentros nos tratamos, hasta que un buen día nos hicimos novios, y nos veíamos en la huerta que, te digo, era de la familia Espinosa.
Con la señora Espinosa, ella de edad, el General platicaba mucho, de la Revolución y otras cosas. Y tengo muy fijo en la mente lo que un día, antes de irse a México, le dijo él a ella, palabras más, palabras menos: “Mire, cuando yo me establezca y tenga casa en algún otro lugar, por los muy buenos ratos que he pasado aquí con ustedes, y por ser aquí donde conocí a Amalia, le pondré el nombre que tiene su huerta. Esto se lo aseguro: a esa casa le nombraré Los Pinos”.

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Fueron largos cuatro años y meses que los viví de novia. Toda una eternidad en la que mi relación fue como la de cualquier otra joven, aunque, como te digo, con algo muy particular: el nuestro fue mucho un noviazgo por correspondencia, pues él siempre andaba de un lado a otro por sus obligaciones políticas, visitando pueblos y rancherías, en campaña política o ya como gobernador, y yo en Tacámbaro o en la ciudad de México, estudiando o con mi familia. Y fuera en uno o en cualquier otro lugar, yo esperaba casi todos los días el recadito, la carta o el telegrama.
Un buen día finalmente el General habló con mamá. De matrimonio y de todo eso. Pero que no, que aún no era tiempo, le dijo ella, tal vez que porque yo aún era muy joven o porque convenía que esperáramos tiempos menos agitados, o porque era importante que nos tratáramos más. Y fueron pasando los meses, hasta que llegó el 15 de septiembre de 1932, momento en que el General dejaba de ser gobernador, y entonces todo se precipitó: diez días después fue a Tacámbaro a casarse, no a pedir mi mano ni nada de eso sino a casarse, y entonces le dije a mi mamá: va a venir el General para casarnos, yo ya tengo el vestido, y ya lo mandé planchar. Y fue entonces cuando ella me dijo que mi padre no lo iba a consentir.
Pero bueno, te digo, ya decididas las cosas no hubo más qué decir. Nos casamos por lo civil. El General dijo que por la Iglesia no, que porque no era necesario. La boda fue a las 10 de la mañana, y la celebramos en la sala de la casa. Mi madre recibió al General antes de iniciada la ceremonia, para platicar, pero ni ella ni mi papá estuvieron presentes en el enlace, pues en definitiva no hubo el consentimiento.
Recuerdo que le llegué a decir a algunas de mis amigas que fueran a la boda, pero ninguna de ellas tuvo la oportunidad. Seguramente porque en su casa les dijeron, “cómo es que vas a ir a la ceremonia si ni los papás de Amalia van a estar”. Y parece que el General le había dicho a Dámaso y a otros de sus hermanos que asistieran, pero como todo fue de un día para otro, decidida la fecha en el último momento por el no consentimiento de mi papá, pues tampoco alcanzaron a llegar. Todo fue tan rápido que, te digo, el General fue a Tacámbaro para estar allí el día 25, y llegó con dos de sus amigos, Silvestre Guerrero y Efraín Buenrostro, quienes fueron sus testigos; y lo acompañaba también su primo José María del Río, quien con mi tío Gregorio Sosa hicieron su parte también como testigos. Por ello es que en mi enlace matrimonial no hubo brindis ni nada por el estilo. Todavía el General, mientras yo me quedé quitándome el vestido de novia y preparaba mis cosas para partir, bajó a la tienda a ver si mi papá lo podía recibir, pero él le mandó decir que no, que no había lugar.
A las 12 horas del mismo día de la boda el General y yo salimos en tren hacia Ajuno, y de allí en auto al rancho de Aranjuez, en donde nos atendió Alberto Espinosa y su familia. Por la tarde seguimos a la Quinta Eréndira, en Pátzcuaro, donde nos esperaba su hermana Josefina. Cuando llegamos allí las personas del lugar y de los pueblos cercanos supieron de inmediato que había llegado el General, pero que ahora no venía solo sino matrimoniado, y se acercaron en grupos nutridos a la Quinta a regalar gallinas, un borrego, un puerco, lo que fuera, y el General me dijo a mí y a los que allí ayudaban y trabajaban que al día siguiente había que comer con todos, sin que faltara nada. Y que manda entonces a comprar sopa de fideo, arroz, frijoles, carnitas, chicharrón, lo que se encontrara porque ya no eran veinte ni treinta sino harta gente, entre ella muchísima del pueblo de Tzurumútaro.
¡Qué grata celebración aquella, inolvidable!, como inolvidable fueron los días que siguieron, cuando montaba el General por los cerros cercanos, visitaba escuelas, e íbamos a Janitzio o a Tzintzuntzan, paseábamos por Quiroga o por Erongarícuaro, y caminábamos por las hermosas calles de Pátzcuaro, alrededor de su grandiosa plaza, donde vendían rebozos de Aranza, sarapes de Nahuatzen y de Charapan, cristos hechos con pasta de caña de maíz, avioncitos de juguete confeccionados con popote de trigo y tule, piñas de Patámban, guitarras de Paracho o cobrería de Santa Clara. Allí saboreábamos los tradicionales helados del lugar, o los chongos zamoranos, los ates de Morelia o las frutas de Jacona, los panecillos de anís o las rosquillas y los polvorones pintados.
Una semana después de haber llegado a La Eréndira seguimos de viaje rumbo a Uruapan, donde amigos del lugar nos agasajaron en reuniones y fiestas, cante que cante y baile que baile, disfrutando de las pirecuas y sones, las bandas de pueblo con sus mejores galas, los grupos danzantes con sus mejores pasos, y luego fuimos a Apatzingán, donde vimos sapos del tamaño de un conejo y cocodrilos medianos.
Todo eso, te digo, fue lo que pasó.