EL-SUR

Sábado 20 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Mis árboles de almendro

Silvestre Pacheco León

Noviembre 25, 2019

En 1981 planté dos árboles de almendro durante el estreno de mi casa en Zihuatanejo.
Los escogí pensando en la rapidez con que crecen en la costa estos árboles de origen hindú, tan adaptados a nuestro medio que proliferan a lo largo de la costa por su resistencia a la sequía y a las enfermedades, y también por su forma y docilidad de sus ramas que permiten al viento pasar de largo, por más violento que sea, sin apenas lastimarlos.
Su fronda siempre verde le da frescura al ambiente casi sin ningún costo, salvo por el agua que consumen y que uno debe servirles mientras crecen y sus raíces la alcanzan por su cuenta en lo profundo del subsuelo.
Para acelerar su crecimiento tuve la idea de ir podando cada rama temprana, hasta que en pocos años los dos alcanzaron unos quince metros de altura, más allá de lo que mide la loza de la construcción.
Uno lo sembré en el patio del frente, en el pasillo de la puerta, y el otro en el jardín interior, que con el tiempo y la ampliación consabida, quedó dentro de la casa, donde me he familiarizado con su tallo del color de la tierra, en partes nudoso que se agrieta conforme crece.
Mi intención fue construir con los dos árboles un techo verde que diera sombra a la azotea y refrescara la casa, así ganaría un piso de más sin agregarle a mi casa un gramo de peso.
A la vuelta de tantos años casi he logrado mi propósito de unir los dos follajes por encima de la azotea, únicamente con los puntales que requiere cada rama para crecer hasta juntarse.
Con ellos ahora dispongo de dos lugares de hamacas que son el colmo del placer para la lectura y el descanso, bajo la verde frescura de su sombra.
No tengo idea de los grados de temperatura que nuestro techo verde le resta al calor de los rayos del sol, pero hay la opinión general de quienes nos visitan de que la casa es más fresca que las del resto. Eso yo lo he constatado porque aparte de los ventiladores de techo tradicionales que se usan en la costa, no necesitamos más que esporádicamente los aparatos de aire acondicionado para poder dormir.
Los árboles en la casa nos mantienen en contacto con la naturaleza
Además, con el verde follaje de mis almendros tengo un piso vivo que me mantiene en contacto con la naturaleza y un tallo que abrazo cada vez que requiero del amor paternal.
Por las mañanas me despiertan las ardillas convocadas por su fronda y sus frutos, que ruidosas juguetean nerviosas saltando entre las ramas, como si celebraran con sus ruidos agudos por cada almendra conseguida.
Muerden con fruición y mastican la fruta sin importarles que esté tierna, hasta llegar con sus dientes afilados al hueso protector de la semilla, al que de algún modo rompen para disfrutar el placer de la semilla.
Con la fruta masticada van bañando las hojas, y entre el roer de las almendras nunca falta una que se escapa y al chocar contra el suelo nos sobresalta.
Los almendros me han atraído siempre por su forma inteligente, de ramas horizontales, paralelas al suelo y sus frutos amarillos o rojos que crecen como figuras indefinibles a las que yo le encuentro parecido con algunas naves espaciales dentro de la gran variedad que conocemos como ovnis.
Sus flores son diminutas y perfectas estrellas que crecen pegadas a sus ramas enhiestas ( he contado hasta cien en cada asta) y van tiñéndose de amarillo hasta que caen, dando paso a las almendras que conocemos. Si uno pone cuidado, bajo el follaje puede escuchar su grácil caída resbalando por sus hojas como si fueran las gotas de una lluvia tenue.
Cuando son jóvenes sus frutos tienen bordes pronunciados que van desapareciendo a medida que crecen. Su figura caprichosa termina siempre en punta, y ninguna es tan grande que no quepa en un puño cerrado.
Sus hojas que nacen como si fueran manos apuntando al cielo, van abriéndose cada día hasta formar racimos de más de diez que alcanzan el tamaño de una cuarta, con la forma de un triángulo invertido con no menos de diez nervaduras en cada lado.
Aunque uno de sus atractivos es el color siempre verde de su fronda, también está salpicado de hojas maduras que lo hacen más atractivo.
La enorme cantidad de hojas que desechan y las almendras que producen todo el tiempo, hasta el final de sus días, mucha gente las ve como una desventaja para adoptarlos, y pocos piensan en la enorme vitalidad y energía que irradian, no importa que uno tenga que barrer a diario o lidiar con los comejenes y sus piquetes agudos que encuentran por millares la posibilidad de alimentarse si tienen a la mano las almendras caídas, y un poco de techo donde puedan resguardarse de la lluvia en sus túneles que suelen aparecer como venas oscuras, duras de combatir.
Tuve la suerte que sin proponérmelo, cada árbol sembrado nos diera sus frutos de colores diferentes, el de enfrente de un amarillo lustroso y el interior de un rojo intenso, ambos igualmente carnosos y de fibra abundante, con su jugo dulce amargo que me llena de nostalgia por el perfume que guarda del Acapulco que conocí en los años sesentas y que ha desaparecido bajo el mar de pavimento.
Todo esto lo pienso ahora que tengo tiempo suficiente para ayudar a mis árboles a descargar el peso de los cientos de frutos que cargan sus ramas cortándolos tiernos para evitar el desperdicio de tanto material orgánico que no se puede reciclar.