EL-SUR

Martes 16 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

HABLEMOS DE LIBROS

Minifalda y poder

Julio Moguel

Julio 18, 2025

LASCAS

Memoria y acontecimiento

Nota Bene. En las entregas anteriores pudimos presentar algunas estampas inéditas de la vida y obra del General Lázaro Cárdenas del Río y de Doña Amalia Solórzano. Pronto aparecerá el libro que redondeará y completará en el tema, con el título Buenos días, General, en coautoría con Doña Amalia.
Cambiamos ahora la orientación de esta columna para abrir un bloque relativo a la historia (como memoria) y a la literatura (como estética y arte de la memoria y compañera indisociable de la historia). He escogido un tema que me implica en lo personal, por lo que aparecerá escrito en un relato autobiográfico. Espero que se me disculpe el atrevimiento.

I

Por razones que aquí no viene al caso contar, estuve en París en 1968, cuando yo tenía 18 años de edad. Y por motivos que aquí tampoco voy a relatar, al mes y medio de estar cómodamente instalado como huésped-estudiante de la Alianza Francesa de esa ciudad, fui, junto con un árabe y un africano, injustamente expulsado del lugar (la xenofobia y el racismo funcionaban burdamente o con sutilezas en la ciudad de “la luz y de la libertad”), situación que en unas cuantas semanas agradecí a todos los dioses que pudieron haberlo propiciado pues me tuve que refugiar en una “Casa-hogar” de estudiantes africanos (Foyer des Étudiants Africaines), donde por cuatro francos podía tener una litera para dormir y por otros cuatro poder gozar de un buen regaderazo de no más de seis minutos.
El tema interesante del asunto es que la “Casa-hogar” de los africanos estaba justo a dos cuadras de la Sorbona, por el costado del boulevard Saint Michel, de tal forma que pude “entrar” desde el primer segundo del primer día (3 de mayo) al histórico movimiento estudiantil conocido mundialmente y para siempre como “El mayo francés”.
Mi aprendizaje de la lengua gala tuvo entonces que hacerse por vías distintas a las que en un nivel poco más o menos que “fi-fi” me ofrecía en mis primeros días en París la honorable y siempre bien ponderada Alianza Francesa, cuestión que también agradecí a los dioses pues resultó más claro o evidente que la calle y otros espacios de “menor rango académico y social” eran mejores escuelas de francés y de la vida que la institución que sin deberla ni temerla me borró de sus registros.
Lanzar piedras (pavés) a los granaderos (CRS-flics), participar en las manifestaciones y en las barricadas del glorioso 10 de mayo parisino y de los días que siguieron, y escuchar en el Teatro Odeón a Daniel Cohn-Bendit (Dany le Rouge) y a otros memorables rebeldes estudiantes y obreros fue, entre otros de los obsequios que me llegaron del cielo, parte importante de mis aprendizajes en tierras lejanas a mi patria, mismos que con los años pude usar a discreción para dar unas clases bien remuneradas de lengua francesa en una escuela para señoritas de Polanco, y hacer una que otra traducción en la entonces afamada Editorial Siglo XXI, entre ellas, junto con Saúl Escobar, del Manifiesto diferencialista de Henri Lefebvre.
Se entenderá que en esas condiciones, en las que además de los estudiantes movilizados apareció el rijoso y extraordinario movimiento obrero que paralizó durante casi dos meses a todo el país, mi situación económica llegó a una situación en extremo difícil para sobrellevar la vida, salvo por la solidaridad que mis ya para entonces adoptados circuitos de amigos (pobres en general) africanos, árabes y latinoamericanos me permitieron seguir.
Cuando la ola de protestas y el movimiento huelguístico llegó a su fin, pude recibir acumulados recursos económicos que antes del estallamiento de la lucha estudiantil y obrera me llegaban desde México, y hacer con ello lo que en otras condiciones hubiera sido simple y llanamente imposible, a saber: hacerme de una novia circunstancial pues le pude invitar un café y algo más (norteamericana, por cierto, con un noviazgo que duró sólo unas dos o tres semanas pero que resultó memorable y eterno), y pagar un viaje a la Unión Soviética que, por razones que el lector podrá entender o deducir, fue entonces subsidiado en gran medida por el Partido Comunista Francés.

