EL-SUR

Jueves 13 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Morelos en Acapulco

Anituy Rebolledo Ayerdi

Octubre 15, 2020

 

(Segunda de cuatro partes)

El genio

El cura José María Morelos y Pavón encabeza en El Veladero de Acapulco la junta de guerra para decidir, preso Hidalgo, el rumbo del movimiento.
El maestro Ignacio Manuel Altamirano recrea aquellos momentos en Morelos en el Sur (SEP, 1987).
Morelos está rodeado por dos generaciones de hombres comprometidos con la forja de una patria libre e independiente. Y es que el cura guerrero tuvo los privilegios del genio al reunir a un grupo de hombres que, inspirados por él, se hicieron grandes. Conversa con ellos durante un descanso de la reunión:

Los Galeana

Siempre al lado de su venerado jefe, el coronel Hermenegildo Galeana. Maduro (48 años), alto, de ojos azules, de patillas doradas y de tez encendida. Es hermoso como un antiguo guerrero germánico del tiempo de Arminius, respirando en todas sus facciones valor y franqueza y una sencillez campesina que encanta verla.
Acompañan al querido Tata Gildo de la “negrada” y venerado Tío Gindo de la “indiada”, sus primos los también coroneles Juan José y José Antonio y sus sobrinos Luis y Pablo, todos Galeana. Este último encabezará más adelante el asalto nocturno a la isla de la Roqueta, fuente de abastecimiento del castillo de San Diego. Los Galeana eran descendientes de un marino inglés de apellido Gallier que naufragó en la costa mexicana.

Los Bravo

Los hermanos Bravo, de la hacienda de Chichihualco –Leonardo, Máximo y Miguel–, incorporados a la lucha como coroneles.
–¿Y don Víctor? –pregunta Morelos–.
–Se quedó en Mechapa, señor, preparando a la gente–, se adelanta un adolescente del grupo.
–Tu debes ser Nicolás, si no me equivoco –lo identifica el general en jefe– me han llegado rumores de que eres muy bueno para el minué y que además lo bailas con el “enemigo” (las hermanas Guevara y Leyva de Chilpancingo).
La broma del jefe hace sonrojar al muchacho a cuyo rescate llega su padre, don Leonardo.

El Gallego

El cura guerrero rechaza más adelante la solicitud del capitán Juan Álvarez, apoyado todavía sobre dos muletas rústicas, para integrarse a la columna de guerra. (Ambas piernas fracturadas durante la batalla de La Sabana).
–No coma ansias, Gallego, –lo tranquiliza el jefe llamándolo por su apodo. Esto es para usted apenas el principio; sus grandes batallas están aún por librarse. Ande, vaya a atenderse esas piernas, lo despide condescendiente.

Un joven Guerrero

El jefe Morelos interroga a un mozo casi treintañero. “Alto, esbelto, trigueño, de nariz aguileña, cabellos lisos y negros con tupé en la frente y patilla pequeña flanqueando su boca ligeramente abultada”.
–¿Y qué me cuenta, capitán Guerrero, de los “chaquetas” de Tixtla?
El joven Vicente Guerrero acepta, en efecto, la falta de partidarios en su tierra natal. Lo adjudica a una campaña amedrentadora desatada desde el púlpito por el párroco Miguel Mayol: “más famoso por su afición al mezcal que al vino de consagrar”.
–Eso me dicen –apoya el ex cura de Carácuaro. ¡Incluso que el hermano Mayol suele verme en su delirium tremens como la propia encarnación de Lucifer, vomitando el fuego de los infiernos!
La carcajada del grupo estalla con la sulfúrica referencia del jefe Chemita, quien por último le pide al joven capitán, más en broma que en serio, llevarle sus saludos al “hermano Mayol”.

El Colegial

Morelos llama a su secretario particular para ordenarle que tenga todo listo para la inminente jornada. Se trata del capitán Luis Pinzón, originario de Corral Falso (Atoyac), hijo del general Eutimio Pinzón, estudiante de teología en el seminario de Valladolid. Se le conoce por ello como El Colegial.
–Con su venia, señor cura, –interrumpe el joven costeño. Quisiera recordarle que las vacaciones se terminan y debo regresar al colegio.
–Bueno, bueno, Colegial, cuando llegue el momento lo hablaremos –responde paternal Morelos. Mientras tanto, dedíquese a lo suyo, –lo despide secamente.
–¡Con viento fresco! –acota el coronel Rafael Valdovinos, comandante de El Veladero, quien tenía al Colegial como “muy mitotero”.

Cura y teniente coronel

Morelos conversa con el ex capellán del ejército y ahora teniente coronel José Antonio Talavera:
–Le decía, coronel, y esto lo sabe usted muy bien, que para mí es una cargo de conciencia derramar sangre. Viene de ahí mi costumbre invariable de ultimar la rendición del enemigo antes de ordenar el ataque de una plaza.
Ambos personajes estarán de pronto rodeados por varios oficiales deseosos de escuchar la plática aleccionadora y chispeante de Morelos. Ahí están Isidoro Montes de Oca, Juan Montoro, Cesáreo Ramos, Ignacio Ayala, Manuel y Mariano Bello, Francisco Mongoy y Nicolás Catalán. También los Alarcón, los Rueda, los Salgado y los Ávila, con quienes Morelos comparte anécdotas y chascarrillos hasta llegado el momento de volver a la junta de guerra.
Lo harán sólo para declararla clausurada y así lo hace el General del Sur. Luego, a una señal suya, el secretario lee el acta para la aprobación y firma por los presentes. Morelos se despide de cada uno de sus hombres para retirarse acompañado únicamente por el coronel Galeana.

