Silvestre Pacheco León
Marzo 31, 2025
Mi primo Elpidio Pacheco Rosas murió en un accidente doméstico el lunes 24 de marzo en Quechultenango a la edad de 79 años. Cayó de la azotea de su casa al dar un paso en falso, según cuentan testigos. Su muerte inesperada cubrió de luto a su familia que lo llora desconsolada.
Vivía en su pueblo, retirado de la política y de la función pública, dedicado al ocio y descanso merecidos. Cuando en el pueblo se supo del deceso su casa se llenó de vecinos, conocidos, amigos y familiares que se solidarizaron con su viuda Ana e hijos.
Mi primo Elpidio fue el segundo hijo de Enedina Rosas León y Sidonio Pacheco Chavelas, ella prima hermana de mi mamá y él, hermano de mi papá.
Elpidio fue el orgullo de mi tío Sidonio, un hijo ejemplar que desde joven buscó la superación mediante el estudio y el trabajo para ayudar a sus padres.
Recuerdo que aún no había terminado la secundaria cuando obtuvo un empleo en el ayuntamiento encargado del sistema de radio comunicación y del reloj del pueblo.
Alguna vez invitado por Gonzalo, su hermano menor, lo acompañamos a la torre de la iglesia para conocer el sistema de pesas que hacía funcionar el reloj de cuerda que marcaba el tiempo de la gente del pueblo, y él se encargaba de ponerlo a la hora cada vez que se atrasaba.
Perteneció a la segunda generación de estudiantes egresados de la escuela secundaria Lázaro Cárdenas, fundada por el médico Epifanio Martínez Barrera, el cual le ayudó después a ingresar al Politécnico Nacional. Estudió en la Vocacional 5 y en la Escuela Superior de Comercio y Administración e hizo la carrera de licenciado en Economía.
Desde su ingreso a la Vocacional sostuvo sus estudios trabajando en los laboratorios Senosiain, y después, cuando terminó la carrera, ingresó a la Secretaría de Programación y Presupuesto del gobierno federal trabajando en una oficina del Palacio Nacional en el gobierno de Miguel de la Madrid.
En ese tiempo recuerdo que mi primo tuvo su primer carro, un Datsun azul, chiquito y usado que estrenó con mi hermano Lorenzo y mi primo Fausto en un paseo memorable que hicieron los tres al balneario de Las Estacas en el estado de Morelos, aprovechando para visitar a mi tía Lucía, hermana de nuestros papás quien vivía en Tlaquiltenango y tenía años de no verlos.
En Quechultenango los Pacheco Rosas con los Pacheco León éramos como una sola familia, crecimos juntos compartiendo el mismo patio a la sombra de los mangos y naranjos, aislados del pueblo por el paso del río, de manera que nos veíamos y convivíamos todos los días.
Mi mamá que siempre le habló con cariño le decía “Pillito”. Un día saliendo ya de la casa para ir a la escuela, mi hermana y yo no teníamos lápiz para escribir ni mi mamá dinero para comprar, entonces acudió con mi primo que ya era estudiante de secundaria para pedirle ayuda, y él, diligente, le regaló el único lápiz que tenía, y mi madre al recibirlo agradecida lo partió e hizo dos lápices y así, contentos salimos corriendo a la escuela provistos cada quien con su lápiz.
Mi primo Elpidio formó parte del equipo de estudiantes de secundaria que el doctor Epifanio Martínez escogía entre los más avanzados para ocuparlos en las labores del Centro de Bienestar Social Rural que compartía con el Centro de Salud, donde los jóvenes se encargaban de los diversos programas para la comunidad pero principalmente de administrar y repartir las despensas que el gobierno de Estados Unidos, a través de la ONU, enviaba a México como parte del programa de la Alianza para el Progreso.
Él, junto con mi hermano Lorenzo, Evaristo, Jesús la Moya, Jesús Grande y Chente Lara, que era su mascota, formaron parte del equipo de basquetbol que se llamaba Los Pichones, con su uniforme color blanco y muchos seguidores. Mi primo que era bajito se hizo memorable con sus tiros y encestes de gancho para burlar a los altos.
Regresó de la Ciudad de México a su estado natal como parte de los profesionistas que acompañaron al también politécnico Alejandro Cervantes Delgado para gobernar el estado y aquí hizo una larga carrera que se extendió por varios sexenios.
Fue funcionario del programa de Fortalecimiento Municipal, Contralor General del estado y Procurador Social de la Montaña, también subsecretario de Turismo, subdirector de Egresos en la Secretaría de Finanzas y del Poder Legislativo, hasta que su partido perdió el poder.
Pocos saben que fue tanta su cercanía con Cervantes Delgado que con frecuencia el gobernador llegaba a comer a la casa de mi tía Enedina y durante un tiempo en que el político quiso aislarse del ruidoso ambiente de la política mi tía lo asistía con la comida que mi primo Pablo Barrios le llevaba a su guarida en Santa Fe, a orillas del río Azul.
Esa confianza ganada entre los políticos por el trato amable y el decoro profesional que lo caracterizaba, además de ser lustre para la familia, explica su larga trayectoria en el servicio público y en los cargos de elección popular que ostentó, ya como diputado local, ya como presidente municipal de Quechultenango.
Su trayectoria nunca se manchó ni por desvío de recursos ni enriquecimiento ilícito. Tampoco fue un hombre ostentoso ni se sabe que haya dilapidado los recursos públicos. Su vida siempre fue austera y nunca hubo indicios de que lo mareara el poder. Quienes lo conocieron dicen que no era el clásico funcionario abusivo y corrupto, al contrario, opinan que siempre estaba dispuesto a resolver los problemas, no a complicarlos.
Recuerdo que en el año 2013 nos vimos en el auditorio municipal invitado para asistir a la presentación de El Pasante un libro que escribí sobre la vida del doctor Epifanio Martínez. Allí, después de elogiar mi libro, me advirtió que no fuera a pasarme lo de un amigo que tenía, quien después de invitarlo a la presentación de su cuarto libro no pudo nunca escribir otro, pero por fortuna no fue mi caso y aunque no lo tuve al tanto llevo ya diez libros publicados.
Lo que escribo ahora es parte del panegírico que no pude decir personalmente en la despedida de mi primo pero quiere ser mi pésame para Anita y sus hijos Raúl, Javier y mis primos Manuel, Lena y Bernardo.
El alejamiento que tuvimos como familia creo que lo superamos con la madurez de las personas adultas, aunque siempre nos pareció exagerado que mi primo utilizara su encargo en el gobierno para intentar que mi hermano Vicente fuera a la cárcel acusándolo de un falso delito para que dejara la lucha como líder indiscutible de la oposición que ahora gobierna, pues somos conscientes de que en la disputa entre partidos políticos suele haber dificultades que acaban con los lazos familiares más sólidos, pero por fortuna no fue ese nuestro caso, las diferencias eran de tipo ideológico y político, por eso de nuestra parte no hubo nunca ningún intento de reclamo y dejamos que la historia mostrara la superioridad del proyecto que representamos, para todos todo, sin distingos de partido ni de religión. Que descanse en paz Elpidio Pacheco Rosas.