EL-SUR

Viernes 19 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Memorias de Hernán

Silvestre Pacheco León

Octubre 16, 2023

 

(Segunda parte)

Nació Hernán en Medellín, España, en el año de 1485, siete años antes de que Cristóbal Colón descubriera América y dos años antes que se produjera la llamada toma de Málaga en la guerra de Granada.
Entre esos dos acontecimientos ligados a la aventura por el descubrimiento de nuevos territorios y la guerra de españoles y musulmanes nació y creció Hernán como hijo único de una familia de linaje ganados en siglos de “esfuerzo y empeño”.
Desde los cuatro años aprendió la educación que le brindó su preceptor francés Guillermo Labrit de quien nunca supo la manera como este joven entró en contacto con su padre, pero recuerda que llegaba todos los días a su casa montado a caballo desde San Benito, lugar que su padre don Martín le había habilitado para que viviera con su familia llegada de la región de los Pirineos.
Su preceptor hablaba francés, español y latín. Leía el griego y el hebreo. Era excelente jinete y espadachín, atleta consumado que disfrutaba de las caminatas, de los campos abiertos. Conocía de los árboles y plantas, leía a Petrarca y declamaba a Cicerón.
De su mano aprendió Hernán Cortés los adelantos científicos, las corrientes filosóficas y literarias. Solo se quejaba de no saber leer una partitura, pero a cambio aprendió la musicalidad de las palabras y el ritmo del discurso, habilidades que desarrolló para escribir y describir con minuciosa habilidad lo que vivió.
Llegado el tiempo de asistir a la universidad se trasladó a Salamanca para estudiar en la universidad donde confiesa que pudiendo haberse inscrito en la carrera de medicina o astronomía como le dictaba su deseo, lo hizo en la de Derecho para satisfacer a su padre, pero no siguió el camino de la academia como su familia lo esperaban.
Fue en la universidad donde le nació una de las dudas que nuestro personaje solo pudo resolver fuera de ella: si una sucesión de números resulta en una cifra, ¿por qué en el caso de las letras si no siguen un determinado orden, carecen de sentido? Solo después de muchos años, ya convertido en aventurero y conquistador lo entendió: los números son ideogramas, ideas como los glifos indígenas, mientras que las letras acomodadas de determinada manera forman sonidos.
De regreso a Medellín y en respuesta al interrogatorio severo del padre sobre su futuro, le contestó que tenía interés en la carrera de las armas, lo cual pareció consolar a don Martín quien estaba al tanto de que su primo, Nicolás de Ovando era gobernador de Santo Domingo, la primera isla española de ultramar donde quizá el hijo sería bien recibido, pero antes de embarcarse Hernán quiso probar su libertad plena, alejado del clan familiar, acaso como lo aprendido en la teoría de que solo es libre quien no depende de otro. Partió entonces para Valencia con la idea de viajar a Italia donde se desplegaba la guerra de Nápoles para enlistarse. Pero nunca se embarcó. En Valencia vivió la experiencia de lo que significaba ganarse la vida, ejerciendo su carrera de abogado y disfrutando del ambiente bohemio de la costa.
Toda esta parte de su historia la narra Hernán a su hijo Martín como prolegómeno de su vida como conquistador, decidido a escalar el espacio de la libertad plena que se conquista de la mano del poder.
En Santo Domingo había confirmado el valor de las palabras con el ejerció de la diplomacia para pacificar a los nativos. Dotó a los indios de la información religiosa que les protegía de los excesos de la Corona, y quiso mostrar que su inclinación por las indígenas y el mestizaje formaba parte de una idea preconcebida de lo que debía ser el papel español en tierras mexicas, nada que ver con los tradicionales métodos de conquista, de saqueo y muerte, esclavitud y exterminio.
