EL-SUR

Jueves 13 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Morelos en Acapulco

Anituy Rebolledo Ayerdi

Octubre 22, 2020

(Tercera de cuatro partes)

Votos fervientes por la salud del maestro Luis Zapata, escritor chilpancingueño autor de El vampiro de la colonia Roma, Siete noches junto al mar (Pie de la Cuesta), ¿Por qué mejor no nos vamos? y una treintena más de novelas, cuentos, reportajes, crónicas, etc. Bien por el gobierno del estado que ha acudido en su auxilio.

La traición

Morelos está convencido que para apoderarse de Acapulco debe tomar el fuerte de San Diego y que para hacerlo debe poseer una capacidad de fuego por lo menos similar a la de la fortaleza. La componen 250 hombres y 80 poderosos cañones de Manila operados por 50 artilleros profesionales. Por si ello fuera poco, un semicírculo de fuego formado por las baterías de los cerros de La Mira, El Padrastro, Las Iguanas y la Pinzona.
Lo inexpugnable del bastión se lo daba, además, que nunca le faltaba agua por contar con un venero interior y ser surtido de pertrechos y alimentos desde la isla de la Roqueta, estos llegados del puerto de San Blas, Nayarit. Línea de abastecimiento protegida por 20 lanchas cañoneras y la goleta Guadalupe.
Por eso, porque le pesa no haber podido cumplir hasta ahora la consigna del jefe Hidalgo de tomar Acapulco, es que Morelos se ve impelido a aceptar una traición, él que no perdona a los traidores. El pago de los trescientos pesos que exige el artillero José Gagó por entregar la fortaleza. El soldado gallego ofrece embotar los cañones, levantar el puente y abrir el portón , todo a la señal de un farol encendido en los hornos cercanos.
Hermenegildo Galeana manifiesta a Morelos sus recelos sobre el plan.
–Yo, jefe, con todo respeto, no les tengo confianza a los gachupines follones, le dice.
–¡Despreocúpese, coronel Galeana! ¡También hay españoles honorables!

Fuego, la recepción

“…La tropa americana llegó hasta la puerta del castillo (3 de octubre de 1813)– y de adentro dijeron estas precisas palabras:
¿Vienen ahí el señor Morelos y el comandante Tabares?
“A la respuesta de no, el castellano Carreño ordena ¡fuego!, comenzando una descarga general de artillería, fusilería y lanchas cañoneras preparadas de antemano. Con la luz del fragor de tantas armas pudiera haberse encontrado una aguja en el suelo. Los asaltantes se echan a correr ( Carlos María Bustamante, historiador, político, periodista y escritor oaxaqueño).
Morelos conserva la calma no obstante aquella inesperada y brutal respuesta. Busca un sitio estratégico para dirigir el repliegue ordenado de sus fuerzas pero no lo encuentra. Aquello se ha convertido en una caótica desbandada que lo arrolla todo a su paso. El cura actuará, no obstante, con la mente fría. Montando su negro corcel se adelanta hasta el punto conocido como “El Ojo de Agua” (hoy Las Siete Esquinas). Allí, en una puentecito de fierro de paso obligado tiende su corpulenta humanidad con el propósito de contener aquél tropel de búfalos aterrorizados.
El fulgor descrito por Bustamante permite a los soldados negros avistar a tiempo a su amado jefe, logrando frenar la frenética carrera justo antes de despanzurrarlo. Son estos momentos en los que le pesan a Morelos sus votos sacerdotales para poder lanzar unas cuantas maldiciones de arriero, de aquellas aprendidas cuando joven mulero. ¿O lo hizo?
(El puentecillo sobre el Ojo de Agua será reconstruido en 1873 por el gobernador Rafael Vasco bautizándolo con su nombre, San Rafael, mientras que a la vía la llamará Paseo Vasco. Más tarde será la avenida México por ser la salida a la capital del país, hoy Cinco de Mayo, mientras que la estructura artística de metal será Puente Morelos. A este lo harán desaparecer más tarde los magos alemanistas de la Junta Federal de Mejoras Materiales de Acapulco).

