EL-SUR

Miércoles 01 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Mircea Cartarescu y la nostalgia

Adán Ramírez Serret

Agosto 23, 2024

 

La creación de un estilo, lo que se entiende como la voz de un autor es lo más complicado en la escritura. Incluso, aunque no se hable de originalidad “la cual, por supuesto es mucho más rara” son pocos quienes logran tener un estilo a tal grado contundente que tan sólo al leer unas líneas sepamos de manera precisa de quien se trata. Una redacción, una serie de imágenes, de personajes… son estos los que normalmente llamamos estilo. Quizá son en los que piensa Ricardo Piglia cuando se refiere a todas las formas usuales a las que recurrimos cuando deseamos expresar que un autor es bueno. Todas legítimas, dice el autor argentino, y pienso que tiene razón. Es cierto que se es un gran autor por el manejo del lenguaje, por la belleza de las imágenes y por la fuerza de los personajes. Pero, el autor de Plata quemada va más allá al referirse sobre quiénes son los grandes autores de la historia de la literatura, pues para él hay un grado más alto en donde encontrar a los grandes artífices. Piglia piensa en Borges, y dice que el autor de El Aleph, no solamente reúne aquellas virtudes estilísticas a las que recién nos referimos; dice, casi “no me gusta pensarlo así” que hay autores para quienes casi no importan nuestros juicios estéticos. Porque son autores excepcionales en una cosa definitiva: van al revés al resto de los autores. Piglia piensa, según entiendo, que los grandes estilistas sobre las bases estéticas que nos referimos arriba se consolidan sobre un no; que su escritura se consolida a partir de lo que No quieren hacer. A partir de discriminar otros estilos logran el suyo; mientras que autores como Borges, piensa Piglia, se mueven sobre una originalidad descabellada que es crear desde la nada; de hacer libros que, hasta antes del suyo, simplemente no existían. Es el mundo de Dante, piensa, el universo de Cervantes o Shakespeare que no repiten, ni imitan ni discriminan, sino que simplemente crean algo nuevo. Y estas ideas se han vuelto una constante obsesión mientras leo Nostalgia de Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956). Se trata de un autor al que ya he reseñado un par de veces en este espacio, siempre con admiración y fascinación. Su Ruletista que es el extraño prólogo de este libro amorfo, original y obligado a ser novela por su autor, porque Nostalgia está ordenado con un prólogo y diferentes capítulos y luego un epílogo. Sin embargo, todas las partes del libro son un relato en sí mismo con su propia anécdota y personajes. Con guiños, claro que sí, que van dejando claro que esas historias excéntricas, extrañas, descabelladas según vayamos avanzando van buscando dar forma a un texto mayor.
El libro se mueve formalmente por donde se le antoje; tiene forma de ensayo, de prosa poética, de relato largo, novela breve, novela de ideas o de formación; a veces con una trama completamente circular, en otras la forma es definitiva si es primera persona, o tercera y el narrador dialoga con el lector potencial “en ese momento nosotros”, pero, por supuesto, en algún momento el narrador nos dice que para aquello que leemos no somos ni remotamente sus lectores so-ñados, sino, ahora lo expresa abiertamente: la muerte, quien es la acechante continua de todo creador.
Las historias de Cartarescu parecen decir todo el tiempo que parecen imposibles, pero que extrañamente todas son reales, de este mundo que parece inadmisible en las páginas de Nostalgia con un hombre que juega a la ruleta rusa de una manera desquiciante, de un narrador nato que se gana el respeto por sus formulaciones del mundo o de unos amantes que se consolidan en la atmósfera del mundo onírico. Son historias que hacen tales grietas en la ficción que llegan a tocar la realidad de quien lee, y que levanta los ojos del libro como si estuviera volviendo de un sueño que ha trastocado para siempre la realidad, llenándola de nostalgia, del nuevo tono en el mundo que es una nueva literatura.
Mircea Cartarescu, Nostalgia, Madrid, Impedimenta, 2017. 375 páginas.