Conocedor de la bula del papa español Alejandro Borja que le daba América a España con la condición de cristianizarla y que de acuerdo con las leyes de los reyes católicos, entre cristianos estaba prohibida la esclavitud, los indios tuvidron la opción de convertirse al cristianismo para salvarse de ser esclavizados.
Con la ayuda de la Malinche entendió que para los indios el sacrificio humano era la forma de aprovechar la energía de cada prisionero en bien de la comunidad, que ese ente o fluido que llamamos alma se pierde inútilmente cuando el ser humano muere por causas naturales, diferente a lo que se buscaba con el ritual del sacrificio y el consumo del cuerpo sacrificado.
Explicaba a su hijo que los indios tenían hasta el cálculo del tiempo que el espíritu vagaba fuera del cuerpo sin ningún provecho cuando el cuerpo moría por muerte natural, de ahí la importancia de las guerras floridas que servían para hacer prisioneros para el sacrificio.
Por eso calificaba de superficial la idea que campeaba en España sobre la antropofagia de los indios, que su explicación del sacrificio humano era mucho más compleja que acusarlos de salvajismo.
Desde Santo Domingo y después en la isla de Cuba a cuya conquista acudió en apoyo a Diego Velázquez de Cuellar, Hernán Cortés vivió y aprendió de todo el complejo que se desarrolla en torno al poder. Su apetito por él, aunque no le llevaba a seguir los métodos violentos que veía, lo justificaba con la idea de que la libertad solo está condicionada al poder porque nadie puede decirse libre bajo las órdenes de otro.
Por eso pensando en su propio caso le pareció la idea de conquistar México en sociedad con el nefasto gobernador de Cuba invirtiendo cada quien la mitad de los gastos y repartiéndose a medias la ganancia, pero el cambio de parecer de Velázquez lo indujo a tomar la empresa a su propia cuenta y riesgo apenas entrado en los 30 años.
La idea de conquistar México Hernán la había madurado pensando en un estratagema distinto al de la guerra porque sabía que se trataba de una nación de millones de habitantes y miles de guerreros a quienes no pensaba poder derrotar a pesar de los modernos arcabuces y del uso de la caballería, armas desconocidas en América. Esa fue la razón que asombró a muchos de los 500 soldados que lo acompañaron cuando supieron del escaso armamento embarcado para la empresa, apenas 13 arcabuces y 30 ballestas más un cañón en cada barco y tres decenas de caballos.
Hernán recrea el momento de conocer a Marina o Malinalli para que su hijo sepa y conozca la calidad de su madre. Con emoción describe la circunstancia en que se dio, después de vencer a los indios en la batalla de Centla. La Malinche formaba parte de un grupo de 20 jóvenes mujeres esclavas entregadas como parte del botín al ejército triunfador.
Lo primero que le llamó la atención a Hernán fue el porte y la belleza de la esclava quien no dirigía la vista al suelo como todas las demás, sino al frente, con garbo y determinación.
La Malinche era una princesa de Painalá el Señorío náhuatl cercano a Coatzacoalcos. Su padre era Señor de Olutla y Xaltipa que controlaba el lado izquierdo del río. Muerto joven su madre volvió a casarse y en cuanto se embarazó se deshizo de Marina, vendiéndola como esclava y cargando con esa afrenta familiar toda su vida.
Esa realidad de la Malinche explica su actitud y también su formación. Habiendo sido educada como correspondía a su estirpe, sabía leer y escribir, hablaba náhuatl y Maya, dos lenguas cuyo valor en manos de Hernán fueron determinantes porque le permitió conocer la cultura de los pueblos originarios.
La de ambos fue una relación de amor y comprensión casi mítica, compartiendo deseos y sueños y beneficiarios de la intuición femenil y el valor del conquistador. Hernán explotó para su beneficio la creencia indígena de que era Quetzalcóatl y Malinalli la virgen indígena, ambos admirados como dioses o “teules”
El libro de Christian Duverger, Memorias de Hernán de la editorial Grijalbo merece ser leído y ayuda a tener una postura más objetiva sobre la realidad de la conquista.