Dos tipos de cuidado

Mariano Tabares y David Faro, español y gringo, son lo que coloquialmente podríamos llamar hoy uña y mugre. Se conocieron vistiendo la casaca roja de los soldados de Fernando VII y hoy reanudan su relación filial en el bando contrario. Son los que hoy podrían llamarse dos tipos de cuidado.
David Faro, también conocido como Farell, desertor del ejército de su país, servía en el castillo de San Diego con el grado de coronel de artillería y no hay duda de su participación en el engaño de José Gago. Tabares lo atrae a las filas insurgentes presumiéndole de una gran ascendiente sobre Morelos.
Tabares y Faro impresionan con un mundanal aventurerismo la sencillez del ex cura de Carácuaro. Lo deslumbran con relatos fantásticos sobre piezas de artillería que serían capaces de hacer volar la fortaleza acapulqueña en un decir ¡bum!. Uno y otro presumen de grandes influencias en los círculos gubernamentales de los Estados Unidos y ofrecen obtener de aquellos ayuda económica y pertrechos para ganar la guerra.
Al coronel Hermenegildo Galeana, una suerte de conciencia vigilante del jefe Morelos, le preocupa la confianza que este dispensa a aquel par de gandules.
–Ni modo, el señor cura sabe lo que hace –se dice resignado.

Tierra quemada

Cuando se les creía en Zitácuaro, cumpliendo un encargo de Ignacio López Rayón, Mariano Tabares y David Faro aparecen en la Costa Grande. Ostentan los grados de brigadier y coronel, respectivamente, otorgados por el propio Rayón en su calidad de presidente de la Suprema Junta Gubernativa de América. Y sólo para hacer rabiar a Morelos, a quien envidiaba ferozmente.
Dos presencias perturbadoras en tanto emisarios de muerte y destrucción a través de un plan siniestro. Postula en pocas palabras una guerra de castas, previa la eliminación de los líderes de la revolución, y anuncia el advenimiento de una “república india”. El nombre del engendro no podía ser más exacto: Tierra quemada, como saldo único y desolador. Pretende lanzar a los indios contra los blancos (españoles, mestizos y criollos), hasta someterlos o arrojarlos del territorio que les pertenece por derecho natural. Propone una guerra total cuyo botín serán los bienes y riquezas de aquellos. El ámbito inicial sería la costa suriana para luego extenderse al resto de la Intendencia de México.
“Todo estaba perversamente calculado. Se ordena también la destrucción de todas las obras de presas, acueductos, caseríos y propiedades de hacendados criollos o gachupines. Similares medidas contra las minas, destruyendo sus obras y las haciendas de metales sin dejar rastro. La misma diligencia se practicaría en los ingenios de azúcar “(Salvador Borrego, América peligra).

La toma de La Roqueta

Los estrategas de El Veladero aprueban el plan elaborado por el coronel Pedro Irrigaray para tomar la isla de La Roqueta. No obstante, el general Morelos comisiona secretamente para tal acción al capitán Pablo Galeana, campesino tecpaneco cumpliendo la edad de Cristo. Se le dota de 80 hombres del Regimiento Guadalupe y dos canoas, una de ellas propiedad de la propia familia Galeana.
Hermengildo se había salido nuevamente con la suya al recomendar al primo con el jefe Morelos, a quien le pide apadrinar su bautizo de fuego. El lo apoyará.
La Roqueta, a dos leguas del puerto, estaba defendida por una compañía de infantería, tres piezas de artillería, dos lanchas cañoneras, una en cada extremo de la playa, y catorce canoas amarradas una tras otra formando una línea de protección. También la goleta Guadalupe, recién llegada de Guayaquil, Ecuador, armada con esmeriles (cañones antiguos) y fusiles.
La arriesgada misión se inicia a las 11 de la noche del 8 de junio de 1813, a partir de la caleta (hoy playa Caleta). Tata Gildo se sitúa entre los peñascos con dos piezas de artillería, listo para responder a un posible contra ataque de las lanchas cañoneras.
El traslado de los hombres se dificulta porque aquella noche llovía tanto que, al decir del capitán Isidoro Montes de Oca, “el cielo parecía haberse desfondado” Montes de Oca, de La Unión, era el segundo de Pablo Galeana, lo mismo que el también capitán Juan Montoro. Los tres son los primeros en desembarcar en la isla. La sigilosa operación del traslado requerirá de cuatro viajes, si bien no pocos soldados lo harán nadando en “pelotas”, luego de enviar ropa y armas en los pangos. Será para muchos de ellos pan comido cruzar el canal de Boca Chica , habituados a nadar en el rio de Tecpan en plena creciente.

