EL-SUR

Sábado 20 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

HABLEMOS DE LIBROS

Memoria y acontecimiento

Julio Moguel

Marzo 28, 2025

LASCAS

Cuando el chamaco Cárdenas entró a la guerra

Lascas: rocas que se desprenden de la masa pétrea y que adquieren forma de esquirlas cortantes. Con ellas Salvador Díaz Mirón labró parte de su literatura. Con ellas pretendemos armar, en el hospitalario periódico guerrerense que nos acoge, una serie de textos que cada quince días puedan dar cuenta de temas diversos que se mueven entre el “acontecimiento”y “la memoria” (historia, acontecimiento contemporáneo, literatura).
Marzo de 2025 termina con dos temas resonantes que habría que recordar en este diario. Uno de ellos, en el plano de la historia, es el aniversario número 87 de “la expropiación petrolera”. La segunda es, en un tema diametralmente distinto, el aniversario número 70 de la aparición de Pedro Páramo de Juan Rulfo, considerada por algunos grandes talentos de la literatura universal como la mejor novela del México moderno. Pero dejaremos pendiente el tratamiento de la escritura de Rulfo, ubicando el tema de esta entrega en la ruta histórica del general Lázaro Cárdenas. Mas sería infértil aquí hablar de la expropiación petrolera de 1938, pues se trata de un acontecimiento que ha sido documentado y analizado con prolijidad y profundidad por una buena parte de los medios.
Pero tampoco aburriremos al respetable con un seguimiento histórico del cardenismo, tema que dejamos a aquellos sesudos estudios que caben o florecen en largas investigaciones y se disfrutan y estudian en la hechura de ensayos largos y de libros. ¿Y entonces? ¿Qué cabe y puede interesar al lector de este diario? Hablaremos aquí del general Cárdenas y de algunas de sus aventuras de guerra y de su vida social y de familia. Platicaremos ahora brevemente sobre cómo fue que “el chamaco”, a sus 18 años de edad, desde Jiquilpan, se incorporó a la guerra.

*
Recuerda Lázaro que un buen día caluroso del mes de julio de 1913 llegó al pueblo de Buenavista Tomatlán para sumarse a las fuerzas revolucionarias que luchaban entonces contra Victoriano Huerta. Había salido de Jiquilpan el 18 de junio, a pie, con un morral cosido a mano por su madre. Las semanas que siguen sirven para informarse que el general Martín Castrejón pelea en La Huacana, que el general Guillermo García Aragón hace lo suyo en las márgenes del río Tepalcatepec, y que Gertrudis Sánchez mantiene a raya a los federales en la región de Uruapan, Ario y Tacámbaro.
El 2 de julio se entera que García Aragón y sus tropas habían acampado en Buenavista, y pensó que esa era su oportunidad. Previo haber estado durante algunas semanas en un rancho de un pariente suyo, decide encaminarse al poblado referido y de inmediato averigua dónde será el lugar preciso del encuentro. Ya frente al lugar, sin darle demasiadas vueltas al asunto, pide y le conceden la entrevista.
–¿Qué lo trae por aquí amigo, de dónde viene?, preguntó al chamaco García Aragón.
–He venido a ponerme a sus órdenes, general, quiero servir en sus armas. En Jiquilpan me encargaba de una imprenta que teníamos en cooperativa, allí nos reuníamos en las tardes con un grupo de amigos, platicábamos de la revolución y también de cómo nos enrolaríamos en la guerra contra Huerta. Cuando apareció la oportunidad los días 30 y 31 de mayo, con la entrada de las fuerzas del general José Rentería Luviano a la plaza de Zamora, y luego con la toma de la hacienda Guaracha, que se encuentra pegadita a Jiquilpan. Y llegó la oportunidad, como le decía, porque el capitán Pedro Lemus, de las mismas columnas revolucionarias, se presentó en la imprenta para pedirnos que le publicáramos un manifiesto dirigido al pueblo de México. Y que sí, que por supuesto, pues nosotros ya éramos maderistas.
García Aragón observaba con atención al chamaco. Lázaro tenía un decir independiente y franco suavizado por el tono de su voz y por el brillo adolescente de sus ojos.
–Pues desde ese día, señor –continuó Lázaro en sus palabras–, cuando volvieron los huertistas a posesionarse de la plaza, destruyeron la imprenta y empezaron a buscarnos por todas partes. Y por eso estoy aquí, a sus órdenes y dispuesto a enrolarme, no por huir así nomás sino porque esa fue para mí la señal de que había llegado el momento.
El general se levantó lentamente de su silla, y el joven pensó que ello indicaba la conclusión de la entrevista. ¿Cuál sería el resultado?
–¿Sabe usted escribir? –agregó García Aragón, como una última pregunta que era una manera simple de dar la bienvenida. Para agregar:
–Copie esta orden y en unos minutos me la entrega.
¿Escribir? El muchacho jiquilpense sí sabe escribir pues a eso ha dedicado parte importante de sus dieciocho años de vida. Media hora después regresó el general. Pluma y papel estaban sobre la mesa rústica. No hubo más palabras de por medio. García Aragón tomó el escrito y leyó de corrido los cuatro párrafos perfectamente delineados: la letra era izquierdilla, espigada con una leve inclinación a la derecha, los trazos firmes en las eles y en las tes, suaves al final de las palabras.
–¿De verdad quiere usted enrolarse, incorporarse a mis fuerzas, joven amigo? –inquirió el militar, pensando que el muchacho tendría tal vez un mejor futuro en asuntos de paz que en los de guerra.
–Mi deseo, señor, le reitero, es incorporarme a la revolución bajo su mando.
García Aragón tardó unos cuantos segundos en reaccionar. Parecía que no terminaría por decidirse, pero de pronto lo soltó:
–Pues bien, va usted a formar parte de mi Estado Mayor con el grado de capitán segundo. Se ocupará de mi correspondencia personal mientras el coronel Viguri regresa de un viaje que se vio obligado a hacer a la Ciudad de México. Busque de inmediato al general Cipriano Jaimes, ahora mismo le digo a alguien que lo conduzca hasta él, para que le explique algunas cuestiones importantes y le proporcione a usted lo necesario.
Lo necesario fue un caballo alazán con montura, una carrillera, un par de botas, camisa y pantalón reglamentarios y una carabina 30-30, acompañado de las indicaciones precisas sobre la ubicación del corral con la pastura, del lugar que hacía las veces de comedor, y de la casa en la que le tocaría dormir.