Federico Vite
Mayo 13, 2025
A menudo suele confundirse la autoficción con un estudio etnológico. En lo etnológico, la mirada del autor es penetrante y mucho más intensa para analizar el comportamiento humano. Se contrastan las perspectivas de género, los aspectos culturales, los parentescos familiares y, en especial, los vínculos afectivos. Es algo complejo y extenuante, pero debe, ni duda cabe, estar escrito con pulcritud. Para ilustrar mi aseveración traigo a cuento Shame (traducción del francés al inglés por Tanya Leslie. Estados Unidos, Seven Stories Press, 2019, 112 páginas), de Annie Ernaux.
“Mi padre intentó matar a mi madre un domingo de junio, en la tarde. Yo había ido a misa al cuarto para las doce, como de costumbre. Debía comprar algunos pastelillos en la panadería del nuevo precinto comercial –un racimo de edificios construidos después de la guerra, mientras la reconstrucción estaba en camino”, así comienza este libro que bien podría traducirse como Vergüenza. Y pone en perspectiva este hecho: la infancia de Annie Ernaux como un sendero narrativo que conduce a otros derroteros. Pero lo que pensaría el lector común es que el libro estaría fundamentado sólo en ese evento trágico y, en realidad, Ernaux analiza todo aquello que le produjo ese hecho.
Annie tenía 12 años cuando vio la discusión acalorada entre sus padres. Vivían en un sótano bajo el negocio familiar, una cafetería. Ambos padres pronto ignoraron la violencia, el enfrentamiento y el odio. Iniciaron una conversación autoritaria para difuminar lo ocurrido: “‘¿Por qué estás llorando? Si no te hice nada’, le asegura el padre a la madre. ‘Vamos, esto ya terminó’, dice la madre a la niña que estaba visiblemente asustada. Y la niña responde: ‘Vas a inspirar el desastre en mí’.
Después de eso los tres fuimos a dar un paseo en bicicleta cerca del campo. Cuando regresamos, mis padres abrieron el café como lo hacían cada domingo. Eso fue el fin de todo.
“Eso ocurrió en junio de 1952. La primera fecha de mi infancia que yo recuerdo con una precisión infalible. Antes de eso, los días y las fechas que se inscribían en los pizarrones y en mis libretas parecían irse a la deriva”.
La elección de palabras de Ernaux es plausible. “Inspirar el desastre” es lo que hace mucho más grande el daño entre los padres, ese evento presenciado por la hija –pero ese daño se cuenta de manera expansiva en otros libros de Annie.
Ernaux aseveró en el texto que el incidente era “un velo que se interponía entre mí y todo lo que hacía”. En los meses siguientes a esa discusión paternal, Annie perdió la concentración, tuvo dificultades con las lecciones escolares e incluso perdió la “capacidad natural para aprender”. ¿Por qué? La respuesta es obvia, pero no para un estudio etnológico. Ella trata de entender el hecho; no culpa a nadie, se enfrasca en aprehender todo lo relacionado con la afectación que ella sintió después del evento. De igual manera busca la respuesta en otras de las lecturas que le marcaron el camino por el que debía transitar esta apuesta narrativa: “Proust sugiere que nuestra memoria está separada de nosotros, residiendo en la brisa del mar o en la fragancia del otoño temprano –cosas unidas a la Tierra que se repiten periódicamente, confirman la presencia de lo humano”.
Ernaux emprende otra arista de esta empresa escritural detallando la vida en aquella época, sus pensamientos en aquella cafetería que fungía también como mercería y tienda de abarrotes en un pequeño pueblo de Normandía. Shame expande una emoción muy fuerte y con muchos matices, una sensación que en ciertos momentos “estaba enloqueciendo” a Ernaux.
En palabras de la autora, este libro demoró un buen tiempo en desarrollarse porque ella quería emprender algo inusual: “Naturalmente yo no podría optar por la narrativa, lo cual podría significar la invención de la realidad en vez de hacer una búsqueda de ésta. Tampoco podría estar contenta con escoger y transcribir las imágenes que recuerdo; podría procesarlas como documentos, examinarlas desde diferentes ángulos y darles sentido. En otras palabras: yo podría realizar un estudio etnológico de mí misma”. Y me parece que lo hizo. Ensambló, gracias al trabajo de la memoria, el contexto de aquella época. Lo encapsuló. El libro es el resultado de un largo análisis de sí misma.
Otro aspecto a enfatizar es la siguiente aseveración de Ernaux: “Yo creo que mi escritura está aún confinada a ese lenguaje material del pasado; las palabras y la sintaxis no venían a mí en ese momento, nunca habían venido. Yo no podría experimentar el placer de hacer malabares con las metáforas o ser complaciente con un juego estilístico”. Expone así la razón de ser de la prosa concisa que ella ejercita. Y, aunque parezca sencillo, no sólo es un ejercicio del laconismo narrativo, sino que con ese registro casi notarial, Ernaux da cuenta de la significancia vital de una época.
También detalla pasajes de apariencia inocua, en los que la vergüenza es palmaria. Por ejemplo, una noche, acompañada a casa por la profesora y varios compañeros de la escuela privada a la que iba, Ernaux se avergüenza de que en la puerta de la casa esté su madre con un camisón arrugado y sucio “que usábamos para limpiarnos después de orinar”. Después, viene otra estancia. Hace un viaje a Lordues. Su padre debe acompañarla. Ella se da cuenta que no tiene la ropa ni el calzado adecuado. Tampoco tienen mucho dinero y para colmo, debe soportar que su padre se haga el chistoso y cuente una historia vulgar sobre un sacerdote y debe soportar también que los demás compañeros de viaje escolar se rían a carcajadas.
En nuestro país tenemos libros con un apetito similar al de Ernaux, Canción de tumba (2011), de Julián Herbert; y La invencible (2012), de Vicente Quirarte, ambos con giros proclives a la autoficción, pero siempre fieles al ejercicio de mirarse las entrañas con herramientas de sensibilidad poética.
Si no conoce la obra de Annie Ernaux, se pierde de algo importante. De verdad.
* La traducción de las líneas entre comillas es mía.
@FederìVite