Silvestre Pacheco León
Marzo 24, 2025
El más lejano recuerdo que tengo de mi primo Olegario, es una visita que hizo a la casa de mis papás en Quechultenango cuando ya vivía en la Ciudad de México.
Era un hombre en extremo respetuoso y con un especial modo de hablar que lo distinguía en su plática. Era delgado y de estatura regular. Pelo muy negro y quebrado, con bigote bien recortado. Usaba lentes que le daban un aire de personaje importante y distinto de los demás.
La familia de mi primo vivía enfrente de la nuestra pero con el río de por medio, como si hubiera habido un tiempo en que las dos casas formaran parte del mismo terreno.
El patio de su casa, casi al nivel del caudal, era una capa de arena fina y blanca que las frecuentes crecientes del río iban acumulando sobre una veta de barro que lo identificaba con nuestro terreno.
La mamá de mi primo se llamaba Altagracia Escobar, una señora menuda, delgada y cariñosa, con cierta cadencia al hablar que en el lenguaje común le llaman plaguienta. Todos los que la conocían le decían “Gacha” de cariño y solo mi mamá la nombraba como “Altita”.
Cuando yo la conocí ya era viuda y se ganaba la vida de lo que producía en su patio cercado con un ancho tecorral levantado con piedras del río y reforzado con una fila de árboles de ciruelas amarillas cuyos frutos ella misma cortaba y deshidrataba y eran el principal sostén y demanda de las señoras que hacían atole para vender.
Todo el patio era un vergel siempre barrido y regado, con árboles y plantas aprovechados a lo largo del año. Frondosos árboles de granadas, rojas y verdes, naranjos, limones dulces y ácidos. Cada uno protegido con arriates de barro cocido, siempre llenos de agua para repeler a las hormigas cuando se convertían en plaga.
Nosotros que teníamos su patio como un paso obligado de la calle que lleva a la plaza teníamos mucha cercanía con la familia y conocíamos el perfume de cada planta que cambiaba en cada época del año como las propias ciruelas, los azahares de los cítricos, las resedas y huele de noche así como los nardos que cultivaba con devoción.
Viuda y con cuatro hijos que mantener la tía Gacha no tuvo tiempo de hacerle caso a la depresión y cierta locura que le quedó por la muerte de su marido, mi tío Custodio, un hombre como pocos según cuenta mi madre, cariñoso y muy cercano a la iglesia que se ocupaba de administrar la tienda más rica del pueblo, hasta que un día se murió de repente por un ataque al corazón.
Una secuela que tuvo mi tía era su insomnio permanente lo que de cierta manera resultó benéfico para los sobrinos que por andar de noche en la calle nos teníamos que enfrentar al oscuro y a veces riesgoso y crecido paso del río, pero ella que parecía un fantasma estaba siempre parada en su tranca que daba a la calle, nos trataba hasta con dulzura para darnos confianza con el saludo de siempre.
–Buenas noches tía!
–Buenas noches mi rey.
–¿No va para la casa tía?, era una pregunta sin sentido por lo avanzado de la noche, pero ella que se daba cuenta que teníamos miedo nos respondía.
–De aquí te veo papacito. Dicho lo cual el sobrino corría en la oscuridad adivinando el camino, y ya subiendo la cuesta le gritaba agradecido dándole las gracias.
Por fortuna, antes de morir, mi tío Custodio consiguió ayuda del párroco para que mi primo Olegario, que era el hijo mayor, estudiara la carrera del sacerdocio en el seminario de Chilapa, lo cual fue un gran descanso para mi tía pensando que su hijo sacaría provecho de su afición al estudio, y mi primo no la defraudó porque fue alumno destacado en todo lo concerniente al aprendizaje de los dogmas de la iglesia, aficionado a la literatura, la música y la oratoria, además de su erudición para leer y escribir el latín y el griego, lenguas que se decía que hablaba con soltura.
Dicen que la ceremonia de ordenación de mi primo todos la celebraron porque sería el primer cura nacido en Quechultenango, pero no todos porque su novia le había pedido que se casaran, de manera que cuando el recién ordenado cura supo que coqueteaba con otro pretendiente le ganaron los celos y no encontró otra salida para el caso que renunciar al sacerdocio y colgar los hábitos, pero quizá no lo hizo con la premura requerida porque cuando buscó a la novia esta ya estaba comprometida con el otro para casarse y entonces mi primo quedó sin poder ejercer la carrera ni casarse, pero también con una gran deuda con su madre que se sentía defraudada.
Por eso deseando alejarse del lugar donde todos se lamentaban por sus decisiones, se fue a la Ciudad de México buscando la manera de revalidar sus estudios porque fuera de la iglesia ninguno de sus documentos de estudio tenía validez, así fuera de altas calificaciones.
Con ese propósito ingresó a la UNAM para estudiar la carrera de Derecho en la cual destacó muy pronto por sus amplios co-nocimientos, ganándose el respe-to de sus maestros y la admira-ción de sus compañeros a quienes daba clases como adjunto.
Fue en la Universidad donde uno de sus maestros lo llevó a trabajar al Grupo Modelo, la empresa de dueños españoles que en aquel tiempo estaba destacando en el mercado por la calidad de su cerveza.
Haciendo gala de sus conocimientos y habilidades mi primo participó con éxito en el sindicato de la Cervecería Modelo y pronto lideró ese organismo afiliado a la CTM en tiempos de Fidel Velázquez.
Fue en esa época cuando conocí a mi primo Olegario en un viaje que hizo a Quechultenango con motivo de la muerte de su mamá Altita.
Mi primo mejoró sustancial-mente su economía al tiempo que se perdía en su afición por la cerveza a raíz del prestigio que ganó al conseguir que en su contrato colectivo los obreros pudieran beber sin restricciones la cerveza que quisieran durante la media hora que tenían para el almuerzo. Él se encargaba perso-nalmente de supervisar que en el comedor de la empresa hubiera suficientes hieleras repletas de cervezas enfriándose con todas las marcas que producía la empresa: Victoria, Corona clara y obscura, barrilito, Negra Modelo y Modelo Especial.
En pocos años mi primo, dominado por el alcohol, perdió el prestigio ganado y miró deshecho su matrimonio sufriendo el abandono de su esposa. Puso entonces un alto a su vicio y dejó la ciudad capital para regresarse a su estado.
Establecido en Chilpancingo en la época en que su compañero en el seminario de Chilapa Israel Nogueda Otero era gobernador, recibió la oferta de contratarlo como asesor pero rechazó el ofrecimiento con la idea fija de volver a Quechultenango para trabajar como maestro rural. Esa fue la ayuda que aceptó de su amigo, una plaza de la SEP para trabajar en la escuela del pueblo del Aguacate.
Cuando supe que escribía sus opiniones para algunos medios locales lo busqué sin éxito para agradecerle porque, quizá sin recordarlo, me ayudó como a muchos paisanos, a ingresar a la fábrica cervecera recién llegado de mi pueblo.
Hace unos años conocí en Quechultenango a mi primo Hugo, uno de sus hijos, que trabaja también para la Secretaría de Educación Pública, quien me compartió copia de algunos poemas que escribió su papá.