EL-SUR

Sábado 20 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Mi vida a la orilla del río (Segunda de tres partes)

Silvestre Pacheco León

Diciembre 31, 2017

Del recreo al escarceo amoroso

En aquella época de los ríos sin contaminar, en mi pueblo gran parte de las actividades familiares recreativas tenían que ver con el baño colectivo. Hombres, mujeres y niños tenían horario y lugar para disfrutar del baño en agua corriente. El río era también lugar para el escarceo amoroso. Las muchachas que eran las encargadas del acarreo del agua (echar agua) todas las tardes atraían a los pretendientes camino del río desde el cual se ubicaban también los puntos de fuga de las parejas de enamorados que entre los viajes de acarrear agua tenían las escasas oportunidades de verse.
De esos encuentros junto al río muchas parejas que se huyeron para “juntarse” ahorraron la pedida de mano y muchas veces la fiesta de la boda.
La práctica de los novios de huirse de sus casas dejando el cántaro del agua o la batea con la ropa en la orilla del río, desapareció de la vida cotidiana cuando llegó la contaminación (y también el agua entubada).
Indulgentemente se le conocía como el “robo de la novia” al deseo de juntarse, muchas veces acicateados por la urgencia de la muchacha.

El río como espectáculo

El río era también punto de reunión para mirar las crecientes. ¡Ya viene la Punta! se oía el grito de alerta de quienes eran testigos de que el río crecía trayendo en la punta una llamativa pero para mí escalofriante capa de basura, al tiempo que el agua sucia desplazaba hacia la orilla a la limpia como una gran ola.
El espectáculo de ver el río crecido con sus grandes tumbos de agua acarreando lo que encontraba a su paso era motivo de exclamación a cada paso de árboles arrancados de raíz y animales que sucumbían a la fuerza de la corriente.
En una ocasión los vecinos de mi colonia rescataron el cuerpo de una res ahogada. En un santiamén la descuartizaron y tasajearon, luego se repartieron la carne que sirvió de reserva hasta después de la creciente. Tardamos semanas comiendo “tipichigüe” (así le dicen en mi pueblo a la carne de res muerta y puesta a secar para comerse asada). Cuando el dueño de la vaca pasó buscando su animal sólo encontró los cuernos que identificó como suyos.

Como bebedero

En tiempos de secas todos los animales bajaban al río a beber agua, lo hacían en horas de la tarde y la mañana. Los rebaños de chivos, las manadas de burros, las yuntas de bueyes, las vacas y los becerros reconocían sus propios bebederos a lo largo del río. Eso lo tengo muy presente porque el callejón que llevaba a nuestra casa era el lugar de paso también para los animales que bajaban al agua y luego regresaban a la loma al pastoreo. Muchas veces saltaban a nuestro patio cuando saturaban el camino.

