EL-SUR

Jueves 11 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Mi vida a la orilla del río (Primera de tres partes)

Silvestre Pacheco León

Diciembre 24, 2017

De lo primero que me recuerdo cuando dejé mi pueblo en aquella mañana de septiembre de 1969 fue que para cruzar el río crecido y  llegar a la estación del autobús tuve que quitarme el pantalón para no mojarlo, y en la orilla contraria secarme los pies como pude, vestirme, ponerme los calcetines y luego los zapatos. Cuando me levanté, después de pensarlo bien, quise verlo por última vez con su agua rojiza, sólo para jurar frente a él que no regresaría pronto, hastiado de tanto que mojó mis pies con su agua fría, muchas veces sucia, y tibia rara vez.
Fue a la distancia y después de muchos años de vivir en la ciudad que revaloré lo que había vivido (y perdido) en mi pueblo, viviendo junto al río.
La casa donde crecí está en la margen derecha del río, o más bien de los ríos porque son dos los que en ésa parte de su trayecto comparten el mismo lecho, el Huacapa que se forma con los escurrimientos de la sierra de Amojileca para bajar luego a Chilpancingo, y el río Limpio, que nace de un manantial, en los pliegues del cerro de las Naranjitas, muy próximo a la cabecera municipal de Quechultenango.
Los dos se juntan a la orilla del pueblo, luego lo rodean en dirección sureste hasta que más abajo se encuentran con el río Azul, que nace en el “Borbollón” (así se conoce al nacimiento del río, un manantial que brota violento en una orilla del cauce que comparten los tres) cuyo nombre  ha tomado de él la cañada en la que abundan los cultivos de jícamas y cacahuate, maíz y calabazas, y se forman los balnearios del borbollón, la Espuma, los Manantiales, Santa Fe, el Tanque, y más allá las grutas de Juxtlahuaca.
Esos ríos son parte de mi vida, porque desde que pude caminar y andar por mi cuenta, cuando menos cuatro veces los pasé cada día a lo largo de diez años porque a los 16 me fui a la ciudad, y hago de cuenta que en mis primeros seis años me pasaban cargando.
Algo así como 14 mil veces mientras viví en mi pueblo crucé el río, cuatro veces en promedio cada día, desde los seis hasta los 16 años haciendo mandados o asistiendo a la escuela.
De todas esas veces, quizá la mitad lo hice enrollándome el pantalón y mojándome los pies porque otra manera no había ya que el puente vehicular que terminó con ese aislamiento se construyó apenas en 1998.
Por cierto que en la inundación de septiembre del 2013, éste de la colonia Españita fue el único de los tres que se han construido en mi pueblo que se quedó enhiesto cuando los dos restantes sucumbieron ante la fuerza de la creciente provocada por los huracanes de aquel año.
El río tuvo que salirse de madre (desbordarse a los lados del puente) porque a la fuerza de su creciente le fue imposible derribarlo.
El hecho después de la inundación lo celebraron los vecinos platicando que su resistencia a prueba de crecientes residía en que ellos se empeñaron en vigilar su construcción y agregaron sangre de res a la mezcla de la mampostería, como lo hacían los antiguos constructores.
Antes de que los puentes fueran conocidos en mi pueblo, los campesinos habían ideado la construcción de sus cercas que cruzaban el río con un método al que le llamaban “maromas” porque en los hilos de los alambres de púas se colgaban ramas de espino que era eficaces obstáculos para los animales y quedaban a salvo de las crecidas de los ríos porque, su corriente, a lo sumo, podía hacer que las ramas echaran maromas en el agua pero ahí permanecían. A veces esas “maromas” también servían para el paso de las personas a modo de puente colgante.
Como en aquellos años el caudal del río Huacapa era temporal  (dejaba de escurrir comenzando el año porque toda su agua la derivaban para sus riegos los agricultores de Tepechicotlán), con  el sólo caudal del río Limpio los habitantes de la colonia Españita permanecíamos aislados, y era hasta el tiempo de siembras, cuando el nivel del río era manejable que los vecinos construían el tepanole, una especie de puente temporal hecho con piedras de gran tamaño que se ponían a un paso de distancia una de otra, emergiendo del agua y con la solidez necesaria para poder caminar sobre ellas sin mojarse los pies.
Después, en el temporal de lluvias las crecientes daban cuenta de ese puente que otra vez se tenía que renovar, y así cada año, como un cuento de nunca acabar, que era parte ya de la costumbre y del trabajo comunitario que los vecinos estaban acostumbrados a realizar sin la intervención de ninguna autoridad.
Recuerdo que mientras el tepanole funcionaba, no faltaban las señoras o las muchachas que hacían enojar a quienes habían cooperado en ponerlo, porque de inmediato se apropiaban de alguna de las piedras para usarlas como lavadero de ropa, o simplemente para sentarse a lavar sus trastes sin inmutarse ante la urgencia de cualquier transeúnte, como si fueran sus dueñas.
Pero en aquella época los ríos de mi pueblo llevaban agua limpia, y tanto las personas como los animales podían beberla sin ningún riesgo.
Si el trayecto del río Huacapa se adivinaba en el llano por su lecho pedregoso, reseco y caliente en el cual el ganado caminaba desesperado buscando algún remanente de agua para beber, el río Limpio era un vergel todo el tiempo, porque en su discurrir cadencioso por la parcelas de cultivos, mantenía toda clase de vida, comenzando por su clima fresco y sombreado de higueras, sabinos y sauces.
Cuando el río llegaba a las fronteras del pueblo alimentaba las huertas de árboles frutales, sobrevivientes de las establecidas de antiguo por las familias de españoles que llegaron a la cañada como parte del personal de la hacienda cañera de San Sebastián, establecida a principios de 1800.
Recuerdo el imponente árbol de parota que servía como fiel protectora de las corrientes del río muy cerca de nuestra casa, su sombra  casi cubría todo el lecho del río y mientras bañábamos veíamos cómo sus finas hojas caían como lluvia sobre la superficie del río.
Con sus ramas hacíamos columpios que eran parte de la diversión a la hora de bañar.
Pero fue la poza del recodo la que más historias produjo. Estaba a unos pocos metros río abajo de donde vivíamos. Todos los días al calentar el sol nacía desde ahí la algarabía de los bañistas. En esa poza aprendimos a nadar casi todos los habitantes del pueblo, hasta las mujeres que celebraban ahí sus rituales de jugar el agua, o “tronarla” como le llamaban al rítmico movimiento de sus manos hasta casi hacerla cantar.
Se trataba de una poza honda y azul sombreada por un árbol de guamúchil y un guayabo que hacía las veces de trampolín. Junto a la poza estaba el árbol de mangos que una sencilla cerca de alambre jugaba el imposible papel disuasorio contra las decenas de bañistas hambrientos.
Como mi hermano mayor, experto en clavados había vivido ahí la desagradable experiencia de chocar contra una rama hundida que el río crecido dejó, marcándolo para siempre en su cabeza que tuvieron que rasurar, mi madre nos tenía prohibido secundarlo, por eso a grandes ruegos le sacábamos el permiso de bañar, aunque nuestros ojos se volvían rojos y la piel ceniza dejábamos de nadar si no escuchábamos el grito de advertencia de mi madre.