Barrigón, sólo yo

Morelos lo ha invitado a su tienda para mostrarle una nota enviada por el licenciado Ignacio Rayón, presidente de la Junta de Zitácuaro, de la que forma parte el propio Morelos, José Sixto Verduzco y José Ma. Liceaga. En ella le dice que le han llegado rumores de que entre las personas de su mayor confianza hay una, no identificada, comprometida para asesinarlo o entregarlo al virrey.
–¿Y no da señas del felón, señor cura? –interroga un Galeana angustiado. ¡Porque viniendo de Rayón se puede esperar lo peor!, –comenta.
–Sólo dice que se trata de un hombre grueso. Y con base en ello ya le contesto al señor Rayón que aquí no hay más barrigón que yo, no obstante que mis enfermedades me han devastado.
–¡Bien hecho, señor cura!
La antipatía que ambos personajes profesan para el petulante Rayón, justificada por muchas razones, les impide percibir el real peligro. ¿El “hombre grueso” describía a Faro o a Mayo, realistas pasados al bando insurgente?

Juan Nepomuceno

A Juan Nepomuceno Almonte, el hijo del cura José Ma. Morelos procreado con Brígida Almonte, se le hace chiquito El Veladero para corretear, trepar árboles, cazar ardillas, conejos e iguanas, además de volar zarangolas. El chamaco de ocho años se ha ganado la simpatía de aquellos guerreros precisamente “por guerroso”. El grado de “brigadier” que le ha otorgado su padre jugando con él a las guerritas, es para Juanito la felicidad completa. Es jefe absoluto de la tropilla formado por los hijos de los soldados, además de hacerse saludar por oficiales y tropa.
Alguien le obsequia al muchacho un juego de magia de manufactura estadunidense y partir de entonces se dedica, disfrazado de mago, a desaparecer conejos y palomas. También practica la dizque magia negra haciendo conjuros tenebrosos. Lanza chinampinas al fuego demandando al dios Bael el aniquilamiento de los enemigos de su papá.
Las inocentadas de Juanito llegarán pronto al escritorio del virrey Francisco Xavier Venegas. Lo hace en una versión con tufos anticipados de thriller cinematográfico que convierte al padre Morelos en una suerte de mago medieval. Este mediante conjuros abracadabrantes, logra ¡devolver la vida a difuntos de hasta tres días de muertos!
“¡Coño, así nunca vamos a acabar con esa chusma!”, –exclama el crédulo y tontejo cordobés.
Preocupado por la salud del chamaco, Morelos encontrará pronto la oportunidad de sacarlo de enmedio de la guerra. Lo envía a estudiar a Estados Unidos para lo cual aprovecha el viaje del sacerdote José Manuel Herrera, acreditado como plenipotenciario de la revolución ante el gobierno de aquél país. El joven recibirá la noticia sobre la muerte de su padre en un colegio de Nueva Orleans.
Juan Nepomuceno Almonte regresa a México hasta después de consumada la Independencia. Como soldado de Santa Anna guerreará contra los estadunidenses en la batalla de El Álamo. Él, por cierto, encabezará al grupo que intercede inútilmente ante su jefe por la vida de los cinco gringos sobrevivientes de la carnicería. Uno de ellos el legendario David Crockett.
Feroz conservador, Juan N. Almonte formará parte de la junta de notables que viaja a Europa para ofrecer la corona de México a Maximiliano, de cuyo imperio será influyente mariscal. Viajará al viejo continente en pos de ayuda para Max, su emperador, pero ya no regresará. Hoy santo laico de no pocos políticos, empresarios y periodistas.

Las advocaciones marianas

La guerra de Independencia alcanzó también a la virgen María con sus advocaciones de Guadalupe, Soledad y Remedios. La virgen de Guadalupe, fue, como se sabe, jurada como protectora de los insurgentes y su estandarte marchó al frente de las huestes de Hidalgo. Se le llamó “la primera mestiza” con el “Viva nuestra madre santísima de Guadalupe, viva Fernando VII, viva América y muera el mal gobierno”.
En oposición, el virrey, el alto clero y las cofradías de la Nueva España declaran a la virgen de Los Remedios como “Generala de los ejércitos del rey”, con banda característica y bastón de mando. Cada vez que la capital se sentía amenazada por las huestes insurgentes, los clérigos sacaban en procesión su imagen para enfrentarla a la Guadalupana. Modernamente, en 1956, la virgen hispana fue declarada “Capitana General de las Fuerzas Armadas Españolas”.
Algo similar ocurrió en Acapulco el 8 de diciembre de 1812. En la explanada del castillo de San Diego, en presencia de la tropa y el vecindario, la virgen de la Soledad es también proclamada “Generala de las fuerzas realistas de la fortaleza y patrona de Acapulco”. El gobernador de la plaza, Pedro Antonio Vélez, le impone la banda correspondiente a ese grado castrense y coloca en sus manos un bastón de mando con puño de oro. Habrá dianas, alabanzas y desfile militar en su honor. (Se trata de la misma imagen obsequiada al puerto por el rey Felipe II de España (1556-1598), hoy venerada en su Catedral de Acapulco).