EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Migrantes, de aquí y de allá

Humberto Musacchio

Octubre 13, 2016

La migración centroamericana hacia México es cosa vieja. Tuvo una primera oleada con el golpe de Estado organizado por la CIA contra el gobierno de Jacobo Árbenz. Después, en los años de feroces dictaduras militares y civiles, el escenario de la barbarie fue Guatemala y nuevamente llegaron miles de refugiados, muchos de los cuales recibieron tierras en Campeche, donde se establecieron durante años y algunos en definitiva.
De Panamá –dicen que no es Centroamérica, pero es una nación ístmica– vino una buena cantidad de refugiados políticos durante los últimos años de dominio estadunidense y en los primeros años del gobierno de Omar Torrijos. Durante las guerras civiles de Nicaragua y El Salvador se recrudeció el nunca extinto fenómeno migratorio y miles de personas provenientes de esos países vinieron en busca de trabajo, de paz y solidaridad.
Gracias al neoliberalismo depredador, desde hace años se ha intensificado el peregrinaje, pero ya no por razones políticas, sino por la falta de empleos y de esperanzas. Fenómenos como la Mara Salvatrucha son producto de esa miseria crónica y han empujado a emigrar a miles de hondureños y centroamericanos de otras nacionalidades. Su destino final es Estados Unidos, pero rechazados por el imperio, muchos han optado por quedarse en México, donde las violaciones, torturas y despojos contra los inmigrantes se alternan con algunas políticas humanitarias que comprenden los permisos para cruzar en el país en su viaje a la frontera.
Mucha debe ser la necesidad de esos seres que afrontan penalidades sin fin en busca de oportunidades. El principal medio de transporte, hasta donde sabemos, es un tren sobre el que viajan hacinados los migrantes. En las tareas de solidaridad destacan personajes como el padre Alejandro Solalinde y varias organizaciones humanitarias que brindan alimento y otra clase de ayuda en diversos puntos del país, aunque siempre se deja sentir la xenofobia de algunos ciudadanos y sobre todo de autoridades locales.
En los últimos meses se ha producido un cambio en la composición de los desplazados. La novedad es que la más reciente ola migratoria está conformada por haitianos y africanos, quienes desde mayo llegan por el sur y atraviesan el país hasta llegar a Tijuana, Mexicali y ahora a San Luis Río Colorado, Sonora, poblaciones fronterizas que son escenario de un severo problema, pues cada día llegan 300 personas –hombres, mujeres, niños y ancianos– que se suman a los miles que esperan ser recibidos como refugiados políticos por Estados Unidos.
No será fácil que el país vecino acoja a todos esos seres en desgracia cuya presencia implica una crisis humanitaria de grandes proporciones, pues baste decir que en un campamento sólo hay dos excusados para 350 personas. En su casi totalidad se trata de gente pobre, muy pobre, que para colmo gastó sus últimos recursos en alimentos, hospedaje y transporte, cuando no en mordidas y exacciones de las autoridades mexicanas.
En ese contexto, se han producido brotes racistas por la pigmentación de africanos y haitianos. Una agrupación fascista, el llamado Frente Nacionalista de México, con el pretexto de proteger a las familias, exige que esos migrantes sean echados del país y arguyen que su presencia es un peligro, pues “no queremos –dicen los émulos de Hitler–ver el caos y la anarquía (sic) que prevalece ahora en Europa, con la ola de supuestos refugiados que se han establecido en esos países para delinquir y provocar ataques contra mujeres”.
Por si algo faltara, ahora se ha incorporado un nutrido contingente a los peticionarios de asilo. No son guatemaltecos, ni hondureños, nicas o salvadoreños, sino ¡mexicanos! Hombres y mujeres desplazados de sus lugares de origen por la violencia. Siete de cada diez de estos paisanos llegan de Veracruz, Chiapas, Puebla, Jalisco y, principalmente, de Guerrero y Michoacán, donde los secuestros, el robo, los asesinatos y las violaciones son hechos cotidianos.
De seguir las cosas como hasta ahora, pronto se unirán en la búsqueda de asilo los habitantes de la Ciudad de México, pues bajo el “gobierno” de Miguel Ángel Mancera la delincuencia se ha venido apoderando de la capital sin que parezca importarle a las autoridades federales, ocupadas como están en proyectos faraónicos y altamente rentables –para ellas– como el nuevo aeropuerto o el tren bala a Toluca. Y a los ciudadanos que los parta un rayo.