II

Iniciamos el mencionado viaje a la URSS 30 personas: 28 franceses, un griego y yo. Salvo quien esto escribe, ninguno de ese grupo simpático y dominantemente prosoviético hablaba el español. ¡Casi un curso práctico y de inmersión de la lengua francesa más el conocimiento de Leningrado (hoy San Petersburgo), Moscú y Kiev como regalo! ¡Y por sólo mil 200 francos! Enorme oportunidad que no pude rechazar.
No viene al caso relatar aquí algunas de las multiplicadas aventuras de esta larga y extraordinaria travesía iniciada el 19 o 20 de julio y que se extendió hasta el 20 de agosto de aquel 1968. Pero todo este contexto enmarca justo lo que he prometido en el título como tema: “minifalda y poder”.
Pues resulta que regresábamos a París por tren, desde la ciudad de Kiev, justo el 19 de agosto, cansados pero con el ánimo muy en alto pues nos había maravillado lo que vimos y vivimos en la URSS. Cuando faltaban algunas horas para llegar a la frontera con Checoslovaquia, la amable y siempre sonriente guía rusa que nos llevaba como su rebaño nos anunció que algo “malo” había sucedido, y que llegando a la línea fronteriza no nos recibirían los militares o la policía checa sino los militares soviéticos que en el curso de las últimas horas habían invadido a ese país.
Así es que cuando llegamos al punto de tránsito de país a país, ni siquiera habíamos bajado de los vagones cuando la milicia soviética de ocupación se encargó de revisar nuestros papeles y maletas, para darnos el pase de tránsito a la ciudad de Praga.
Bajamos del ferrocarril entonces, bajo la vigilancia de los rusos, para subirnos a un cómodo autobús que nos llevó a otra estación en la que tomaríamos el tren que nos sacaría de ahí para llevarnos a Berlín, punto desde el que enfilaríamos finalmente a París. Lo único que vimos entonces con claridad por las ventanas del transporte en el que íbamos, además de los tanques y los disciplinados soldados rusos, fue que las calles carecían de nomenclatura: los ciudadanos de Praga habían quitado quién sabe a qué hora y cómo la señalización de esas calles y avenidas como mecanismo de lucha o de defensa contra los invasores soviéticos. En el autobús que nos llevó a la otra estación pudimos ver muy poco del escenario “de guerra”, de tal manera que no tuvimos la fortuna de contemplar lo que supimos cuando llegamos a París y que se había colado con mucha resonancia en las noticias: que algunas manifestaciones de jóvenes mujeres habían enfrentado de una forma muy peculiar a los invasores soviéticos, al “armarse” con unas no muy discretas ni recatadas minifaldas.
¿Minifaldas? Esta forma de acción y de lucha, luego supimos, era algo que ya se cocinaba en distintas partes del planeta. En la lucha emergente de los sectores medios, particularmente de los jóvenes, como había sido en las jornadas de mayo-junio en París, se había incorporado “el uso y disfrute del cuerpo” (libertades sexuales, libertad de expresión corporal, por ejemplo) como una de las formas de hombres y mujeres de manifestarse en el movimiento de masas. En ese contexto se hizo valer a la minifalda como un instrumento de acción y de protesta.
Así sucedió que, en las manifestaciones de las que hablo, y que se desarrollaban en Praga el mismo día en que nos dirigíamos a París, las jóvenes salieron en tropel a manifestarse con el único objetivo de imponer al invasor masculino la terrible tortura de mirarlas desde el cerco implacable del recato militar y la abstinencia. (Milan Kundera registró esta escena en su extraordinaria novela La insoportable levedad del ser).
Pero lo que ahí se imponía no era simplemente el desnudo de las piernas y “su efecto” en el plano de la sexualidad, sino la violencia o el poder de ese desnudo. Violencia y poder derivado porque “se ofrecía” a la vista lo que era negado de manera radical; pero también violencia y poder porque el desnudo de las piernas decía “su verdad”: “tus tanques y metralletas no pueden nada contra la vida misma expresada en mi cuerpo y por mi cuerpo”.
Se entenderá que con esta experiencia todo el fervor revolucionario que venía del sovietismo, del grupo de viaje de “los 30”, empezó a enfriarse a la temperatura de un témpano glacial. El ser testigos y vivir algunos de los avatares de la referida invasión hacían caer de una manera vertical todo “el amor” que se tenía de la URSS y del horizonte “socialista”. Aunque, hay que decirlo, el griego y yo ya habíamos sido de alguna manera vacunados por el propio movimiento estudiantil y obrero de aquella Francia del 68, pues éramos los únicos del grupo que habíamos hecho nuestros pininos revolucionarios en las valientes y definitivas “locuras” de unos estudiantes que gritaban sin parar que lo que se requería en este mundo era que los seres humanos fueran realistas exigiendo lo imposible, y que tuvieran el atrevimiento de tomar el cielo por asalto.

III

Fue justamente hacia finales de los años sesenta cuando Teodoro Adorno dictaba una de sus conferencias maestras sin ofrecer a sus estudiantes el derecho de réplica. Empezaba la mencionada sesión cuando un grupo de jóvenes de ambos sexos quisieron acceder al podio. Entre los manifestantes apareció un tropel de mujeres que, en definitiva, se dieron cuenta de que su palabra no iba a “contar” para desmontar el dictatum del maestro. Entonces tomaron la decisión de descubrir sus pechos: la carne viva ejercía de esa forma “su derecho de réplica y de crítica”. El filósofo no tuvo respuesta alguna y salió apresuradamente del lugar.