EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Metlatónoc

Jesús Mendoza Zaragoza

Julio 25, 2005

El municipio más pobre del país fue la escenografía, no el escenario. Una fila de secretarios acompañó al presidente Fox a este rincón de La Montaña, justo cuando las cifras del Informe sobre Desarrollo Humano 2004 de la ONU ratifican, una vez más, el campeonato de este municipio en niveles de pobreza. Se trata de un municipio indígena que es apoyado por variados programas federales de asistencia y al que se pretende integrar al desarrollo mediante una carretera.

Es ya un avance el que la mirada gubernamental se ponga en uno de los rincones más deprimidos, pero no hay que hacerse ilusiones, pues ni los programas de asistencia ni la mismísima carretera tienen la virtud de sacar del inhumano rezago a estos pueblos, abandonados desde siempre. Muchas poblaciones guerrerenses tienen accesos carreteros y siguen en la más infame pobreza, a pesar de todos los programas de apoyo, que sólo sirven para mitigar la pobreza y contener estallidos sociales. Pero la pobreza se reviste de nuevas formas y se multiplica cada año, a pesar de las cifras oficiales.

Tenemos un panorama nada halagador y tenemos que reconocer una realidad: mientras continuemos con un modelo de desarrollo tan brutal como el que se nos ha impuesto no hay esperanzas. El gobierno sigue creyendo en la fórmula neoliberal para salir del subdesarrollo y pone sus esperanzas en los mecanismos y en las leyes del mercado. Y con toda la devoción aplica sus recetas.

O, ¿qué no es posible aspirar a más que sobrevivir? ¿Están condenados los pobres a seguir siendo los que carguen con el peso del supuesto desarrollo del país evaluado en cifras macroeconómicas como siempre? ¿Es esto lo mejor que nuestro gobierno puede ofrecer? ¿La realidad –el realismo económico impuesto por el capital– no permite ir más allá de migajas para los pobres? Se dice que el capitalismo tiene dinamismo para muchos años y conserva aún mucha capacidad de maniobra, mientras que toda otra opción económica es una mera fantasía para desubicados e idealistas. ¿Quiere, esto, decir que necesitamos soportar muchos años un sistema económico inmune a la voluntad de cambio y a la lucha por la justicia?

Mucha gente que creyó en cambios sociales y económicos se ha convertido al sistema y ha optado por maniobrar a su interior para empujar pequeños cambios. Se dice que hay que pensar globalmente y actuar localmente para esperar cambios a muy largo plazo, después de que muchas generaciones de indígenas tengan que seguir sufriendo la maldición de la pobreza muy a pesar de todos. Muchos antiguos socialistas se han reconciliado con la realidad y han entrado al juego político por el poder y, al parecer, han claudicado de la posibilidad de seguir luchando contra un sistema perverso e injusto por naturaleza. Tal parece que la razón ha sido domesticada y la imaginación creadora ha quedado anulada como para pensar algo más allá de las coordenadas del modelo económico que no permite espacios de justicia y de humanidad para todos.

Mientras tanto, sigue inquietando la idea de que otro mundo es posible y que hay que superar la lógica del mercado neoliberal y de la democracia formal para hacerlo posible. No podemos renunciar a seguir soñando y creando utopías, de aquéllas que abren la imaginación hacia horizontes que atraigan las luchas y los esfuerzos a favor de la justicia. Metlatónoc, que se ha vuelto emblema de la pobreza extrema, no puede estar condenado a experimentos que siempre terminen en fracasos. La indignación ética ante la pobreza reclama que tiene que haber una opción distinta. La atención de muchos se dirige hacia las experiencias de los zapatistas para saber si hay algo interesante o valioso que pueda servir para persuadirse que otro mundo es posible y que es posible porque se hace desde abajo, desde los pobres y desde los indígenas.

A todo esto, quizá no haya que esperar demasiado, ni del gobierno ni de los políticos. Quizá haya que pensar en que es la hora de la sociedad civil, de los ciudadanos que estamos alejados de las lógicas políticas y económicas oficiales y aún tenemos energías para soñar. Hay que pensar en la lógica de la solidaridad y de la inserción en el mundo de los pobres para que broten de ese mundo las verdaderas soluciones.

En el evento de Metlatónoc los de fuera fueron a entonar el canto de la sirena neoliberal y no fueron capaces de ver ni de escuchar, ni de tomar en serio a los indígenas. Metlatónoc no tiene por qué ser escenografía de experimentos en los que la Cocacola y Vamos México son los héroes, sino escenario de un cambio social de fondo donde los indígenas sean los verdaderos protagonistas. Sin romanticismos ni protagonismos tenemos que asumir las causas de los pobres, ateniéndonos no a las recetas neoliberales sino a la gran riqueza humana que hay en ellos y que es el potencial de los verdaderos cambios.