EL-SUR

Viernes 19 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Mi vida a la orilla del río (tercera y última parte)

Silvestre Pacheco León

Enero 07, 2018

En la convivencia obligada con el río, quienes vivimos al otro lado aprendimos su comportamiento ancestral y nos hicimos especialistas en cruzarlo, tomando en cuenta que vivíamos en la parte más estrecha de su cauce donde a una corta distancia formaba un recodo al chocar su corriente con un muro natural de barro que lo hacía cambiar su dirección de manera brusca hacia la izquierda, y especialmente peligroso porque formaba un gran remolino y una profunda poza difícil de evitar.
La temporada de lluvias era pues la más pesada por el frío y la humedad que hacían permanentes los lodazales.
Las noches nos parecían más oscuras y largas que las normales debido a que carecíamos de luz eléctrica. La tenue luz de los candiles de petróleo que usábamos para alumbrarnos sólo hacía más notoria la oscuridad, y si además llovía, con el rumor acompasado del río crecido, a pocos pasos de la casa, era el cuadro más triste.
En aquellas noches las luciérnagas sólo cuando no llovía agregaban belleza y alegría al patio de nuestra casa porque jugábamos con ellas a meterlas en frascos de vidrio a modo de lámpara encendida.

El aislamiento con el río crecido

En algunos casos tenía sus ventajas vivir al otro lado del río. Cuando las siembras del ejido eran en nuestro rumbo y la gente del pueblo era la que se aislaba de sus milpas privándose del alimento, sólo nosotros, aún con el río crecido, estábamos en posibilidad de comer elotes, calabazas ejotes y quelites.
Recuerdo que una vez llovió un “tlapayaucli” que duró toda la semana (así le llamamos al tiempo nublado en el que llueve, sin truenos ni escándalo, una lluvia constante, que todo moja y humedece, haciendo crecer los ríos sin cesar), en la que se terminó nuestra reserva de comida.
Para conseguir alimento tuvimos que caminar mi padre y yo bajo la lluvia hasta nuestra parcela. Caminamos descalzos y con los pantalones arremangados, él cubriéndose con su sombrero y capote de palma, y yo con mi impermeable.
Todas las barrancas del camino estaban crecidas, pero las pudimos sortear sin dificultad, hasta que llegamos a nuestro destino.
Encontramos media parcela inundada y el espectáculo que formaban la inmensa y ruidosa creciente del río Limpio y la lluvia que no amainaba, ha sido uno de los momentos más intensos que recuerdo de aquel tiempo, una especie de miedo y fascinación por el rumor y la corriente del río embravecido, arrastrando árboles y cultivos, a unos pasos de nosotros. Era la expresión salvaje de la naturaleza frente a nuestro humano poder empequeñecido.
Un ligero hormigueo recorría mi cuerpo expectante mirando las olas del río que llegaban hasta nuestros pies, mientras mi deseo ferviente era escuchar la voz de mi padre diciendo que nos regresábamos, pero él, parado delante de mí, sin reparar en mi estado de ánimo, no daba muestra de temor. En ese momento yo hubiera preferido dejarlo a su suerte, pero no tuve elección porque enseguida nos metimos en el agua y cargando con mi miedo me dejé guiar por el camino inundado tomado de su mano.
Cuando recuerdo ese momento difícil de sobrevivencia vuelvo a experimentar aquella angustia con el mismo hormigueo que recorre mi cuerpo.
Por eso al leer la novela de El Quijote me compadecí de Sancho Panza en la historia de Grisóstomo y Marcela, cuando asustado por el rumor del golpeteo que provenía de lo profundo del bosque en aquella noche oscura, el escudero se bajó de su jumento y alcanzando al Caballero Andante le rogó que se detuviera, en previsión de que el ruido de susto que se escuchaba pudieran ser gigantes prestos para el ataque.
Era tanto el miedo y la impotencia del noble escudero para hacer entrar en razón al valiente caballero que no se detenía rumbo al bosque avanzando a pesar de las súplicas, que no miró más remedio para frenarlo que ponerse frente a rocinante y abrazarse del estribo y de la pierna de su amo.
Así, parados, abrazados y entumecidos, tiritando por el frío de la noche esperaron el amanecer con el rechinar de dientes que el miedo provocaba en el escudero.
Aquel día del tlapayaucli mi miedo era como el de Sancho Panza, aunque a diferencia del personaje de Miguel de Cervantes que fue víctima de su imaginación porque el ruido nocturno que lo asustaba era producto del golpeteo del agua producido por una noria rudimentaria, yo veía ante mis ojos de niño el peligro inminente. Así que me dejé guiar dócilmente por la mano de mi padre que firmemente me llevaba hasta alcanzar las mazorcas.
Hecha nuestra valiosa carga regresamos a la casa de inmediato a desojar y desgranar para que mi madre hiciera las tortillas que esa tarde todos saboreamos a placer sin que nadie más supiera del riesgo que corrimos junto al río crecido.

Mi culto por los ríos

Pese a todos esos males un día de paseo por Chiapas descubrí la particularidad que tiene vivir junto al río.
Caminaba en Palenque un medio día soleado cuando al bajar la escalinata del observatorio el calor me llevó a descubrir el río sagrado de los mayas.
No me resistí al deseo de sumergirme en sus aguas y sentir sobre mi cuerpo la fresca caricia de su corriente.
Aquel día saltándome la prohibición y la vigilancia del lugar, inició mi culto hacia los ríos, bajando el puente del llamado Baño de la Reina para sumergirme  en las aguas sagradas del Otulum.
En un instante, en aquel río, viví la alegría de mi niñez y adolescencia.
Todos los días, después de la escuela, bañarme en el río era el mejor pasatiempo que recuerde. Desde el patio de mi casa, subido en la rama más alta del árbol de naranjo veía yo cuando mis amigos habían llegado a la poza y, después, con toda clase de ruegos, conseguía el permiso de mi madre quien primero me repasaba una larga lista de recomendaciones.
Salía de la casa corriendo, desoyendo desde ahí las primeras recomendaciones. Corriendo llegaba a bañar a la poza, corriendo también pasaba el “tepanole”. No sé por qué pero entonces todo lo hacía corriendo, hasta que un día, mi frente dio en una de las piedras y, después, con la ceja derecha abierta y la cara ensangrentada por el golpe, tuve que aguantar los chicotazos por desobediente, y luego el dolor de la curación.
Después, durante todos los años de visita en vacaciones era recrear aquellas experiencias, hasta que un día el progreso hizo que el puente para cruzar el río fuera realidad, y también el tendido de la luz eléctrica, y el agua entubada, pero también llegó el drenaje de la capital que acabó con la vida acuática y nos contaminó el río Azul.