La pesca

En el río vivo que conocí durante mi niñez y adolescencia, además de peces, había camarones langostinos y ranas, especies comestibles que entonces no eran tan codiciadas (nos las comíamos cuando de plano las encontrábamos a nuestro paso).
En el río abundaban los “blanquillos”, creo que llamados así porque nadando brillaban como el color de la plata y podían crecer como el dedo de una mano. Había los llamados “potetes” unos peces del color de la tierra, cafés y resbalosos, sin ningún sabor atractivo para comer, no así las “charras”, una especie de carpa del tamaño de la mano, espinudas y blancas, con franjas de verde oscuro, muy perseguidas por su carne y sabor exquisito.
Los “chogüiles” o bagres eran dueños de las pozas hondas de agua fría, muy carnudos y con una gran espina dorsal cuyo piquete podía causar calentura.
Como los “chogüiles” eran difíciles de pescar, llegaban a crecer grandes y codiciados.
En una ocasión que pescaba con mi padre, los dos con nuestras redes llamadas xalistlis, llegamos a una poza profunda sombreada por árboles de ahuejote donde varios pescadores descansaban después de intentar en vano la captura de un bagre. Habían removido una gran piedra debajo de la cual se escondía. Otra pareja de pescadores que llegó junto con nosotros se sentó a la orilla de la poza para escuchar la historia de esa persecución cuando de pronto apareció entre todos nosotros el ejemplar perseguido nadando en la superficie. Terminó alojándose en las redes del xalistli que uno de los pescadores sostenía entre sus piernas.
El río Limpio fue el más cercano a mi vida porque en él aprendí el arte de la pesca con “xalistli” y anzuelo.
La turbidez del agua era requisito para la pesca con anzuelo porque creíamos que con el agua clara los peces podían mirar la cuerda del anzuelo y adivinar la trampa de la carnada.
Cuando el trabajo de la tierra menguaba, estaba el río a nuestro alcance. En la casa preparábamos las artes de pesca, la cuerda, los anzuelos y la carnada, que eran lombrices arrancadas de la tierra húmeda del patio con un zapapico.
Después caminábamos por la ribera, abriéndonos paso entre la maleza. En el lugar seleccionado habilitábamos nuestras cañas con las matas de carrizo, y en seguida los pescadores, alejados cada uno la distancia suficiente para evitar que nuestras cuerdas se juntaran y enredaran, iniciábamos el ritual, todos en silencio hablándonos a señas, arrobados por el fuerte rumor de la corriente del río mientras de reojo veíamos el comportamiento de las cuerdas sumergidas en el agua, esperando, cada quien, ser el primero en sentir el tirón.
El pez picando la carnada del anzuelo era la sensación esperada y por la cual valía la pena sufrir el frío del rocío y el acoso constante de los jejenes, esos moscos diminutos que cuando no picaban, se metían en los ojos y en la nariz.
El colmo de la emoción de pescar era sentir la cuerda en tensión y jalar la caña fuera del río trayendo prendido en el anzuelo el ejemplar apetecido brincando asustado, y resbaloso.

El canal de riego

Muy cerca del nacimiento del río tenía mi padre su parcela localizada entre el canal de riego y el cauce natural del río Limpio.
Por varios años acudí ahí cada día como responsable de regar nuestros cultivos de maíz, frijol, calabazas, pendiente de su crecimiento.
Yo alternaba el trabajo del riego en la parcela con el baño en el río, y aún asocio el canto del portujuez alegrando a sus polluelos desde su nido y el viento fresco meciendo la rama del guamúchil entre la milpa, todo impregnado con el perfume del campo.
Ése mismo canal de riego tenía muchas historias porque lo mismo se podía caminar en sus orillas como parte de un paseo hasta la presa de donde provenía, que bañar en él bajo la sombra de los árboles.
Para aprovechar el agua del canal los ejidatarios se ajustaban a una programación que no siempre se cumplía, y entonces nacían los conflictos que los vigilantes trataban de evitar.
Una vez se produjo un hecho violento que poco faltó para que fuera fatal. Mi tío Poli, entonces encargado de la vigilancia se disgustó con don Severo Bello cuando éste pretendía regar su milpa en una fecha distinta a su programación.
El afectado que alegaba la sed de su milpa juró venganza y un día sorprendió a mi tío atacándolo a machetazos.
Se salvó de morir tirándose al canal de riego, pero ni así evitó dos machetazos, uno en la cabeza y otro en el brazo.
Se salvó porque el atacante lo dio por muerto y porque tuvo la suerte de que otro de mis tíos lo encontrara en el camino desangrándose. Le prestó su caballo y así llegó hasta el pueblo donde consiguió atención médica y se salvó.
El atacante que huyó del pueblo tenía su historia violenta. Fue quien acuchilló y mató a uno de nuestros perros que había mordido a su hija. Tomó venganza cuando mis hermanos menores se encontraban solos en aquella parcela acompañados por el Turco, como se llamaba nuestro perro.
Pero no todas eran historias tristes o violentas en torno al canal que también llegaba hasta el patio de nuestra casa bordeando los cerros y el lomerío.
Lo aprovechábamos para regar los árboles frutales que con su fronda hacían un vergel que en la Semana Santa muchas familias que llegaban de vacaciones creían un deber visitar, atraídas por la frescura y hospitalidad del lugar.