¡Fuego!

Cuando el asalto a la isla se ha consumado, aun sin advertirlo sus ocupantes, el joven Galeana ordena retirar las dos lanchas que los han traído “para quitar en los suyos la tentación de retroceder”. Y, puesto en la necesidad de triunfar o morir, ordena a las cinco de la mañana romper el fuego. Para entonces la lluvia ya ha amainado sin haber logrado afectar al armamento. “Pablo trepa con sus hombres sobre los peñascos con tanta dificultad que en ocasiones será preciso que unos carguen a otros para encaramarse como gatos” (Carlos María Bustamante).
Tiritando más de miedo que de frío, los centinelas abandonan sus puestos mientras que la guarnición se defiende detrás de las peñas. El capitán Galeana alcanza una altura desde la cual domina la playa pero al saltar cae y rueda por la pendiente. Sintiéndose solo, lanza órdenes estentóreas para hacer creer al enemigo que sus fuerzas avanzan en varias direcciones. Los realistas se lo creen y solo sostienen el fuego por varios minutos. Luego, sobrecogidos por la sorpresa y el terror, optarán por la fuga en canoas y a nado.
El joven tecpaneco logra interceptar once canoas en plena huida apresando a sus ocupantes. Persigue luego a la goleta Guadalupe hasta lograr abordarla con cinco hombres; capturan al capitán y a cinco grumetes. Será el propio Galeana quien asuma el mando de la embarcación para llevar a los prisioneros a una pequeña rada localizada en Punta Grifo. Los desembarca tomando por ello el sitio el nombre de “Ensenada de los Presos”, hoy vigente.

El triunfo

Informado del triunfo, el general Morelos llega muy temprano a la caleta para recibir el parte de novedades. Felicita a los héroes de la jornada y lamenta que en la acción hayan muerto dos niñas de las familias de la guarnición, una herida de bala y otra ahogada. Dispone finalmente que los lesionados de ambos bandos sean atendidos en el hospital de Acapulco, no obstante operar en la isla un pequeño nosocomio atendido por frailes Hipólitos. El botín de guerra consistió en tres cañones pequeños, siete cajones de parque, más de cincuenta fusiles y todo el mobiliario e instrumental del hospital.
Morelos inspecciona la goleta Guadalupe, sin duda la primera unidad naval de la fuerzas insurgentes del Sur y dispone sea llevada a un rincón de la playa de Manzanillo. Allí, ordena el calafateo de la embarcación, previa inutilización del timón. Confia en que le será muy útil a la causa.
El joven Galeana, héroe de la jornada, custodiará por un tiempo La Roqueta, al mando de una fuerza de 20 hombres.
(Pablo Galeana seguirá en la lucha con el cargo de comandante de la línea de Tlalchapa. Mantuvo hasta el fin de la guerra el dominio militar de la región de Zacatula y a la consumación de la independencia volverá a trabajar a la hacienda de El Zanjón, de su padre (hoy San Jerónimo de Juárez, tierra del columnista).